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La serenidad

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J. SALVADOR GARCÍA CUÉLLAR

Sereno el cielo y el mar, agradable vista ofrecen", escribe Gustavo Adolfo Bécquer en una de sus rimas sobre el amor y la naturaleza. El verso, sencillo y profundo, nos recuerda que la serenidad del entorno puede ser reflejo y enseñanza de nuestra propia calma interior. Nos atrae lo sereno porque así intuimos una promesa de felicidad, una tregua en medio del vértigo cotidiano.

La serenidad no es solamente ausencia de ruido ni pasividad emocional, es un estado activo de equilibrio, una disposición de la persona que le permite enfrentar la incertidumbre para no sumergirse en el caos. Es claridad mental en medio del alboroto, templanza ante el sobresalto y firmeza que no llega a la rigidez. Aprendemos a ser serenos no por evasión, sino porque nos ejercitamos a serlo; podemos observar la quietud del mundo natural, reflexionar sobre nuestras emociones y practicar el dominio de nosotros mismos.

Séneca, con su aguda sabiduría estoica, afirmaba que "dominarse a sí mismo es la forma suprema del poder". Y tenía razón, pues en momentos de tensión o decisiones cruciales, si nos dejamos arrastrar por nuestros propios impulsos o por presiones externas, corremos el riesgo de errar el juicio y perder el control. La serenidad, entonces, no es un lujo sino una necesidad. Quien se gobierna a sí mismo está mejor preparado para influir positivamente en su entorno.

Pero la serenidad no se nos concede gratuitamente, se cultiva en tiempos de calma, como quien vela las armas antes de la batalla. En momentos libres de presión, podemos ejercitar el equilibrio emocional, la introspección y la aceptación de lo que no podemos cambiar. Así, cuando lleguen los tiempos aciagos, no nos encontrarán inermes.

Ser sereno no significa ser indiferente, al contrario, implica una forma activa de relacionarse con el mundo, con inteligencia, atención y eficacia. La persona intranquila, víctima de sus propias turbulencias, difícilmente aporta soluciones; puede, incluso, convertirse en parte del problema. La serenidad, en cambio, abre espacio para la escucha, la empatía y la acción lúcida.

En su dimensión más profunda, la serenidad es armonía entre cuerpo y mente. Es la ausencia de conflicto interno, el silencio fecundo que permite pensar con claridad y actuar con sabiduría. No niega la incertidumbre, la acepta y tal vez la aproveche. Reconoce que no todo está bajo control, y sin embargo no se paraliza. Al calmar la mente, se potencia la concentración, se afina el juicio y, como un feliz efecto colateral, se mejora la salud.

Cultivar la serenidad exige disciplina. Requiere autoconocimiento, pues implica identificar los detonantes del estrés, reconocer nuestras reacciones impulsivas y aprender a responder en lugar de simplemente reaccionar. Supone aceptar que hay situaciones que no podemos cambiar y que la incertidumbre es parte constitutiva de la vida. También demanda espacios de desconexión, como caminar por un jardín, sumergirse en una lectura u ocupar tiempo en una afición. Son actos sencillos que restauran el equilibrio y nos devuelven la serenidad y la paz.

La serenidad, al final de cuentas, es una habilidad. Se aprende, se fortalece, se transmite. Y al hacerlo nos permite vivir con mayor bienestar, con más satisfacción y con un sentido más profundo de equilibrio frente a los desafíos que nos presenta la existencia.

Entre los filósofos estoicos, la ataraxia era un ideal a alcanzar. Se trata de un estado de imperturbabilidad, serenidad y calma del espíritu que los filósofos buscaban mediante el control de las pasiones y la aceptación de lo que no se puede cambiar.

Marco Aurelio, emperador romano y filósofo estoico, nos dice que "La serenidad es el resultado de aceptar las cosas que no puedes cambiar y actuar con valor sobre las que sí puedes". Diecinueve siglos después, Reinhold Niebuhr, teólogo y pensador estadounidense, formuló una plegaria que ha acompañado a generaciones; entre otras cosas, dice: "Señor, concédeme la serenidad para aceptar lo que no se puede cambiar, el valor para cambiar lo que sí se puede y la sabiduría para distinguir la diferencia." En esa tríada -serenidad, valor y sabiduría- se condensa una ética de vida. No se trata de resignarse, sino de discernir. La serenidad, como todas las virtudes éticas, no se da sola, se combina con otras para constituir un comportamiento recto para una vida de felicidad con los demás.

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