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Las dos Anas

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J. SALVADOR GARCÍA CUÉLLAR

El nombre Ana procede del hebreo Hannah, que significa gracia o favor. En la historia reciente encontramos a dos Anas que compartieron tiempo y régimen político, pues ambas fueron de familias judías y nacidas en Alemania. Se trata de Anne Frank y Hannah Arendt. La grafía distinta se debe a tradiciones lingüísticas de geografías próximas, aunque no idénticas.

Ana Frank fue cautiva de sí misma para huir de la persecución nazi. Ana Arendt fue crítica del nazismo, especialmente en sus escritos relacionados con el proceso contra Adolf Eichmann.

En su diario, Ana Frank, a pesar de que estaba sufriendo en su propia persona la persecución de los antisemitas, afirma que el hombre es bueno por naturaleza, y lo dice como un anhelo muy auténtico porque, aunque ve los horrores de la guerra y el genocidio atroz, se aferra a sus esperanzas y sigue creyendo que la gente es buena en el fondo de su corazón, según afirma en la última parte de su célebre testimonio.

Quien lee este diario se da cuenta de que no se trata de una simple ingenuidad de adolescente, pues escribe sus confesiones después de dos años de confinamiento, mientras constata el avance del nazismo. Ana Frank sugiere que la bondad requiere de esfuerzo para ser desvelada, porque está sepultada por la ligereza o por el miedo al juicio ajeno. Su pensamiento es semejante a la madre que ve delinquir a su hijo, pero lo justifica diciendo que, si hizo alguna maldad, se debió no a su perversidad, sino a las malas compañías que lo inducen a atrocidades.

En su encierro obligado, Ana recomienda a los que tienen miedo, que salgan y conozcan a muchas personas, entonces encontrarán la mejor versión de cada quien y verán lo bello que son el hombre y la naturaleza. No habla desde un optimismo hueco, sino desde un concepto antropológico cercano al realismo fantástico, donde los individuos se adaptan a las circunstancias que les ofrece la vida.

Ana Frank se adaptó a los contextos en que vivió, y desde ahí afirma que el horror de la guerra es una circunstancia externa, pues el corazón humano tiene grandes reservas de luz.

Por su parte, Ana Arendt, quien fue comisionada por la revista New Yorker para documentar y analizar el proceso contra Eichmann, saca como conclusiones que en el hombre no hay una maldad radical, la perversidad está en la superficie de quienes actúan sin discernir entre el bien y el mal; hacen lo que les ordenan sin reflexionar porque tienen quien lo haga por ellos. Eichmann fue semejante a un francotirador, que está amaestrado para matar con alta eficiencia, él solamente dispara con nítida precisión porque obedece a su superior sin pensar.

Los ejecutores de las atrocidades perpetradas por los nazis solo obedecían acríticamente. Eichmann organizaba el transporte de las futuras víctimas del Holocausto sin pensar en que se trataba de asesinatos de lesa humanidad, solamente seguía las órdenes dadas por sus supervisores, él era un simple burócrata que se limitaba a dirigir los trenes de manera puntual. Su perversidad estaba en la banalidad de las acciones de traslado, que aparentemente nada tenían que ver con los asesinatos, porque es un trabajo administrativo neutro, que en sí mismo no implica intenciones perversas.

El mal, entonces, se puede manifestar, según Ana Arendt, en la trivialidad de la gente no acostumbrada a pensar críticamente, que solo hace lo que le toca en el trabajo, sin atender a sus implicaciones morales. Todo esto supone una supina irresponsabilidad que lleva al sujeto activo de la maldad a justificar su actuación que para él no tenía carga moral, solamente carga administrativa, de división del trabajo. Estos sujetos son, según la filósofa, "terroríficamente normales", porque renuncian al pensamiento crítico, a fin de justificar las atrocidades cometidas.

Ana Frank es la voz adolescente que escribe desde la clausura, la fragilidad y la esperanza truncada; ella es íntima, doméstica, susurradora. Ana Arendt, en cambio, es la pensadora que analiza la banalidad del mal y la condición humana; ella es abierta al público, filosófica, incisiva y proclamadora de perversidades. La primera escribió en un desván cerrado, la segunda gritó frente a la plaza pública y los tribunales. Son dos Anas, dos voces distintas de memoria y denuncia.

Escrito en: OPINIÓN Frank, Arendt,, pues, afirma

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