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'No somos iguales'

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JORGE G. CASTAÑEDA

Uno de los mitos recién desvanecidos de la izquierda latinoamericana ha consistido en su honestidad. Frente a gobiernos de derecha, civiles o militares, democráticos o autoritarios, que sistemáticamente recurrían a prácticas corruptas, a enriquecimiento explicable de sus integrantes, a sobornos constantes y a abusos cotidianos en todos los niveles de la administración pública, se suponía que los gobiernos de izquierda desistirían de dichos usos y costumbres regionales. Se negarían a robar, a aceptar coimas, a emprender obras faraónicas inservibles y con sobrecostos equivalentes a traslados masivos de recursos públicos a bolsillos privados, y a forjar relaciones incestuosas, promiscuas, inconfesables, con los magnates del sector privado local o extranjero.

Resultó, quizás como era previsible, que las izquierdas fueron más o menos tan corruptas como la derecha. En los países con tradiciones de honestidad, transparencia y rendición de cuentas —básicamente Chile, Uruguay y Costa Rica— los excesos no alcanzaron grandes montos. El mini escándalo del hijo de Michelle Bachelet y su nuera de 2015 en Chile equivalió a lo que en México un funcionario se roba en un desayuno: 10 millones de dólares. En todos los demás países con mandatarios de izquierda desde 1999, cuando Hugo Chávez inauguró la primera marea rosa, militantes, activistas y dirigentes partidistas progresistas se despacharon a manos llenas. Hasta parecían darle la razón a Enrique Peña Nieto: la corrupción efectivamente podía ser un desafío cultural.

En Venezuela, en Brasil, en Argentina, en Bolivia, en El Salvador, en Nicaragua, en Ecuador, y más recientemente en Colombia, la izquierda en el poder resultó ser igual o peor de corrupta, y con sumas parecidas o mayores, que sus predecesores de derecha. En este patrón se inscriben también, obviamente, los gobiernos de López Obrador y Sheinbaum. Los escándalos ya son legendarios, desde Segalmex, el Tren Maya, la Barredora, una multitud de gobernadores, hasta Marina del Pilar, Juchitán, Amilcar Olán y Andrés Manuel López Beltrán.

Las consecuencias para Morena hasta ahora han sido mínimas. A diferencia de otros países de la región, donde gobernantes de izquierda han sido exiliados, encarcelados o inhabilitados, en México, como se dice, no pasa nada. Mejor dicho: pasa poco. Las encuestas verdaderas sí muestran una caída leve pero constante en la aprobación de Sheinbaum, y sobre todo en el acuerdo con la manera en que combate la corrupción.

La corrupción no radica únicamente en el daño patrimonial al Estado generado por los delirios de López Obrador: Tren Maya, Mexicana de Aviación, AIFA, Interoceánico, Aeropuerto de Tulum, Dos Bocas, Macrofarmacia, más lo que se acumule con los nuevos trenecitos de Sheinbaum. Tampoco se limita a las prácticas corruptas del Ejército y la Marina por los pagos en efectivo a los trabajadores que construyeron estas “obras”, o en el huachicol fiscal. Tiene que ver con otro tren —el de vida— de los Amílcares, López Beltranes, Adán Augustos, Nahles, Lezamas, etc. Algunos de ellos, y muchos más cuadros de Sheinbaum, ya eran ricos antes. Su peor pecado consiste en pasarse por el arco de triunfo las exhortaciones de sus jefes de ser “austeros”. Cómo llegaron a ser tan ricos antes es harina de otro costal: muchos, por supuesto, provienen de y deben su opulencia a sus épocas en el PRI.

No se necesita traducir de modo tendencioso o ingenuamente incorrecto la nota de The New York Times del martes sobre Andy para fortalecer las sospechas que pesan sobre el hijo del expresidente. Hasta personas bien informadas e íntegras como Rubén Cortés se medio fueron con la finta. En inglés, el texto es: “Two US law enforcement agencies are looking into accusations of Mr. López Beltrán´s ties to organized crime and fuel smuggling, but they have not launched formal investigations”. La traducción precisa es: “Dos agencias policiales de Estados Unidos están viendo, examinando o revisando acusaciones sobre los vínculos del Sr. López Obrador con el crimen organizado y el contrabando de combustibles, pero no han iniciado investigaciones formales”. Se antoja altamente probable que se trate de filtraciones de funcionarios norteamericanos y/o de adversarios de Andy en México, posiblemente ciertas pero rodeadas de los matices citados. No hay, hoy, según cualquier fuente norteamericana respetable, una investigación abierta en contra de él. Ha buscado contactos con funcionarios estadounidenses; cualquiera que ha seguido los detalles de toda la saga de la familia de AMLO sabe perfectamente a través de quién lo ha de haber intentado. Me sorprende que con tales palancas no haya prosperado la gestión; por lo menos ha logrado evitar que se le investigue allá: aquí imposible.

Lo que sí hay son varias grandes preguntas. ¿Por qué resultaron tan corruptos los morenistas? No me refiero únicamente a las sumas pactadas con el narco para las campañas. ¿Por qué ostentan su riqueza mal habida tan descaradamente? ¿Por qué necesitan presumir su peculio? ¿No puede Amílcar huir y esconderse en un sitio menos opulento que Lugano, en el Ticino? ¿Es una peculiaridad mexicana? Los brasileños, argentinos, bolivianos —Saving Private Evo se refugió primero aquí, luego en Cuba y después en Cochabamaba, of all places ecuatorianos; Correa se la pasa entre Lovaina y CDMX— han sido más discretos ¿Hay un tema de clase en todo esto, o de neuronas, donde al igual que el personaje de Eugenio Derbez en El Juicio, simplemente no entienden nada?

Escrito en: OPINIÓN López, izquierda, países, pasa

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