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Lucy, la mujer duranguense que convirtió el hambre en un acto de amor

"Aunque sea una tortilla, aquí siempre hay algo", asegura Lucy, quien nunca ha podido negarle comida a nadie.

Lucy, la mujer duranguense que convirtió el hambre en un acto de amor

Lucy, la mujer duranguense que convirtió el hambre en un acto de amor

DINORA G. SOLÍS

Desde hace diez años, Lucía Ramos Chávez ofrece alimento, cuidado y dignidad a casi 50 niñas y niños en la colonia Independencia, en un comedor que nació del dolor y se sostiene con solidaridad.

En una casa sencilla de la colonia Independencia (antes Promotores Sociales), todos los días a las 2:30 de la tarde el olor a sopa caliente anuncia algo más que comida. Anuncia alivio. Ahí, Lucía Ramos Chávez (a quien todos conocen como Lucy) recibe alrededor de 48 niñas y niños que llegan con hambre, pero también con la confianza de que siempre habrá un plato esperándolos.

Transformar la tragedia en esperanza

El comedor infantil que Lucy sostiene desde hace diez años no nació de un proyecto planeado, sino de una sacudida emocional. Todo comenzó cuando, en medio de la llegada de familias desplazadas de la sierra, un hombre tocó a su puerta pidiendo un taco. Ella le compartió lo poco que tenía. Días después supo que ese mismo hombre se había quitado la vida porque no tenía qué comer.

“Lo que más me dolió fue pensar que estaba tan cerca, que si hubiera vuelto yo le hubiera dado lo que tuviera”, recuerda. Ese hecho dejó al descubierto una realidad ignorada: decenas de familias vivían en terrenos de la colonia, muchas con niños pequeños y sin alimentos.

Fue entonces cuando Lucy decidió hacer algo. Inspirada por el trabajo de otros comedores comunitarios y con la convicción de que el hambre en la infancia duele más, comenzó atendiendo a 16 niños desplazados por la violencia en Sinaloa, algunos de ellos sin hablar español. Con el tiempo, la voz corrió y llegaron más.

“Siempre se completa”

Hoy, el comedor recibe a niñas y niños de escasos recursos de la colonia, hijos de madres solteras, menores que viven con sus abuelitas y algunos que aún vienen de comunidades serranas. La comida es sencilla: sopas, frijoles, papas, pan. Lo que haya. “Aquí nada se desperdicia, todo se transforma”, dice Lucy, convencida de que valorar lo mínimo es una lección de vida.

Sostener el comedor no siempre es fácil. Hay días en los que no sabe qué va a cocinar. A veces su esposo le ayuda con lo básico; otras, personas solidarias llegan con una despensa. “No todo llega, pero siempre se completa”, afirma. Con ingenio, repite los alimentos sin que los niños lo noten: los frijoles cambian de forma, la sopa se enriquece con una verdura extra. Lo importante es que nadie se vaya con el estómago vacío.

Un lugar donde la comunidad se vuelve familia

Más allá del alimento, Lucy cuida el ambiente. Le gusta que el lugar esté limpio, ordenado y que los niños se sientan seguros. Los acomoda por edades, se turnan para ayudar a servir y todos levantan su plato al terminar. “Aunque estoy sola con ellos, me hacen mucho caso”, comenta con una sonrisa.

Nunca ha podido negar comida a nadie. “Aunque sea una tortilla, aquí siempre hay algo”, asegura. Por eso incluso ha recibido a una adolescente de 17 años, algo poco común en un comedor infantil, pero cuya necesidad la llevó a abrirle la puerta sin dudarlo.

El comedor también es un espacio para aprender a convivir y a no perder las tradiciones. En fechas como el 14 de febrero, Navidad o el Día de Reyes, Lucy explica a los niños qué se celebra y por qué. Comparten dulces, rosca, juegos de mesa y momentos que, para muchos, no existen en casa. “Yo los hago parte de mi familia”, dice.

Corazón, el motor personal de Lucy

Madre de dos hijos adultos, Lucy cuenta con el respaldo de su esposo y su familia, quienes se sienten orgullosos de su labor. Ella, que también vivió carencias, cree que esa experiencia le enseñó a no dar nada por sentado. “Hay personas que lo tienen todo y tiran la comida. Aquí aprendimos a valorar hasta lo último”.

En 10 años, solo ha cerrado el comedor unos días, cuando tuvo que cuidar a su padre durante una enfermedad. El resto del tiempo, la constancia ha sido su mayor compromiso.

Lucy no tiene redes sociales ni campañas formales. Su trabajo se ha sostenido con fe y solidaridad. Quienes deseen apoyar al comedor infantil pueden comunicarse con Lucía Ramos Chávez al teléfono 618 291 7308.

Escrito en: Duranguenses destacados comedor comunitario Durango comedor, niños, Lucy, siempre

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