
Hungría: ¿resiliencia democrática?
Las buenas noticias llegan de pronto y cuando menos se esperan, eso es lo que pasó el domingo 12 de abril con las elecciones en Hungría, tierra del gran escritor Sándor Márai. Las inercias del mundo político nos han llevado a acostumbrarnos a ver cómo se desmoronan muchas democracias, cómo ganan elecciones líderes que destruyen las instituciones que los llevaron al poder. Bajo banderas de extrema derecha, nacionalismos autoritarios o populismos, se ha poblado una globalización que erosiona a la democracia liberal y ha reducido el número de países que hoy se pueden considerar democráticos. En este contexto, se pueden sacar aprendizajes valiosos de lo que acaba de suceder en Hungría.
El régimen húngaro que encabezó Viktor Orbán durante 16 años logró hacer el mejor manual del populismo autoritario. Un gobierno que poco a poco se fue apropiando de los otros poderes, monopolizó los medios, controló el parlamento, capturó al poder judicial, tejió redes clientelares y controles sobre el sistema electoral, hasta el grado de que generó una imagen de ser invencible. Además, se convirtió en la piedra en el zapato de la Unión Europea, bloqueó financiamientos a Ucrania, fue un vocero de Putin y sus intereses, de la misma forma que era un aliado de Trump, al grado de que el vicepresidente Vance fue a hacer campaña por su reelección. Sin embargo, todos esos apoyos externos fracasaron, la ciudadanía húngara quería un cambio y los nuevos vientos empujaron una avalancha de votos para que ganara la oposición.
Timothy Garton Ash se preguntó si Hungría puede ser "el primer país del mundo que logre superar de verdad una erosión populista tan devastadora de la democracia" (El País, 17 de abril 2026). Eso se sabrá en unos años, pero lo cierto en este momento es ver cómo le hizo esa ciudadanía para generar eso que un analista húngaro llamó un terremoto político, es decir, unos comicios que tuvieron un 77% de participación y una nueva mayoría de dos tercios en el parlamento. El partido de Orbán, Fidesz, había llegado a su límite y con eso el régimen ya no daba para ganar otra elección. La oposición que encabezó Péter Magyar, como líder del partido Tisza, es un cuadro que rompió con Orbán y salió de Fidesz. Resulta muy interesante ver que esta opción constituye una ruptura con el viejo régimen. Esta pieza parece que es indispensable para fracturar un sistema hegemónico que controlaba todo el espectro político-ideológico; que tenía bajo su manto desde el centro hasta la extrema derecha y algunos sectores que rozaban el fascismo, como señala el húngaro Sándor Ésik en su trabajo, "How Péter Magyar defeated Vicktor Orbán", Journal of Democracy, (abril 2026).
Según crónicas de ese día, se respiraba en Budapest un ambiente festivo, que se acrecentó con la noticia de los resultados y el reconocimiento de la derrota del viejo régimen. La ciudadanía logró romper los amarres y chantajes de lo que Ésik llama la "geografía del miedo", como un vector de esta victoria. El triunfo no sólo fue donde era esperable, en la capital con el voto urbano, sino en las zonas rurales del país. Las condiciones del país reportaban mucha corrupción, estancamiento económico, fuerte presencia rusa. La consigna fue "ahora o nunca" y hubo gritos de "rusos a casa", como expresiones de un escenario de cambio.
Vienen tiempos complicados para Hungría. Las herencias de una economía estancada, una fuerte inflación y violaciones sistemáticas al estado de derecho, serán parte de las condiciones que hay que transformar. Además, habrá que desarmar los controles mediáticos y la manipulación informativa. La transición será compleja, tanto adentro del país, como en sus relaciones con el exterior. Con este triunfo ha ganado una ciudadanía que apostó fuerte por un alto a un régimen autoritario; también gana la Unión Europea, que dejará de tener a un integrante que remaba con intereses cercanos a Putin y Trump.
¿Será Hungría un ejemplo de resiliencia para reconstruir una democracia que fue destruida con un populismo autoritario?
@AzizNassif