
Mirador
Fantasmas de hombres y mujeres, de niñas y de niños, se aparecen por las noches en la casa de la antigua hacienda de Ábrego.
De un tiempo acá hay otro fantasma que no es de niña o niño, de mujer o de hombre, sino de mueble. Es el fantasma de la máquina de coser de doña María del Refugio de la Peña y Dávila, que alguna vez fue la dueña de la casa tras la muerte de su esposo don Antonio.
La máquina -Singer, desde luego- vino a lomo de mula desde la Villa de Santiago. En ella doña Cuca cosía las camisas para su marido y la ropita para sus pequeños hijos.
Todos se fueron ya, menos la máquina. Está donde siempre estuvo, en la sala de costura, según decía con elegancia su dueña. Ahora se le oye funcionar sola, con el compás exacto de música de Bach.
Los demás fantasmas se asustan al oírla. Yo, que todavía no soy fantasma, la escucho sin sobresaltos. Sé que las cosas tienen alma, igual que los animales y los hombres. Con su sonar evoco un tiempo que también es ya fantasma.
¡Hasta mañana!...