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OPINIÓN

¿Inteligentes?

¿Inteligentes?

¿Inteligentes?

JORGE VOLPI

Hablan. Hablan como nosotros. Hablan al menos tan bien como nosotros. Y nosotros no sabemos muy bien qué hacer. Nos asombran y nos espantan en idéntica medida. Algunos, casi sin darse cuenta, los colocan en el lugar que dejaron vacíos los dioses o los oráculos; otros, con una tozudez equivalente, los aborrecen como si fueran monstruos o demonios. Difícil conservar la templanza frente a algo que la humanidad jamás había conocido. Hasta ahora, creíamos que, si algo nos distinguía frente al resto de la realidad, era el lenguaje. Frente a las cosas, las plantas y los animales, este nos volvía humanos. Y de la noche a la mañana nos vemos obligados a compartir el planeta con algo que pareciera habérnoslo arrebatado. Geoffrey Hinton, uno de los padres de la inteligencia artificial -y Premio Nobel 2024-, lo ha advertido con una buena dosis de humor negro: “Si quieres saber cómo es la vida cuando ya no eres la inteligencia dominante, pregúntale a una gallina”.

Tal vez porque la tenemos demasiado cerca -la fecha fundacional es el 30 de noviembre de 2022, cuando OpenAI lanzó la versión pública de ChatGPT-, no alcanzamos a atisbar que nos hallamos ante uno de los mayores logros de nuestra especie y, a la vez, frente a una amenaza existencial cierta. Sin embargo, seguimos viviendo como si nada hubiera ocurrido, indiferentes a este drástico cambio civilizatorio, semejantes a los indiferentes ciudadanos de Pompeya mientras observaban el humo del Vesubio.

Habría que distinguir, sin embargo, dos vertientes distintas de la cuestión: por un lado, está la IA generativa misma, un prodigio humano -no artificial- que no debemos dejar de aquilatar; del otro, la industria que la ha creado y que ahora se aprovecha de ella, formada por empresas privadas más poderosas que muchos Estados -y desprovistas de casi cualquier control-, a las que se suman los intereses geopolíticos de las grandes potencias que las prohíjan, esencialmente Estados Unidos y China, y bastante más lejos la Unión Europea, en una nueva carrera armamentista.

Las amenazas políticas, sociales o ambientales que plantea este nuevo complejo militar-industrial-tecnológico son abrumadoras, pero hoy solo quisiera centrarme en los modelos mismos. Me parece que exacerbar una especie de IA-fobia generalizada es un grave error de juicio que, en vez de exhibir los inauditos peligros que representa para la humanidad, convierte a los LLM (modelos extensos de lenguaje) en villanos de caricatura, encarnados en los perfiles de Musk, Altman o Thiel. Insistir en que la IA generativa nunca será como nosotros, en que en realidad no es inteligente ni creativa -optando por un excepcionalismo al que nos obstinamos en volver-, no hace sino emborronar el paisaje.

Desdeñar al enemigo -si es que insistimos en considerarlo como tal- jamás ha contribuido a la victoria. La célebre metáfora de la lingüista Emily Bender, quien las llamó “loros estocásticos”, ha sido particularmente pernicioso y hoy muchos se alinean con ella, confiando en que un ave parlanchina jamás nos derrotará. Los actuales LLM son mucho más que eso: no solo han pasado todos los tests de inteligencia -y ya han superado el 50% del llamado Humanity’s Last Exam, que solo pasa un puñado de especialistas-, sino que quedan pocas dudas de que su arquitectura, cada vez más potente, es capaz de crear un “modelo interno del mundo” -igual que nosotros- antes de resolver un problema complejo. Una auténtica forma mentis, que creíamos solo nuestra, y que aleja a los LLM de la burda descripción de Bender.

Me parece mucho más valiente la postura de Douglas Hofstadter, el autor de Gödel, Escher, Bach. Un eterno y grácil bucle (1979) y uno de los pioneros en la materia, quien después de desdeñar los primeros modelos de formas no muy distintas, en un artículo reciente, “Is There an ‘I’ in AI”, ha terminado por aceptar que en ellas hay, sin duda, pensamiento. Solo cuando aceptemos que hemos construido una inteligencia distinta de la nuestra podremos dejar de discutir si piensa o no y empezar a preguntarnos quién ejercerá el poder que le estamos entregando.

Escrito en: Editoriales solo, inteligencia, jamás, frente

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