
Las mujeres que abrieron camino en la música desde los salones de Durango
En los salones iluminados por lámparas, entre pianos, violines, partituras europeas y conversaciones de la élite porfiriana, comenzó a gestarse una transformación cultural. Tocar el piano, cantar en reuniones sociales o aprender teoría musical, que para muchas familias significaba apenas un adorno educativo para las señoritas, terminó convirtiéndose, para varias mujeres duranguenses, en algo mucho más profundo: una forma de vida y el primer espacio profesional al que pudieron acceder en el Durango del siglo XX.
Una investigación de la soprano e investigadora Odelinda Reyes reveló cómo, a partir de la música, las mujeres comenzaron a transitar del ámbito privado al público y a construir una trayectoria laboral cuando casi ninguna otra profesión estaba abierta para ellas.
LA MÚSICA: LA PRIMERA PROFESIÓN POSIBLE PARA LAS MUJERES
Una de las conclusiones centrales de la investigación que desarrolla Reyes González apunta a que la música fue la primera profesión formal para muchas mujeres en México.
Durante el siglo XIX y principios del XX, las oportunidades laborales femeninas eran limitadas fuera del ámbito doméstico. Sin embargo, la música abrió una grieta en esa estructura social. El Conservatorio Nacional de Música, fundado en el siglo XIX, se convirtió en la primera institución académica del país que otorgó títulos profesionales a mujeres, permitiendo que algunas de ellas se reconocieran públicamente como artistas y maestras.
Ese proceso comenzó mucho antes de llegar al escenario o a las aulas del Conservatorio. De acuerdo con la investigación, la formación musical de las mujeres iniciaba desde la infancia, principalmente en espacios privados o en instituciones educativas femeninas.
En Durango, la música formaba parte de lo que en la época se consideraban las “artes mujeriles”, como actividades que complementaban la educación social de las señoritas, junto con el bordado, la pintura o la cocina.
Pero había una diferencia fundamental, pues mientras las otras artes permanecían en el ámbito doméstico, la música tenía una puerta directa hacia lo público. Esa puerta eran las tertulias, las reuniones sociales donde familias de clase media y alta se reunían para conversar, leer poesía o interpretar música.
En esas veladas, muchas jóvenes comenzaron a presentarse ante audiencias reales por primera vez.
Las tertulias se convirtieron así en laboratorios culturales, donde se desarrollaban habilidades musicales, se ensayaban repertorios y se generaban redes sociales que podían impulsar carreras artísticas.
EL FERROCARRIL Y EL AUGE CULTURAL DEL PORFIRIATO
La investigación ubica la llegada del ferrocarril, entre finales del siglo XIX y los primeros años del XX, como un punto clave en la historia cultural de Durango.
A partir de ese momento la prensa local comienza a registrar con mayor frecuencia eventos musicales, tertulias y actividades artísticas. Para Odelinda Reyes, esto coincide con el crecimiento económico del Porfiriato, impulsado por la minería y la expansión ferroviaria. Ese contexto generó una mayor circulación cultural y permitió que la música se consolidara como parte central de la vida social.
En los periódicos de la época aparecen detalles que hoy resultan valiosos para reconstruir esa historia, para conocer qué piezas se interpretaban, quiénes participaban y qué familias organizaban los encuentros musicales.
Uno de los hallazgos más reveladores de la investigación es la presencia de niñas duranguenses que participaron en compañías de zarzuelas itinerantes, recorriendo distintas ciudades del país. Entre los nombres que aparecen en la hemerografía destacan Soledad y Concepción Vivanco, hermanas que integraron una compañía infantil nacional de zarzuela.
Su presencia no sólo quedó registrada en Durango, pues hay investigaciones realizadas en Guanajuato que también mencionan a las jóvenes artistas, lo que confirma que estas agrupaciones viajaban por distintas regiones presentando espectáculos.
Para Reyes González, este dato demuestra que algunas niñas ya se desarrollaban dentro de un entorno artístico profesional, algo inusual para la época.
Pero para quienes lograban sobresalir en la escena local, el siguiente paso era estudiar en el Conservatorio Nacional de Música de la Ciudad de México. Durango no contaba entonces con una formación musical profesional completa, por lo que las jóvenes talentosas debían trasladarse a la capital del país.
En varios casos, el propio Gobierno estatal otorgaba pensiones económicas para apoyar a estudiantes destacadas. Se trataba de becas que permitían cubrir gastos de estudio y manutención.
Entre las beneficiarias de este sistema se encuentra Fanny Anitua, una de las figuras más emblemáticas de la música duranguense.

DE DURANGO A LOS ESCENARIOS INTERNACIONALES
El interés inicial de Odelinda Reyes por su investigación surgió precisamente a partir de la figura de Fanny Anitua, cantante originaria de Durango que alcanzó proyección internacional. Su trayectoria ilustra el sistema de apoyos y oportunidades que algunas mujeres lograron aprovechar.
Primero recibió una pensión del Gobierno de Durango para estudiar en el Conservatorio Nacional. Posteriormente, el propio presidente de la República, Porfirio Díaz, escuchó su voz y decidió financiar su formación en Italia, uno de los centros operísticos más importantes del mundo.
Los documentos históricos muestran que estas pensiones implicaban obligaciones formales, mediante las cuales las estudiantes debían enviar reportes de sus avances académicos y, en algunos casos, devolver los recursos recibidos una vez consolidada su carrera.
Anitua logró abrirse paso en los escenarios internacionales, convirtiéndose en uno de los símbolos del talento musical duranguense, al grado de que antes de terminar su formación académica en Italia ya había “pagado” la beca gubernamental.
MAESTRAS DE NUEVAS GENERACIONES
No todas las mujeres siguieron el camino de los grandes escenarios. Algunas optaron por la enseñanza musical, ejerciendo una labor igualmente fundamental para la consolidación del campo artístico.
Un ejemplo destacado fue Belén Santa María de Murphy, pianista duranguense que fundó una escuela de música para niñas. Estudió música desde joven en el Instituto de Niñas, posteriormente se formó en la Ciudad de México y regresó a Durango para establecer su propia academia.
Su trabajo marcó a varias generaciones de estudiantes. De hecho, aún existen testimonios de alumnas que llegaron a recibir clases directamente de ella.
UNA HISTORIA DISTINTA A LA QUE SE CONTABA
La historiografía tradicional ha sostenido durante mucho tiempo que las mujeres abandonaban la música una vez que contraían matrimonio. Incluso que cualquier trayectoria se truncaba porque debían centrarse únicamente en las labores conyugales.
Sin embargo, la investigación de Reyes González sugiere una realidad más compleja. En diversas tertulias documentadas en la prensa local aparecen matrimonios que interpretaban duetos de ópera o piezas musicales juntos, lo que indica que la actividad artística continuó incluso después de casarse.
Este hallazgo cuestiona la idea de que el matrimonio significaba necesariamente el final de la carrera musical femenina.
El periodo central de la investigación se sitúa entre 1876 y 1910; es decir, durante el Porfiriato. Lapso que representó una especie de “edad dorada” para la formación musical femenina en Durango, impulsada por el crecimiento económico, la expansión cultural y el acceso a instituciones educativas.
Sin embargo, la Revolución Mexicana provocó una ruptura en ese proceso. Los proyectos culturales se transformaron o desaparecieron en medio de los cambios políticos y sociales del país.
