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Columnista invitado 

Metáforas del ojo: la mirada que habita el visor

Metáforas del ojo: la mirada que habita el visor

Metáforas del ojo: la mirada que habita el visor

YIMA JAHIEL MEDRANO

Hay días en que la rutina nos pone un filtro gris en los ojos. Caminamos a diario por las mismas calles, abrimos puertas, miramos el reloj, ese que muchas veces ya ni en la muñeca traemos, y atravesamos la ciudad con el piloto automático puesto. Todo se vuelve plano, predecible, aburrido. Y, sin embargo, en ese mismo paisaje cotidiano, de repente alguien se detiene, alza una cámara que trae colgada al hombro —o saca un rectángulo del bolsillo—, y descubre un destello de magia, que hoy ya es pasado, y que el resto de los transeúntes ignoró por completo.

¿Qué es lo que ven ellos, los del ojo educado, que los demás pasan por alto? La respuesta no está en costos, marcas, megapixeles, técnica, etc., sino en algo mucho más sencillo y a la vez esquivo: han aprendido a observar. Hay un consenso generalizado que nos dice que, uno de los privilegios más escasos en estos tiempos es la atención. "Aprender a observar" no es un asunto de tener una retina privilegiada; tampoco exige que te aprendas de memoria la tabla de exposición o las funciones ocultas de los menús de tu cámara. Es algo mucho más íntimo y, paradójicamente, más difícil de conseguir: es el arte de bajarle el volumen al ruido mental. Nuestra mente “moderna” es una máquina ruidosa.  

Miramos para movernos, pero hace rato que dejamos de observar. En nuestro estado de constante tensión, los ojos dejan de ser ventanas abiertas al asombro y se convierten en simples radares de supervivencia. Por eso, la verdadera fotografía empieza mucho antes de sacar el teléfono del bolsillo o de llevarse el visor al ojo. Empieza cuando decides hacer una pausa mental y apagar el piloto automático. Es el instante en el que te permites dejar de ver las cosas por lo que "sirven" o por el estorbo que representan en el camino, para empezar a verlas por lo que son.

Detenerse es el primer paso, da igual si traes una cámara profesional sofisticada o si solo usas el teléfono que llevas en el bolsillo. Las fotos memorables casi nunca nacen de paisajes exóticos o de eventos extraordinarios; nacen de prestar atención. Es darte cuenta de cómo la luz de la tarde atraviesa el vapor de un café, de la sombra caprichosa que dibuja un farol sobre una pared, o de la textura desgastada en la pared de una vieja casona del centro. Por eso, casi siempre nos quedamos hasta atrás, rezagados del grupo, o en su defecto, andamos llegando tarde al destino, buscando permanentemente ese momento de magia.

Durante mucho tiempo, la fotografía era un club exclusivo para quienes cargaban mochilas llenas de equipos costosos, o cajitas con material sensible y dominaban complicadas fórmulas ópticas o químicas. Hoy las cosas son distintas. El teléfono celular se ha convertido en una herramienta más inmediata, prácticamente una extensión “natural” de la mano; es el pincel que siempre llevamos con nosotros. Y aun cuando a los más o a los mucho más académicos no nos guste tanto, es una realidad indiscutible.

Y ahí es donde radica su mayor encanto para el público en general: un teléfono celular con una cámara digital básica en sus entrañas, quita instantáneamente el miedo a equivocarse e invita a jugar. Al final del día, da igual si disparas con un equipo sofisticado o con la pantalla táctil de tu teléfono: el sensor o la película solo registra aquello hacia donde tú decidiste dirigir tu atención. El mérito nunca ha sido del cristal de la lente, del equipo o de la técnica utilizada, sino de la sensibilidad de quien está detrás.

Encontrar fotos increíbles donde los demás solo ven monotonía es, en el fondo, una forma de rebelarse contra la costumbre y lo cotidiano. Es entender que la realidad no es una sola, sino que cambia por completo dependiendo de la curiosidad con la que decidamos observarla.

Cuando logras silenciar esa urgencia interna y decides observar, acomodar tu mirada dentro del visor –o pantalla-, el mundo ordinario se desdobla. La banqueta gris deja de ser solo un obstáculo y se convierte en un lienzo donde el sol dibuja geometrías perfectas; los transeúntes dejan de ser obstáculos y pasan a ser un estudio improvisado de perfiles, luces y sombras. Aprender a observar es, en el fondo, recuperar la inocencia de mirar las cosas como si fuera la primera vez, despojándolas del peso de la rutina y devolviéndoles su brillo original.

La próxima vez que salgas a dar la vuelta, haz una pequeña prueba: regálate dos minutos en cualquier esquina. Olvídate por un instante de las pendientes, respira hondo y busca la luz. Fíjate en cómo dibuja una silueta, en cómo se mezclan los colores de un puesto de la calle o en la naturalidad de alguien distraído en la acera de enfrente. Te vas a dar cuenta de que las grandes historias visuales no estaban esperando en un viaje lejano; siempre han estado ahí, agazapadas en nuestro día a día, acechando como un felino, a que nos decidamos a diferenciar entre ver y observar, y como consecuencia, a abrir los ojos de verdad.

@kunstphoto

Escrito en: Yima Jahiel Medrano mucho, solo, teléfono, atención.

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