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La ola coreana en América Latina: ¿por qué ya no parece una moda pasajera?

¿Moda pasajera? Cada vez menos. La cultura coreana se abrió paso en América Latina y encontró algo más fuerte que la viralidad: permanencia.

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JORGE LUIS CANDELAS

Hubo un momento en que todo esto parecía una curiosidad de internet. Un grupo de K-pop por aquí, una serie coreana que se volvía viral por allá, alguna tendencia de skincare que comenzaba a colarse en TikTok. Pero a estas alturas ya cuesta trabajo seguir llamándole “moda” a algo que lleva años creciendo, diversificándose y metiéndose de lleno en la vida cotidiana de millones de personas en América Latina.

Hoy la llamada ola coreana, también conocida como Hallyu, ya no pasa solo por la música. También se siente en los dramas, la comida, la belleza, la moda, el idioma e incluso en la forma en que muchos jóvenes consumen cultura y se relacionan con ella.

Ya no se trata solo del K-pop

Durante mucho tiempo, hablar de cultura coreana fuera de Asia era hablar casi automáticamente de K-pop. Y sí, sigue siendo uno de sus motores más visibles. Pero lo interesante es que el fenómeno ya se extendió mucho más allá de la música.

Hoy también empujan con fuerza los dramas coreanos, el cine, la literatura, el turismo, la gastronomía y los productos de belleza. Eso ayuda a explicar por qué el interés no se ha apagado. Cuando un fenómeno cultural deja de depender de una sola puerta de entrada y empieza a multiplicarse en varias, se vuelve mucho más resistente.

Quien llegó por una banda puede terminar viendo series coreanas; quien entró por un drama romántico puede interesarse después por la comida, el idioma o la cosmética. La ola coreana ya no funciona como una sola tendencia: funciona como todo un ecosistema.

América Latina no solo la consume: la adopta

En países como México, Brasil y Chile, el interés por lo coreano dejó de sentirse como algo de nicho. No solo hay más fans en redes sociales, sino también más restaurantes, mercados especializados, productos, clases de idioma, comunidades de baile y creadores de contenido que sirven como puente cultural.

Ese crecimiento no ocurre únicamente porque “esté de moda”, sino porque encontró una audiencia joven que la siente cercana, aspiracional y al mismo tiempo distinta a lo que tradicionalmente dominaba el consumo cultural en la región.

Además, su alcance ya no es menor. En distintas partes del mundo, la comunidad de seguidores de la cultura coreana ha seguido creciendo con fuerza en los últimos años, y América Latina forma parte de esa expansión. Eso confirma que el fenómeno dejó hace tiempo la etapa del entusiasmo pasajero.

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La pandemia aceleró algo que ya venía creciendo

Otro punto clave para entender por qué esto se consolidó tiene que ver con el momento en que mucha gente se encontró con estos contenidos. Durante la pandemia, el consumo digital se disparó y muchísimas personas descubrieron películas, series y música coreana a través de plataformas y redes sociales.

Para muchos, esos contenidos funcionaron como una forma de compañía, entretenimiento y conexión emocional en un momento de aislamiento. Pero lo importante es que, una vez terminada esa etapa, el hábito no desapareció. Al contrario: se quedó.

Y cuando una costumbre cultural sobrevive al pico viral y se instala en la rutina, cambia de categoría. Ya no hablamos de una simple novedad, sino de una presencia estable en el consumo diario. Ver un drama coreano, probar ramen, buscar productos de skincare o aprender frases en coreano ya forma parte del día a día de muchas personas en la región.

También hay una idea de estilo de vida

Parte del éxito de la ola coreana está en que no se vende solo como entretenimiento. También proyecta una estética, una narrativa y una idea de estilo de vida. La música, las series y la belleza no viajan por separado: se alimentan entre sí.

Una persona puede engancharse con una serie, interesarse después por la moda de sus protagonistas, buscar comida similar a la que vio en pantalla y terminar consumiendo contenido sobre viajes, idioma o tendencias de belleza. Ahí está una de las claves del fenómeno: no se queda en una sola pantalla, sino que salta a distintos espacios de la vida cotidiana.

Ese cruce entre industrias culturales y consumo diario ha sido una de las grandes fortalezas de Corea del Sur, que ha sabido convertir su cultura en una forma de proyección global con enorme impacto.

La percepción de Corea también cambió

Otra señal de que esto ya rebasó el nivel de tendencia es el impacto que ha tenido en la imagen internacional de Corea del Sur. No solo se están consumiendo productos culturales; también se está construyendo una relación de familiaridad con el país, con su estética y con su forma de presentarse al mundo.

Y eso también importa en América Latina. Porque cuando una influencia cultural logra cambiar percepciones, hábitos y preferencias, deja de ser una fiebre momentánea para convertirse en algo más profundo y duradero.

Entonces, ¿ya dejó de ser una moda?

Todo apunta a que sí. O, al menos, a que ya se quedó corta esa palabra para describir lo que está pasando. Una moda suele ser intensa, breve y reemplazable. La ola coreana, en cambio, lleva años expandiéndose, suma nuevas puertas de entrada y se adapta con facilidad a distintas generaciones y plataformas.

Lo que empezó para muchos como un gusto por una banda o una serie terminó convirtiéndose en una forma más amplia de consumir cultura. Por eso, más que preguntarse si la ola coreana seguirá viva, quizá la pregunta correcta sea otra: hasta dónde va a seguir creciendo en América Latina.

Porque todo indica que ya dejó de ser una fiebre momentánea para convertirse en algo mucho más estable: una presencia cultural que se instaló y que, por ahora, no da señales de irse.

Escrito en: Moda Kpop Hallyu coreana, solo, América, cultural

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