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Ocupar y necesitar

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J. SALVADOR GARCÍA CUÉLLAR

El lenguaje fluye, se transforma, se bifurca y, a veces, sorprende con giros inesperados. Encontramos uno de esos giros en el verbo ocupar, que en los últimos años ha adquirido el matiz novedoso de expresar necesidad. Lo que antes significaba tomar posesión de un espacio ahora, en algunos contextos se emplea como sinónimo de necesitar. Este cambio, que a algunos desconcierta y a otros les resulta natural, es un ejemplo muy actual de cómo las palabras se reinventan.

Las lenguas son organismos vivos, se adaptan a las circunstancias sociales, culturales y tecnológicas de cada época. Resistirse a esa dinámica sería condenarlas a un estancamiento artificial. Aunque a veces nos incomoden las novedades, debemos reconocer que forman parte de la vitalidad misma del idioma. El caso de ocupar es solo uno entre miles de transformaciones que se han dado y se seguirán dando. Lo que hace apenas unos años sonaba extraño o incorrecto, hoy se escucha con naturalidad en conversaciones informales. La rapidez con que se extendió demuestra la fuerza de los usos populares frente a las normas académicas.

Según la Real Academia de la Lengua, el significado clásico de ocupar es tomar posesión de un lugar, instalarse en él o invadirlo; se ocupa un territorio, un edificio, un espacio. Durante siglos esa fue su acepción. Sin embargo, en la actualidad convive con la nueva interpretación, la de necesitar.

En muchos casos, el nuevo uso no genera problemas de comprensión. El oyente sustituye mentalmente ocupar por necesitar y entiende sin dificultad, pero hay situaciones en que la ambigüedad se vuelve evidente. Pensemos en la frase "Ocupo un asiento en el autobús". ¿Significa que la persona ya está sentada dentro del vehículo? ¿O que necesita estar allí por alguna razón? La anfibología puede provocar malentendidos, por eso conviene ser cuidadosos cuando hagamos el cambio de este vocablo.

Quizá en el futuro surja otro verbo que separe con claridad los dos sentidos y evite confusiones. Mientras tanto, lo más recomendable es mantener la distinción. Conviene preferir el uso de necesitar para expresar carencia o requerimiento, y reservar el de ocupar para la acción de tomar posesión de un espacio. No se trata de imponer reglas rígidas, sino de favorecer la claridad en la comunicación.

La historia de las lenguas está llena de transformaciones similares. Muchas veces los hablantes no perciben los cambios hasta que, siglos después, los lingüistas los registran. El español que hoy hablamos es, en realidad, latín evolucionado. Durante más de veinte siglos las palabras se fueron adaptando sin que la gente lo notara. Lo mismo ocurre ahora, estamos presenciando un cambio que quizá en el futuro se consolidará como norma.

Confieso que, por mi edad y formación, prefiero el uso tradicional de ocupar, pues me parece más claro y más cercano a la tradición literaria, aunque debo ser tolerante con quienes adoptan la nueva acepción. El lenguaje no pertenece a una sola generación, sino a la comunidad entera de hablantes. Y aunque a veces nos parezca poco elegante, debemos aceptar que la lengua se construye entre todos.

Este cambio ya no se limita al habla coloquial, ha llegado incluso a textos escritos, algunos de carácter serio, aunque sin intención literaria. Eso demuestra que la innovación ha ganado terreno y que difícilmente podrá revertirse. La escritura, al fin y al cabo, refleja lo que la gente dice, y si la gente dice ocupar en lugar de necesitar, los textos escritos terminarán registrándolo.

Si en su entorno el uso de ocupar como necesitar es frecuente, no intente corregir a todos, la lengua no se construye por decreto; lo que sí puede hacer es cuidar su propio estilo y optar por la forma que le parezca más clara y adecuada. Solamente evite confusiones, no diga que ocupa un lugar si lo que quiere expresar es que lo necesita. La precisión en el lenguaje es un signo de respeto hacia quien escucha.

El caso que nos ocupa nos recuerda que las palabras son como espejos de la sociedad, reflejan sus cambios, sus hábitos y sus invenciones. Podemos resistirnos o aceptarlos, pero no podemos ignorarlos. Al final, lo importante es que el lenguaje siga cumpliendo su función esencial, que es entendernos unos a otros, aunque las palabras cambien de sentido en el camino.

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