
IA
En los últimos años, pediatras y especialistas en desarrollo infantil han puesto atención en un fenómeno que cada vez aparece con más frecuencia en consulta: niñas y niños muy pequeños con dificultades para desarrollar el lenguaje, en un contexto donde las pantallas se han vuelto parte de la rutina diaria desde edades muy tempranas.
No se trata de decir que una tableta o un celular, por sí solos, “causan” que un niño tarde más en hablar. El punto es otro: cuando las pantallas ocupan demasiado espacio en la vida diaria, muchas veces desplazan actividades que sí son fundamentales para el desarrollo del lenguaje, como hablar con los padres, jugar, escuchar cuentos, mirar rostros y convivir.
El lenguaje no se aprende solo oyendo sonidos
Durante los primeros años de vida, el cerebro infantil no aprende a comunicarse de manera automática solo por escuchar voces, canciones o videos. El lenguaje se construye a partir de la interacción directa: contacto visual, respuestas, gestos, palabras repetidas, juegos, lectura en voz alta y esa dinámica cotidiana en la que un adulto le habla al niño y el niño intenta responder.
Ahí está una de las principales preocupaciones. Cuando un bebé o un niño pequeño pasa demasiado tiempo frente al celular, la televisión o la tableta, no solo está mirando una pantalla: también está perdiendo oportunidades de escuchar y practicar el “ida y vuelta” de una conversación, que es clave para aprender a hablar.
Lo que recomiendan los especialistas
Las recomendaciones de especialistas van en la misma línea. En los primeros años de vida, el tiempo frente a pantallas debe ser muy limitado, y en su lugar conviene privilegiar actividades como la lectura, los cuentos, el juego y la convivencia con los padres o cuidadores.
Para los expertos, el énfasis no está solo en contar minutos, sino en cuidar que el uso de pantallas no sustituya el sueño, el juego, la convivencia y la comunicación con la familia.
No es demonizar la tecnología
Hablar de este tema no significa declarar a la tecnología como enemiga. El problema no es únicamente el dispositivo, sino el uso excesivo, la falta de acompañamiento y el momento del desarrollo en que se introduce. En la primera infancia, el cerebro necesita experiencias reales: escuchar una voz cercana, imitar sonidos, señalar objetos, recibir respuestas, cantar, jugar y construir vínculo.
Por eso, más que pensar en las pantallas como “malas” por sí mismas, lo importante es entender qué le están quitando al niño cuando ocupan demasiadas horas del día. Si desplazan la conversación, la lectura, el juego libre y la convivencia, entonces sí pueden convertirse en un factor que complique el desarrollo del lenguaje y otras habilidades.
La clave sigue siendo la interacción humana
En una etapa en la que cada palabra nueva cuenta, lo más valioso sigue siendo también lo más simple: hablar con los hijos, responderles, leerles, cantarles, jugar con ellos y compartir tiempo de verdad. El desarrollo del lenguaje no depende solo de escuchar, sino de interactuar.
Por eso, la recomendación de los especialistas es clara: en los primeros años de vida, las pantallas deben ocupar un lugar secundario. La conversación, el juego y el vínculo familiar tendrían que seguir siendo los protagonistas.