
Mirador
Me habría gustado conocer a Velador.
Fue un toro de lidia. Perteneciente a la ganadería de Victorino Martín, lo toreó el diestro José Ortega Cano en la plaza de Las Ventas, de Madrid. Tan bravo y noble resultó Velador que recibió la gloria del indulto, el único toro indultado en la historia de ese coso, el más importante del mundo de la tauromaquia.
Increíble historia. Tras ser toreado, Velador se negó a dejar el ruedo. Embistió a los cabestros que salieron para llevarlo a chiqueros. No hizo caso de los capotes que se le tendieron; atacó al perro que el mayoral sacó pensando que sus arremetidas harían salir al toro. Empeño inútil. Velador se plantó en el centro del albero, como si fuera de su propiedad.
Cayó la noche, y el toro en su terreno. Se apagaron las luces de la plaza, y se dejaron encendidas solo las de los corrales, por suponerse que eso atraería a Velador. Ni así.
Después de cuatro horas el toro dejó por fin el ruedo. Lo dejó cuando le dio la gana, no cuando el hombre quería que lo dejara.
Por eso me habría gustado conocer a Velador. Nadie era su dueño. Él era dueño de sí mismo. Así quiero ser yo.
¡Hasta mañana!...