
Inmarcesible
Bella palabra es ésta. Inmarcesible es pentasílaba musical; el solo leerla, aun aislada, nos provocaemoción estética.
El vocablo proviene del latín immarcescibilis, cuyo significado es “que no puede marchitarse”. Está formada por la negación in-, el verbo marcescere (marchitarse, ajarse, debilitarse) y el sufijo -ible, que indica posibilidad. Se refiere a algo eterno o imperecedero.
Inmarcesible se utiliza para describir cosas, sentimientos o cualidades que no pierden su frescura, belleza o fuerza con el tiempo, es sinónimo de perenne o sempiterno.
No es muy propio decir que un tubo de escape hecho con acero inoxidable es inmarcesible, aunque no se marchita y permanece sin cambios durante mucho tiempo.
Lo inorgánico está fuera de lo inmarcesible, no se puede marchitar porque su propia naturaleza no es de lozanía ni de exuberancia.
Para las plantas, marchitarse significa perder la savia y la frescura, y se refiere principalmente a las flores cuando pierden su vigor y lozanía. Pero también se aplica, de manera metafórica, a la decadencia de la belleza física, como cuando una persona envejece o cuando pierde la alegría y la vitalidad. Frente a esa fragilidad, lo inmarcesible se erige como aquello que no se doblega ante eldesgaste, lo que conserva su vigor.
Jorge Luis Borges en su poema La rosa, nos dice: “la inmarcesible rosa que no canto, / la que es peso y fragancia, / la del negro jardín en la alta noche, / la de cualquier jardín y cualquier tarde…”. Estos versos, muy típicos del genio porteño, ponderan una rosa universal, que es eterna como los arquetipos platónicos que pueblan el mundo de las ideas.
Alguien poco sensible podría decir que las flores —y las rosas no son la excepción— son lasque se marchitan de manera más acelerada, sobre todo si fueron cortadas y separadas de la planta.
Pero ni Borges ni ningún otro poeta hablan de las rosas individuales, sino de las poéticas, las que nos satisfacen cuando aspiramos a la eternidad, porque son sempiternas, perennes.
La rosa que Francisco de Quevedo ofreció a la reina Isabel de Borbón para llamarla coja sin ofenderla, es la misma flor que Borges no canta, la de cualquier jardín y de cualquier tarde, la rosa permanente para todos los humanos. Esta rosa no es individual, es la que se repite en la memoria de los poetas y aun de los jardineros, por eso es inmarcesible, según el modo de pensar borgeseano.
Quevedo, en su excelente poema A la ascensión de Cristo, afirma que las jerarquías celestes acompañan al Rey de la victoria, coronado con inmarcesible laurel.
Las hojas de este árbol, ya lo sabemos, son el símbolo de la victoria en el mundo grecorromano. En estos versos Quevedo enlaza a la perfección las tradiciones de Grecia y Roma con las del cristianismo, pues nos dice que el laurel con que Cristo está coronado es inmarcesible, eterno, porque es símbolo de la victoria del Redentor que asciende al Padre. El laurel de los emperadores romanos se secaba a los pocos días, pero el de Cristo permanece en la eternidad, es inmarcesible.
En su famosísima Oda a la vida retirada, Fray Luis de León busca la paz espiritual y la armonía; describe la vida celestial como algo que no conoce la decadencia; por eso, en uno de sus versos dice que, en el paraíso celeste, el amor sagrado es un amor inmarcesible bien tejido.
Y tiene razón, pues nada hay tan eterno y perenne (inmarcesible) como el amor de Dios.
Perenne, inmarchitable, imperecedero, eterno, perpetuo, son términos afines a inmarcesible, algunos se le acercan en musicalidad y todos nos hablan de lo inacabable y lo perdurable, pero no todos tienen la misma fuerza poética. Hay palabras únicas que no pueden ser sustituidas por sinónimos, aunque sean muy cercanos.
Es probable que el lector haya encontrado pocas veces esta palabra y que la haya pronunciado aun menos. Esa escasez le imprime un mayor sentido poético, porque está reservada para las grandes ocasiones, cuando el texto la necesita para brillar y resaltar.
Leerla, recitarla y saborearla es experimentar la promesa de lo eterno en el lenguaje. Inmarcesible es más que un adjetivo, es la palabra que nos recuerda que, en medio de lo perecedero, existe siempre algo que no se marchita.