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La IA ¿oportunidad o muerte de la democracia?

La IA ¿oportunidad o muerte de la democracia?

La IA ¿oportunidad o muerte de la democracia?

FRANCISCO PORRAS

Un consenso entre los académicos que estudian el impacto de la Inteligencia Artificial (IA) y las tecnologías digitales en la democracia es que implica riesgos y oportunidades. Sin embargo, en los últimos años, este impacto se ha definido como un cambio en las condiciones mismas que permiten que haya democracia electoral, participación ciudadana y deliberación. La IA parece, cada vez de manera más clara, como un factor que puede ir más allá de ser un amplificador de cualidades y defectos de la democracia, para convertirse en causa de su mejora o desaparición.

Innerarity y Colomina (2020) ya lo habían señalado al argumentar la importancia de transparentar y democratizar los algoritmos usados en el internet. Cuando uno busca información para definir su opinión acerca de un asunto, los buscadores web no solamente ofrecen referencias con cierta confiabilidad de fuentes y veracidad, sino también toman en cuenta las propias búsquedas anteriores y criterios de mercado definidos por la IA. En opinión de estos autores, esto ha fomentado en la práctica cámaras de eco, o lo que ellos llaman la “uberización de la verdad”, en las que los votantes consultan información que refuerza sus ideas originales. La polarización política que actualmente sufrimos sugiere que los algoritmos que colocan primero cierta información, y no otra, son en parte responsables por el desprecio al conocimiento experto y la preferencia por ideas que priorizan la pertenencia y la identidad. Para Innerarity y Colomina (2020, p. 19) la solución consiste en fortalecer el buen comportamiento y los estándares de calidad en el internet. “Menos censura, más ética”.

Weinberg (2026), por otro lado, propone maneras en las que se podría generalizar el uso de aplicaciones de IA para realizar deliberación política de alta calidad. Estas plataformas podrían generar resúmenes de documentos oficiales, adaptados a las necesidades y perfiles de los ciudadanos; verificar la información ofrecida, tanto por políticos, funcionarios, académicos, activistas y ciudadanos en general, indicando su grado de confiabilidad; generar traducción simultánea a los idiomas más usados en las distintas regiones del país; y realizar retroalimentación por parte de los tomadores de decisiones, reforzando la transparencia y la rendición de cuentas, entre otras funciones. Sin embargo, esto implicaría un esfuerzo real y substantivo para transparentar y democratizar el diseño de estas plataformas, incorporando a personas pertenecientes a grupos históricamente discriminados o excluidos, o de atención prioritaria. Esto también requeriría disminuir la concentración de infraestructura y de conocimiento técnico en algunos gobiernos y grandes compañías privadas. Para Weinberg (2026), el principal reto para convertir la IA en un instrumento de avance democrático es político, no técnico. Introducir masivamente aplicaciones de IA sin mejorar nuestras instituciones y prácticas democráticas exacerbaría los problemas que ya tenemos, y crearía nuevos.

Por otro lado, Lemor (2026) ha argumentado que, si no se modifican las tendencias actuales en el uso de la IA, esto podría significar la muerte de la política. Los mecanismos que generan soluciones públicas a problemas compartidos suponen que a) la información ofrecida en los medios de comunicación es producida por humanos, o bajo el control directo de humanos; b) que existen controladores de acceso a esa información que también son humanos (medios de comunicación con sus distintas líneas editoriales, periodistas y activistas, funcionarios y políticos, expertos y académicos); c) que la opinión pública se puede conocer a través de la gran diversidad de medios de comunicación e información, ya que los problemas que la generan son percibidos por los humanos y expresados de acuerdo con sus creencias y circunstancias particulares; d) que los tomadores de decisiones humanos pueden identificar los problemas decisivos de la opinión pública, aún en medio de su gran diversidad, inconsistencia, contradicción e información irrelevante; y, finalmente, e) que los eventos que se colocan en la opinión pública son verificables, porque son experimentados y testificados por los ciudadanos.

Sin embargo, la IA ha dado muestras de que estas condiciones de funcionamiento básico pueden modificarse. Para Lemor (2026) la IA ha producido la muerte del “ver es creer”. La información que usamos para tomar decisiones es cada vez más producida por algoritmos en aplicaciones de IA; los controladores de la información son cada vez más máquinas, que funcionan bajo criterios predefinidos pero que pueden aprender; la opinión pública puede ser afectada por información sesgada, inexacta o falsa que inunda los medios de comunicación, a gran escala y las 24 horas del día. La IA no distingue lo importante y fundamental de lo que no lo es: borra las diferencias, desde las que muchas veces se crea la innovación, para producir visiones grises y uniformes de la realidad en textos indistinguibles entre sí. Y, por último, la IA genera información e imágenes que pueden ser indistinguibles de lo verificable. Ahora, cuando vemos un video o imagen en el internet, lo primero que nos preguntamos es “¿será real?”.

Los retos que propone la IA a la democracia son substantivos y no debemos ignorarlos. ¿Qué deberíamos hacer para gestionarlos de buena manera y no permitir -o acelerar- la muerte de la democracia?

Escrito en: Editoriales información, opinión, pueden, problemas

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