
La llamada que nadie sabe hacer
Hay un dato de los últimos días que cambia la conversación y que casi nadie ha puesto en el centro: lo del ejido La Unión no fue el único. La tarde del 30 de septiembre, menos de 24 horas antes, un adolescente agredió con arma blanca a la comunidad de la Secundaria General Esperanza Cabrera, en Querétaro, y la Fiscalía de ese estado procede por tentativa de homicidio. Entre los 2 hechos: una subdirectora muerta y 8 personas lesionadas. Dos escuelas, dos estados, el mismo tipo de armay menos de un día de diferencia. Eso no se explica con mala suerte.
Esta semana leí el análisis que publicó Mario Luis Fuentes sobre el caso, y conviene que en La Laguna lo conozcamos porque discute precisamente la explicación que más rápido se instaló. La Fiscalía de Coahuila señaló entre sus primeras líneas que los agresores imitaban a atacantes extranjeros. Fuentes responde que esa hipótesis es insuficiente, y tiene razón en el fondo del argumento: decir que imitaban a alguien no explica cómo la admiración por un desconocido del otro lado del mundo se convierte, para 2 muchachos de un ejido de Torreón, en una razón para matar. Aporta además 3 datos que deberían quitarnos el sueño. Que entre 2000 y 2026 se han registrado en México al menos 157 ataques de naturaleza relativamente similar. Que Coahuila ya tenía antecedentes: el Colegio Cervantes de esta misma ciudad en 2020 y la agresión a una profesora en Ramos Arizpe en 2023. Y la pregunta que de verdad incómoda: después de cada uno de esos episodios, ¿qué se investigó, qué medidas se desarrollaron y qué conocimiento llegó efectivamente a las escuelas? Yo diría que las 2 cosas son ciertas a la vez, y que ahí está la clave. Sí hay contagio: dos ataques en menos de 24 horas en estados distintos no ocurren sin un canal, y hoy el canal pasa por las pantallas.
Pero el contagio solamente prende donde ya había material inflamable, y el material no lo pone el algoritmo. Lo pone la vida cotidiana.
Fuentes lo nombra con precisión: la violencia doméstica, el acoso, las humillaciones, los entornos donde la fuerza bruta otorga autoridad. UNICEF ha documentado esa continuidad entre el hogar, la escuela y la comunidad. La chispa viaja por internet; la leña se acumula en la casa y en el salón.
Discutir solamente la chispa nos va a llevar a regular plataformas y a sentirnos satisfechos, y no es poco, pero no toca la leña.
Yaquí está, a mi juicio, lo que de verdad falta y nadie ha dicho: lo que sigue no es una ley, es un protocolo.
Déjeme plantearlo con una escena.
Mañana, en cualquier secundaria de Torreón, una maestra de tercero nota que un alumno cambió. Dejó de hablar, dibuja cosas raras, dijo algo que la dejó helada. Ahora dígame usted: ¿a quién le llama? ¿En cuánto tiempo le contestan? ¿Quién evalúa si eso es grave o es la adolescencia? ¿Quién le da seguimiento? ¿Y quién verifica, semanas después, que ese muchacho efectivamente fue atendido y no solamente referido a una lista de espera? Fuentes plantea esas mismas preguntas y yo no conozco a nadie en esta ciudad que pueda contestarlas. Esa maestra existe, esa escena ocurre todos los días, y hoy termina casi siempre igual: en una plática de pasillo con la trabajadora social, un aviso a los padres que a veces se recibe mal, y nada más. No porque nadie quiera actuar, sino porque no hay ruta.
El profesorado está en la peor posición de todas. Convive a diario con los muchachos y es quien puede advertir el cambio, pero no tiene tiempo, ni formación, ni acceso a un profesional que le ayude a interpretarlo.
Le pedimos que detecte lo que ningún sistema le enseñó a detectar, y luego le pedimos que cargue solo con lo que detectó. Un protocolo serio tendría que incluir también proteger a quien reporta el riesgo, atender a quien fue amenazado y documentar lo que se hizo, porque hoy no queda registro de nada y por eso cada episodio empieza de cero.
Conviene mirar lo que han hecho otras sociedades, porque hay 3 ejemplos que enseñan más que cualquier discurso. El primero es Dunblane, Escocia, 1996: murieron 16 niños de 5 y 6 años y su maestra, Gwen Mayor. Lo decisivo no fue la reacción del gobierno, fue que las familias de las víctimas se organizaron y levantaron una campaña ciudadana que reunió más de 700 mil firmas en cuestión de meses, y de ahí salió la reforma. El cambio lo empujaron los deudos, no la indignación difusa de los demás. El segundo es Finlandia, que después de sus propios episodios construyó un programa nacional contra el acoso escolar, lo pilotó en 200 escuelas voluntarias en 2007 y 2008 y lo adoptó oficialmente en 2009. Lo que importa es su diseño: no está dirigido a los agresores, sino al personal completo de la escuela, a las familias, a los alumnos y a la comunidad local, todos a la vez. Es la prueba de que esto se previene cambiando el clima entero del plantel y no vigilando la puerta.Yel tercero es Noruega, que tras los 77 muertos de Utøya en 2011 respondió con más apertura y más participación en lugar de más castigo, porque entendió que la peor derrota era entregarle al atacante el país que quería.
De esos 3 ejemplos saco 3 propuestas concretas para La Laguna, y ninguna requiere reforma constitucional ni presupuesto extraordinario.
La primera es la ruta de la que hablé: un acuerdo operativo entre la Secretaría de Educación, los servicios de salud y los planteles que establezca a quién llama un maestro, en cuánto tiempo le responden, quién evalúa, quién acompaña y quién verifica el cierre del caso. Eso se puede firmar en semanas y se puede publicar en una hoja pegada en la sala de maestros. La segunda es finlandesa: que los consejos de participación escolar de las secundarias de esta región dejen de ser un trámite de firma para el acta y se conviertan en el lugar donde efectivamente se habla de convivencia, de acoso y de lo que los muchachos están viendo en sus teléfonos; hoy la mayoría se reúne para organizar la kermés. Y la tercera es la más barata y la más difícil: que las familias de esta ciudad acepten que la supervisión de un adolescente ya no consiste en saber dónde está, sino en saber qué está leyendo.
Porque hay algo que la discusión pública de estos días ha pasado por alto. El decreto que prepara el gobierno federal para obligar a las plataformas a retirar contenidos que inciten a la violencia es necesario y llega tarde, pero no nos va a salvar.Aun suponiendo que funcione a la perfección, el muchacho que ya está enojado seguirá estando enojado; lo único que cambiará es que tendrá que buscar más lejos. La única barrera que ha demostrado servir no es técnica: es un adulto presente. Y de ésos no se instalan por decreto.
Termino con lo que más me ha conmovido de todo lo que leí estos días. Las familias de Dunblane, 30 años después, siguen escribiéndoles cartas de apoyo a las comunidades escolares de otros países cuando les ocurre lo mismo. Convirtieron el duelo en acompañamiento, y en eso se les fue la vida entera. Nosotros, en La Laguna, apenas vamos a escribir la primera página de esto.De lo que hagamos en las próximas semanas depende si en la entrada de la Secundaria 13 queda solamente una placa con el nombre de una maestra, o queda además un protocolo que lleve ese nombre y que sirva para que la siguiente maestra sepa a quién llamarle. Lo segundo le haría mucha más justicia.
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