
La música que vino de África
A principios del siglo XVI, los países colonialistas iniciaron el traslado de africanos cautivos hacia las Américas para suplir la mano de obra que escaseaba tras la gran mortandad entre los pueblos originarios. España abrió el camino y pronto los británicos, dueños de plantaciones en el sur de Estados Unidos, se sumaron a la importación de esclavos.
Los grupos africanos no llegaron desprovistos de cultura, traían consigo lenguajes, religiones, artes y formas de pensamiento que se manifestaron como resistencia cultural en los lugares de destino. Allí se dio un proceso de sincretismo con las tradiciones locales, lo que originó nuevas expresiones.
En el sur de Estados Unidos desembarcaron personas de los actuales Senegal, Gambia y Ghana. En las plantaciones, los esclavizados entonaban cantos para acompañar su desventura, eran los denominados work songs, con estructuras de llamada y respuesta, que a veces contenían códigos para escapar hacia el norte, donde podían vivir con cierta libertad. Como les prohibieron los tambores -instrumentos de comunicación para la resistencia-, recurrieron a palmas y pies para marcar el ritmo. El cuerpo se convirtió en tambor fantasma, sostén de la música.
Podemos ver la influencia de estas costumbres en los posteriores Espirituales Negros, género musical que tiene como características marcar el ritmo con las palmas de las manos y responder de manera incidental a algunas partes del canto o del discurso.
Otra aportación de los africanos fue la integración de las notas séptimas en las escalas, recurso poco usado en la tradición europea.
Durante la esclavitud, la música siguió siendo expresión vital. Tras la emancipación, la cultura africana se fusionó con el entorno. En el Delta del Mississippi nació el Blues, una música con escala africana superpuesta a la armonía europea, es la célebre "nota blues", además de ciclos de doce compases.
En Nueva Orleans, los afroamericanos mezclaron sus cantos con las bandas de metales, esto dio origen al jazz, género que evolucionó sin cesar. Alguna vez un periodista dijo que el jazz era "el retorno de la música de los salvajes", mientras que el Congreso de Estados Unidos lo declaró "excepcional tesoro nacional".
Los jazzistas inventaron el banyo, instrumento de cuerda con caja de tambor, cuyo sonido metálico, brillante y percusivo amplió sus posibilidades expresivas.
A las Antillas, principalmente Cuba y Haití, llegaron esclavizados de las actuales Nigeria y Benín. A diferencia de los británicos, los españoles no prohibieron los tambores, tan utilizados en la música africana. Esto favoreció el desarrollo de la percusión en los ritmos afrocaribeños. El tambor no fue aquí fantasma, sino protagonista, capaz de sostener piezas completas. El son cubano, mezcla de guitarra española con bongó y clave africanos, se convirtió en ritmo emblemático y dio pie a la salsa, la guaracha y el cha cha chá.
Los distintos tambores, cada uno con su timbre y color, se guiaban por la clave, par de palos que marcaban el contrapunto y generaban ritmos alegres, cadenciosos y complejos. De ahí surgió el mambo, género de gran riqueza rítmica.
La tercera vertiente se dio en Brasil, país que recibió la mayor ola de africanos esclavizados. En Bahía nació la samba, perfeccionada en las favelas de Río de Janeiro. Su origen está en el semba, "toque de ombligo", forma de baile afrobrasileño de ritmos contagiosos.
En el árido nordeste floreció el baiao, género musical de gran vitalidad que emplea acordeón, triángulo y zabumba, tambor de dos parches, bajo y agudo.
Más tarde surgió la bossa nova, renovación de la samba caracterizada por su estilo íntimo y relajado. Fusionó ritmos brasileños con armonías del jazz y se desarrolló en Río de Janeiro, especialmente en Copacabana e Ipanema.
En los años sesenta, Carlos Jobim, compositor brasileño, se asoció con Stan Getz, músico neoyorquino. Ambos nos legaron excelentes piezas de bossa nova que se convirtieron en clásicas.
La música que vino de África no fue solo acompañamiento de la vida esclava, fue semilla de resistencia y raíz de géneros que hoy son patrimonio universal. En cada región aún palpita el mosaico sonoro de los ritmos africanos que se mezclaron con instrumentos y tradiciones locales. Al escuchar blues, jazz, salsa, samba o bossa nova, resuena la memoria de aquellos pueblos que, aun en la adversidad, hicieron de la música un lenguaje de libertad.