
¿Me ayuda a contestar?
¿Será la frialdad del clima o mi soledad en esta obscura cabaña lo que ordena a mis desordenados pensamientos desordenar letras?
Sea cual sea el origen del contenido de esta columna, acato instrucciones y planteo al lector una pregunta simple, a partir de un par de recuerdos.
Si existen tantos mundos como distintas percepciones hay, ¿la verdad está más cerca de un deber ser universal o del deber al arbitrio de cada persona? (desperté sin ánimo de complicaciones, como puede leerse).
Dos evocaciones de la vida real -en serio, prometo son sencillas- podrían dar cierta luz a esa cuestión…
La plática transcurría con cierta fluidez, pese al ambiente en el que tenía lugar, que oscilaba entre lo tétrico y reflexivo.
Los tres esperábamos la llegada de la carroza que recogería en la antesala de la muerte, conocida también como "estancia geriátrica" -ejemplo excelso del uso de los eufemismos-, el cadáver de quien fue hermano de los dos hombres con quienes conversaba, ambos de expresiones más cercanas al descanso que a la tristeza.
Era la primera vez que hablaba con los tíos de mi esposa -nada personal, sólo agendas diferentes-, pero pronto encontramos un vínculo que unió a los tres, al menos durante diez minutos: todos habíamos sido bomberos voluntarios, ellos en una empresa elaboradora de cerveza y yo en una asociación de beneficencia privada.
Contrario a lo que esperaba, la plática regida por ellos omitió la narración de experiencias en el combate de siniestros y derivó en los gratos recuerdos que tenían de los apoyos brindados por su compañía a los trabajadores que, además de cumplir con sus jornadas laborales, decidían extender su estancia en la fábrica realizando guardias voluntarias en la estación interna de bomberos.
Cuando con satisfacción recordaban los ingresos extras y alimentos gratuitos que se les proporcionaba por su disponibilidad para proteger el patrimonio de la empresa, me preguntaron sin ironía qué cenaba en mis guardias y cuánto dinero recibía como voluntario.
Mi contestación los sorprendió, y a mí su reacción a la respuesta dada.
-¿Cómo que no les daban de cenar ni les pagaban? -cuestionó con franca incredulidad uno de ellos.
-¿Entonces por qué o a qué ibas? -agregó mi otro pariente político recién conocido, cuyo rostro reflejaba particular extrañeza.
La llegada de la carroza, con un chofer habilitado también como camillero, interrumpió los cuestionamientos y, de paso, evitó en mis lejanos parientes el inminente nuevo "corto circuito cognitivo" que les provocaría mi respuesta fundamentada en el irrenunciable deber de ayuda al prójimo (y a mí nuevo rompimiento con un mundo con el que no siempre comparto definiciones).
Otro ejemplo de la disparidad entre el ideal del deber ser y la discrecionalidad del individuo para definir las cosas de acuerdo con su conveniencia, lo viví en el Gobierno del Estado de Zacatecas durante el 2010.
Durante la tarea de formar mi equipo en la Secretaría Técnica externé la necesidad de incorporar un politólogo, lo que fue escuchado por los mandos superiores de la administración, quienes con la mejor intención me enviaron pronto a la persona que suponían cumplía con el perfil que yo buscaba.
En la primera y única entrevista que realicé a la persona enviada, un hombre de unos 40 años ataviado formalmente y de mirada adusta, llamó mi atención que no se mostró como candidato al empleo, sino que se presentó "a trabajar", posición que ignoré -gobierno no es sinónimo de imposiciones, me constó en este caso-.
-Leo en su currículum que usted es un experto en política -expresé dando continuidad a la entrevista.
-Definitivamente, es mi especialidad y a ella me he dedicado en los últimos gobiernos estatales -dijo con seguridad.
-Excelente, platíqueme más acerca de su trabajo político en las administraciones recientes -le pedí confiando en que podíamos entablar una conversación sobre sus acciones para conciliar discrepancias, lograr que individuos transitaran hacia rumbos de interés colectivo y reducir las brechas entre el poderoso y el débil, entre otros temas.
-Siempre me he dedicado a mover gente; usted nada más me dice cuántas personas quiere, dónde las quiere y qué quiere que hagan -aseguró con la ausencia de rubor que trae consigo hacer de la manipulación algo cotidiano. Evidentemente vivíamos en mundos diferentes.
¿Cuál es entonces su respuesta, lector?
PD De antemano descarto por bien conocida una sola contestación: "No me vengan con ese cuento de que la ley es la ley".