
No es el equipo
Los defensores de Claudia Sheinbaum no la defienden: se compadecen de ella. La persona más poderosa en el país suscita la compasión de los suyos. En muchos tonos se escucha la misma fórmula plañidera. La presidenta no tiene quien la cuide. Sus colaboradores no promueven sus logros. Su equipo no le advierte de los problemas que surgen. La engañan. Los más atrevidos responsabilizan al tutor de preservar un cerco sobre la presidenta. Se lanzan contra los barones del partido y los acusan de boicotear la agenda presidencial. Tal parece que Sheinbaum no es responsable de nada. No es responsable de la herencia que aceptó ciegamente y a la que sigue atada. No es responsable del equipo que formó, ni de la vigilancia que sobre ellos debería mantener. No es responsable del estancamiento económico, ni del deterioro institucional que sus políticas han reforzado. No es siquiera responsable de las iniciativas que llevan su firma. No es responsable de reformas mal pensadas, mal formuladas y peor promovidas que desembocaron en derrotas sucesivas.
Los defensores de Sheinbaum pretenden convencernos de que ella es una estadista brillante, que es una política seria que ha trazado una ruta de cambios sensatos y realizables, que está encarando con responsabilidad los complejísimos problemas del país, pero que, penosamente, está rodeada de incompetentes e intrigantes; que sus buenas intenciones y sus sensatas propuestas son obstaculizadas cotidianamente por los desertores incrustados en su gobierno. Nos invitan a creer que sus resultados son una maravilla pero que su equipo de comunicación no los hace relucir.