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Los mártires duranguenses: origen de la Cristiada (II)

Verdad amarga

Los mártires duranguenses: origen de la Cristiada (II)

Los mártires duranguenses: origen de la Cristiada (II)

ENRIQUE SADA SANDOVAL

Por su parte, David Roldan Lara— comprometido en matrimonio con la hija del minero alemán Gustavo Windel, su jefe—envió un recado a su madre tratando tranquilizar a ambas, diciéndole que irán a Zacatecas, que le aseguraban que en dos días regresaba.

La esposa de Manuel Morales, Consuelo Loera, expuso al Teniente Ontiveros la inocencia de su marido. El Teniente, aparentando bondad y mintiendo, le dijo: “Señora, váyase tranquila, le juro por mi madre que nada le pasará a su esposo”. Añadió que le apenaba no poder hacer nada contra las órdenes superiores que llevaba, pero que después de dos o tres días estaría su esposo de regreso.

Algunos vecinos ofrecieron a Ontiveros una crecida suma de dinero a cambio de la libertad de los reos, pero el militar repuso que se les dejaría en libertad apenas rindieran sus declaraciones en la capital zacatecana.

A la mitad de ese fatídico 15 de agosto, las víctimas abandonaron el pueblo en dos vehículos. Para impedir su traslado los vecinos intentaron lapidar a la comitiva, al grado que los soldados en desventaja y ante la disyuntiva de arremeter contra civiles se vieron en la necesidad de pedir al Padre Bátis que calmara a la turba, orden que acató: “¡Por favor no me sigan, no pasará nada!”.

La indignación general en el pueblo era bastante evidente por parte de quienes como ciudadanos y hasta recientemente damnificados por las pérdidas humanas y materiales del terremoto del año anterior, sobrellevando su pesadumbre, ahora se veían castigados no por la naturaleza sino por el mismo Gobierno que poco antes había prometido asistirles en todas sus necesidades y que ahora los atacaba en lo más íntimo de sus fibras históricas como pueblo unido tanto en la prosperidad como en la desgracia; esto es, atentando contra su libertad religiosa y de expresión.

Conscientes de este atropello tanto como de la injusticia que significaba el haber capturado y tratado con saña injustificable a quienes de antemano sabían tan inocentes como indefensos, el destacamento subió a un camión a los prisioneros bajo el pretexto de trasladarlos a Sombrerete para de ahí pasar a la capital del Estado, pero con la consigna de asesinar a los cuatro ilustres cautivos a manera de escarmiento y amenaza en lo futuro contra la población, llevándolos rumbo al Puerto de Santa Teresa en donde a la extensión que antecede las faldas de su antiguo Cerro y Mina prehispánica, harían bajar del vehículo al Padre Bátis junto con Manuel Morales, David Roldán y Salvador Lara, pretextando desde una avería en un neumático hasta una supuesta falla mecánica para poder perpetrar el crimen con impunidad y—al menos en apariencia—lejos de la indignación popular tanto como de cualquier testigo posible, según se desprende de lo relatado a continuación por publicación de la ACJM: “Los reos fueron trasladados al lugar del sacrificio. Cuando al señor cura Bátis y a Manuel Morales los condujeron al sitio de la ejecución el sacerdote intercedió por Manuel Morales ante el teniente.

¡Mire, a este no le haga nada, es un muchacho, tiene esposa, tiene hijos. Yo muero gustoso, yo soy sacerdote, pero a él no le haga nada!. Manuel replicó: Deje que me fusilen, señor cura. Yo muero, pero Dios no muere. El velará por mi esposa y mis hijos. Y, descubriéndose la cabeza, gritó: ¡Viva Cristo Rey y la Virgen de Guadalupe!.

Después de ejecutarlos los despojaron de sus pertenencias, pero fueron alcanzados por Pedro Quintanar, revolucionario y hombre respetado en la región, quien había intentado interceder fallidamente y liberar a las víctimas, desatándose un breve tiroteo entre sus hombres y la soldadesca que logró huir, abandonando los cuerpos. Se dice que Quintanar junto con quienes les acompañaban empaparon sus manos con la sangre de los mártires y juraron hacer justicia ante sus cuerpos.

Quintanar en represalia atacó la Oficina de Administración del Timbre, la alcaldía y marchó a Huejuquilla, donde inició los primeros levantamientos que dividiéndose hacia el Mezquital y Bayacora, en dirección oeste y norte; y a Colotlán, Jalisco; en dirección sur, detonarían los primeros levantamientos armados de la Cristiada en todo el país.

Escrito en: OPINIÓN EDITORIALES Manuel, quienes, Bátis, pueblo

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