
La exactitud del fuego
La lluvia me cubría sin clemencia
Hacia mis ojos ríos
Errantes,
Y por los faroles, espejos temblorosos
Donde la noche se miraba sola.
Caminaba así, con el
Alma empapada
Y la mochila rota
Detrás de mi nombre, mi centro,
Para perderme en una
Vida sin encuentro.
Prendí la estufa como quien enciende una plegaria
Y preparé una sopa de
Fideos
Con delgadas hebras de carne
Brotes tiernos de jengibre
Cebolla, lima, yerbabuena y cilantro
Todo flotando en la
Claridad de un caldo
Como un poema huérfano de vistas.
El primer sorbo fue un abrazo
Otra vida. Recordé a mi madre:
Cura el orgullo, decía,
Y su voz ardió como
Brasa en la memoria.
Afuera la lluvia persistía
Y la sopa hervía en su v
Apor.
Aprendí a desespumar con paciencia
A perfumar el silencio con laurel
A esperar sin el filo de
Ansiedad.
No fue pronto, pero hallé
La exactitud del fuego.
La medida de las palabras suspendidas
El modo de servir mi
Orgullo
En un plato hondo.
Hasta que algo dentro
De mí
Se abrió como una puerta
Al calor de lo extraviado.
Y comprendí que no siempre se trata
De regresar al origen
Sino de aprender a
Habitar
En las intemperies del
Alma.
La lluvia, interminable,
Golpeaba mis ventanas tambor del tiempo
Yo bebía lentamente,
Sorbo a sorbo,
Como si cada trago
Tuviera
Un pasaje de mi infancia
El roce de una manos ya ausentes
La ternura que creía
Perdida.
El vapor nublaba las
Gafas
Igual que los años
Empañan la memoria;
Entre aquel humo
Fragante
Supe que la soledad
También se cuece
También alimenta
También devuelve,
Aunque tarde,
Una forma distinta del abrazo.
Al final, con la sopa
Terminada
Y el pecho menos roto
Entendí que lo que
Se abre
No siempre se cierra
Y que quizá la lluvia
Más que mojar mis
Pasos
Vino a enseñarme
El arte de volverme
Transparente.