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Los Niños Héroes: una historia humana, documentada y viva | Parte 2 de 3

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JUAN MANUEL DÍAZ ORGANITOS

II. El ingreso al Colegio Militar en el siglo XIX

El Colegio Militar de la década de 1840, bajo la dirección del general de brigada Mariano Monterde, ocupaba el alcázar del antiguo Palacio del Virrey Bernardo de Gálvez, en la cima del Cerro del Chapulín. La institución distaba de ser un cuartel masivo: albergaba a una plantilla de entre 70 y 100 alumnos.

Para ser admitido, el reglamento dictaba requisitos estrictos:

  1. Tener entre 12 y 18 años cumplidos.
  2. Presentar fe de bautismo y fe de hidalguía o “limpieza de sangre” y costumbres.
  3. Certificado de buena conducta expedido por la autoridad civil local.
  4. Saber leer, escribir con ortografía aceptable y dominar las cuatro operaciones aritméticas fundamentales.
  5. Aprobar la inspección médica del cirujano del plantel (comprobar contextura física apta para el servicio militar).

Los cadetes se dividían en numerarios (aquellos que contaban con beca estatal o plaza presupuestada) y supernumerarios (quienes cubrían sus propios gastos o esperaban la vacante formal de una plaza de la Nación).

El régimen diario combinaba clases teóricas por la mañana, instrucción táctica por la tarde y guardias nocturnas. El Colegio era, al mismo tiempo, escuela técnica de ingeniería y matemáticas, internado y único escalón de ascenso social para la juventud de clase media.

III. La evidencia documental: fuentes primarias contra el mito

La reconstrucción de la Batalla de Chapultepec del 13 de septiembre de 1847 y la actuación del Cuerpo de Cadetes no descansa en leyendas decimonónicas, sino en un denso corpus documental resguardado en el Archivo Histórico de la Secretaría de la Defensa Nacional, el Archivo General de la Nación e informes del Ejército de los E.U.A.

1. Lista de prisioneros y partes de guerra

En el Parte Oficial redactado por el director del Colegio, General Mariano Monterde, y en la Lista de prisioneros de guerra del Colegio Militar, firmada por el coronel Mariano Andrade el 28 de septiembre de 1847, consta el estado pormenorizado de la tropa:

Cadetes capturados en el castillo: 37 (entre ellos Miguel Miramón).

Cadetes muertos en combate confirmados: Juan de la Barrera, Agustín Melgar, Vicente Suárez, Fernando Montes de Oca, Francisco Márquez y Juan Escutia.

2. Partes de combate estadounidenses

El informe del Mayor General Gideon J. Pillow y del General George Cadwalader (3.ª División del Ejército de los E.U.A.) al General Winfield Scott detallan la toma del alcázar.

Cadwalader anotó la ferocidad de la resistencia en los glacis, la batería de San Blas y los contrafuertes del edificio, donde se encontraron “los cuerpos de jóvenes oficiales de muy corta edad mezclados con los soldados de línea”.

3. Libros de matrícula y filiación

Los registros de filiación del Archivo de Cancelados del Estado Mayor de la Defensa Nacional preservan las fojas de servicio de Juan de la Barrera, Agustín Melgar, Vicente Suárez y Fernando Montes de Oca, especificando sus fechas de ingreso, asignaciones, promociones y la anotación marginal final: “Muerto en el asalto de las tropas norteamericanas al Castillo de Chapultepec”.

IV. El contexto emocional: el eco sangriento de agosto y septiembre

Los cadetes del Colegio Militar no combatieron en una burbuja de abstracción patriótica. Llevaban semanas escuchando el retumbar de la artillería en el valle de México y viendo llegar heridos a la capital.

Padierna (19-20 de agosto). La noticia de la destrucción del Ejército del Norte comandado por Gabriel Valencia sacudió al Colegio. La desorganización interna y las disputas entre Santa Anna y Valencia dejaron un sabor a traición e impotencia entre los muchachos.

Churubusco (20 de agosto). El heroico repliegue en el convento de San Mateo redefinió su estado de ánimo. Supieron de los muertos del Batallón de San Patricio y de los bravos de la Guardia Nacional. Resonó en los pasillos la respuesta del General Pedro María Anaya al General Twiggs al exigirle el parque: “Si hubiera parque, no estaría usted aquí”.

Molino del Rey (8 de septiembre). La tragedia se volvió inmediata. A escasos 800 metros de las ventanas del Colegio, la infantería enemiga masacró a la división del General Antonio León y al Coronel Lucas Balderas. Durante horas, los cadetes observaron desde las terrazas del castillo el humo de las descargas, olieron la pólvora quemada traída por el viento y escucharon los alaridos de los heridos abandonados en el pedregal. Sabían que el siguiente objetivo era su propia casa.

V. La orden de retirada y la elección moral

El 12 de septiembre de 1847, la artillería de sitio estadounidense machacó el Castillo de Chapultepec durante doce horas continuas. Al anochecer, el edificio estaba semidestruido, las cornisas colapsadas y las defensas exteriores agrietadas.

El General Nicolás Bravo, comandante general de la línea defensiva de Chapultepec, y el General Mariano Monterde sostuvieron una reunión con los oficiales e instructores. Ante el desproporcionado volumen de fuego enemigo y la falta de refuerzos solicitados a Antonio López de Santa Anna, el General Monterde dio una instrucción directa al Cuerpo de Cadetes: evacuar el recinto y replegarse hacia la Calzada de la Verónica para ponerse a salvo.

Muchos cadetes fueron obligados por los oficiales a salir por la rampa posterior hacia el bosque. Sin embargo, un grupo heterogéneo decidió desobedecer la orden de evacuación.

Históricamente no existió una proclama épica ni una consigna suicida institucional. Ocurrió algo más complejo: una elección moral individual y de grupo. Los muchachos no se quedaron porque se les ordenara morir, sino porque el código de honor inculcado, la vergüenza social de la huida y la cohesión de cuerpo entre compañeros los paralizó frente a la idea del repliegue.

VI. Análisis histórico de una decisión: ¿Por qué quedarse?

La historiografía moderna (trabajos del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM y de la Secretaría de la Defensa Nacional) identifican seis factores estructurales detrás de su determinación:

  1. El honor militar decimonónico. En el código de conducta militar del siglo XIX, abandonar una posición fortificada encomendada sin que el enemigo fuera rechazado equivalía a la muerte civil y al deshonor familiar infamante.
  2. La ascendencia moral de Juan de la Barrera. Con 19 años y rango de teniente, Barrera no era un alumno, sino un oficial instructor. Al decidir permanecer en la cabecera del hornabeque y las trincheras del cerro para sostener su obra de ingeniería, sirvió de ancla moral para los cadetes más jóvenes.
  3. El trauma del Molino del Rey. Haber atestiguado la muerte de sus jefes y soldados a unos cientos de metros provocó un fenómeno psicopatológico de culpa del superviviente y rabia contenida.
  4. La parálisis del cerco. La velocidad del avance de la columna del brigadier general Quitman y de las tropas de Pillow rodeó las faldas del cerro en cuestión de minutos, cortando la vía de repliegue planeada hacia la calzada y atrapando a los defensores en el alcázar.
  5. Efecto de cohesión de grupo. En grupos cerrados de convivencia intensiva (como un internado militar), la lealtad hacia el compañero de litera predomina sobre el instinto de preservación individual.
  6. Impulsividad juvenil. La ausencia de una percepción realista sobre las consecuencias irreversibles del fuego de metralla a bocajarro en mentes de tan corta edad.

Escrito en: Los Niños Héroes CALEIDOSCOPIO HISTORIA MEXICO General, Colegio, cadetes, Mariano

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