
Lo que nos dejó el Mundial
Amable lector(a), cuando usted lea estas líneas, el Mundial habrá terminado. España levantó la copa y los analistas deportivos estarán explicando por qué el campeón ganó exactamente como tenía que ganar.
Durante unos días más veremos repeticiones, discutiremos goles y lamentaremos errores. Después, volveremos a la normalidad… pero no del todo.
Porque un Mundial, además de un campeón, deja imágenes, conversaciones, personajes y momentos que terminan incorporándose a nuestra memoria, incluso a la de quienes aseguran que el futbol no les interesa.
Este fue el Mundial más grande de la historia. Participaron 48 selecciones y se jugaron 104 partidos en México, Estados Unidos y Canadá. Parecía demasiado futbol y tal vez lo fue.
Aun así, funcionó.
Funcionó porque el Mundial conserva una capacidad única: conseguir que millones de personas suspendan voluntariamente su rutina para mirar lo mismo al mismo tiempo.
Durante estas semanas modificamos horarios, pospusimos reuniones, buscamos pantallas y comenzamos conversaciones con una pregunta elemental: -¿Viste el partido? No hacía falta decir cuál.
México no llegó a la final ni alcanzó esas alturas que solemos imaginar cada cuatro años. Pero compitió, y bien.
Y eso no es poca cosa.
Desafortunadamente, no tuvimos quinto partido, aunque ahora tuviera otro nombre. Hubo, en cambio, algo que parecía haberse perdido: la sensación de que el equipo podía entrar a la cancha sin estar derrotado desde antes.
La selección volvió a provocar entusiasmo sin exigirnos un acto de fe desmedido. Mostró jóvenes con talento, orden y carácter. Perdió, sí.
Pero perdió compitiendo.
Eso no alcanza para celebrar una eliminación. Sin embargo, sí alcanza para reconocer que hay una enorme diferencia entre perder porque el rival fue mejor y perder porque uno nunca estuvo realmente en el partido.
Durante unos días volvimos a usar el “nosotros”: ganamos, pasamos, jugamos, perdimos.
El futbol permite esas apropiaciones extrañas. Ninguno de nosotros entrenó ni corrió, pero sentimos que algo de lo ocurrido también nos pertenecía.
El Mundial también nos recordó por qué seguimos viendo futbol cuando existen tantas formas más previsibles de entretenimiento.
Porque no sabemos qué va a pasar.
Las selecciones pequeñas incomodaron a las grandes. Algunos favoritos se fueron antes de tiempo.
Aparecieron porteros heroicos, jugadores desconocidos y países que descubrieron por primera vez lo que significa escuchar su himno en una Copa del Mundo.
Hubo encuentros inolvidables, empates tediosos y partidos para el olvido. También remontadas, penales, goles en los últimos minutos y ese instante en el que un estadio entero comprende que acaba de ocurrir algo extraordinario.
Este Mundial reunió dos épocas: figuras universales que disputaron su última Copa del Mundo y jóvenes que llegaron sin pedir turno y comenzaron a desplazar a quienes parecían insustituibles.
En un mismo torneo convivieron la despedida y la presentación.
Tal vez eso sea lo más parecido que tiene el futbol a la vida: mientras unos intentan prolongar lo que han sido, otros comienzan a convertirse en lo que serán.
Un Mundial no resuelve los problemas de un país ni convierte el futbol en una causa superior, pero durante varias semanas ocurrió algo poco frecuente.
Familias enteras se reunieron frente a una pantalla. Los hijos explicaron alineaciones a sus padres y los padres contaron, una vez más, dónde estaban durante aquel partido de México 86 que todavía recuerdan.
Personas que casi nunca se hablan comentaron un penal en el comedor de la empresa. Oficinas completas gritaron un gol. Las camisetas verdes aparecieron en escuelas, restaurantes, mercados y vagones del Metro.
Durante un rato compartimos algo que no necesitaba demasiadas explicaciones.
Hoy comienza el desmontaje. Se retirarán anuncios, las pantallas transmitirán otras cosas y las camisetas volverán pronto al fondo del clóset.
Pero quedará el partido que vimos con nuestras familias. El gol que gritamos abrazando a alguien.
La derrota que nos dejó en silencio.
La tarde en que ciudades enteras se detuvieron.
Eso nos dejó el Mundial.
La certeza de que todavía existen momentos capaces de reunirnos frente a una misma historia.
Quizá por eso, apenas cae el último confeti, comenzamos a esperar el siguiente.