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OPINIÓN

No cumplas la norma

No cumplas la norma

No cumplas la norma

JESÚS SILVA-HERZOG

La frase de Juárez aparece con letras doradas en edificios de gobierno, en congresos y en tribunales. “Entre los individuos como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz.” En las escuelas se repite como la fórmula esencial de la educación cívica. Se conoce menos el lema de José María Iglesias con el que cierra su manifiesto de 1876: “Sobre la constitución nada. Nadie sobre la constitución.” Se recuerda el argumento del último discurso presidencial de Plutarco Elías Calles, tras el asesinato de Obregón. “La misma circunstancia de que quizá por primera vez en su historia se enfrenta México con una situación en la que la nota dominante es la falta de caudillos, debe permitirnos orientar definitivamente la política del país por rumbos de una verdadera vida institucional, procurando pasar, de una vez por todas, de la condición histórica de país de un hombre a la de Nación de instituciones y de leyes.” A esas cápsulas habrá que agregar la frase que la presidenta Sheinbaum acaba de pronunciar exaltadamente: “Cuando la norma se pone por encima de la gente y el sentido común está mal. No cumplas la norma. Eso es lo que te estoy diciendo.”

La orden que dio la presidenta de la república en un espacio público puede entenderse como un decreto obligatorio para toda la administración pública. Colocar la idea que cada funcionario tenga del “sentido común” por encima del deber de cumplir con las reglas jurídicas que norman su actuación. En lugar de detenerse ante normas y procedimientos que entorpecen la acción de gobierno, romper esas barreras si se beneficia a “la gente.” La voz del Ejecutivo marca el rumbo del gobierno, y por eso su palabra tiene dimensión imperativa: la directriz de la administración se clarifica en el discurso de la presidencia. Los servidores públicos, en consecuencia, han de actuar de acuerdo a las instrucciones de quien define la agenda y la filosofía del gobierno. Cuando el jefe del estado mexicano da una orden a un subordinado, no expresa una opinión personal: instruye. Y cuando lo hace frente a los micrófonos y las cámaras puede entenderse que su dictado es general.

La presidenta ordena violar las normas. Sobre cualquier regla, el sentido común. Para violar la ley, basta invocar una buena intención. El autoritarismo del nuevo régimen ha acuñado una máxima a la altura de su soberbia. En todas las oficinas públicas debe colocarse la instrucción sheinbáumica: “No cumplas la norma.” Con esas cuatro palabras, los servidores públicos sabrán que deberán guiar su conducta por la idea que cada quien tenga del sentido común y lo que a ellos parezca que beneficia a la gente. Si la Jefa del Estado mexicano ordena que todos los funcionarios de su gobierno coloquen su intuición por encima del derecho es porque tiene la tranquilidad de que han desaparecido todas las instancias que podrían exigir el cumplimiento de la ley. Sin jueces independientes, la ley no llega a ser siquiera un consejo.

Resulta curioso que la “científica” invoque el conocimiento sin fundamento racional como parámetro de lo moralmente incuestionable. El sentido común, que ella idealiza como criterio antielitista de decisión, convierte lo familiar en lo correcto. No hace falta decir lo obvio: lo que se invoca como sentido común no es nunca sitio de consenso, sino un lugar en disputa. No es conocimiento natural, sino invento ideológico. Lo que vale la pena subrayar es que la idea del sentido común se ha usado a lo largo de la historia como una autoridad alternativa que puede disfrazar un poder arbitrario. Es el caso evidente del argumento de Sheinbaum: un poder que no se sujeta a norma alguna disfraza su arbitrariedad de nobles intuiciones.

Como lo advirtió José Ramón Cossío en un artículo reciente, la máxima de Sheinbaum lleva la convicción antijurídica a niveles que superan, incluso, a su tutor porque dispersa la arbitrariedad a todos los niveles de la administración pública. No se trata de un poder exclusivo de quien encabeza al Estado, sino de una pauta a la que ha de sujetarse toda la administración. El sentido común por encima de la ley

Escrito en: Editoriales sentido, común, encima, administración

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