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Pelé, Hugo, Raúl, Aguirre, y la necesidad de festejar…

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Pelé, Hugo, Raúl, Aguirre, y la necesidad de festejar…

Pelé, Hugo, Raúl, Aguirre, y la necesidad de festejar…

JUAN PABLO BECERRA-ACOSTA M.

Diría el gran Hugo Sánchez que les temblaron las piernitas a varios jugadores del Tri el jueves pasado en el Estadio Azteca. Y sí, así ocurrió. Javier Aguirre, el entrenador de México, lo explicó a su manera durante una entrevista realizada al finalizar el encuentro contra Sudáfrica: "Tenía jugadores acalambrados. Les pesó el escenario. Es un escenario brutal. Eso te hace que las patitas se te sacudan un poquito", comentó. Y cómo no, el momento era estupendo, no tanto por el inmueble que sí es muy imponente y podría causarle agorafobia a alguien, sino por la energía tremenda de más de 80 mil personas esperanzadas entonando el Himno Nacional; por la vibra y los beats de decenas de miles que coreaban el estremecedor "¡Mé-xi-co, Mé-xi-co, Mé-xi-co!", ese mantra que le enchinaba la piel a cualquiera, hacía llorar a otros, y a unos más les cerraba la garganta, tal como lo confesaba al aire el mejor cronista televisivo mexicano, Christian Martinoli.

Calambres. Emociones acalambradas. Estábamos hipersensibles, emocionadísimos, embebidos del presente pero barnizada el alma por tantos recuerdos futboleros que evocaban la infancia, la adolescencia y a los que ya no están: el talentoso delantero Raúl Jiménez recordaba no sólo que es un insólito sobreviviente de un golpe brutal, sino que en marzo acababa de perder a su padre, así que luego de anotar el primer gol del Mundial miraba al cielo y lloraba para dedicárselo a su viejo que ya no vio su gesta.

Cómo lloramos, cómo gritamos por dos golecitos ante un pésimo rival al que le debimos meter cuatro (Aguirre dixit al abordar la displicencia de sus jugadores en largos momentos del partido). ¿Por qué tantas emociones desbordadas? Luego encontré la respuesta ante 130 mil personas aglomeradas en el Ángel de la Independencia: yo, como cientos de miles más que salieron a las calles de Ciudad de México y otras urbes, tenemos una enorme necesidad vital de festejar, de alegrarnos colectivamente hasta el olvido de las penas, de los miedos, de las incertidumbres, de los odios, de las diferencias, de la miserable política y los despiadados criminales. Necesitamos reír juntos, abrazarnos, bromear, llorar, hablar, decir, nombrar tantas cosas que sentimos y que necesitamos expiar para consolarnos juntos.

Pero no, para mí esta locura no empezó aquí, esto se inició un domingo muy lejano hace 56 años, el 31 de mayo de 1970 en el Estadio Azteca...

*****

El entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz tuvo la osadía de presentarse en el estadio. Válgame, menos de dos años después de la matanza de Tlatelolco. Qué insolencia. Desde el llamado Palco de Honor procedió a la declaratoria inaugural y se llevó tremenda silbatina y sonoros abucheos. Yo estaba por cumplir siete años y realmente no entendí de inmediato qué sucedía: ¿estaban molestando a los jugadores de la URSS, rival de México? Buuuu, le entré al juego y reí. Volteé a ver a mi padre, sentado en la butaca de atrás, en busca de su aprobación. Me miró enigmáticamente, con una sonrisita. Se acercó y me preguntó: "¿Sabes a quién le chiflan?". "¿Al equipo de las letras que juega contra México?". "No, al Presidente de México".

A medio tiempo Manuel me explicó, aunque la verdad eso no fue lo importante para mí en ese momento, sino lo que descubrí días después en la cancha: a Pelé. Ese impresionante hombre negro que volaba por los aires y que gambeteaba y chutaba como nadie: ahí estaban frente a mí Pelé y la magia del jogo bonito que me maravillaron para siempre cuando unos días después regresé al Azteca y vi lo que Brasil hizo de Italia (4-1) para ser campeón del Mundo: arte. Sí, una estética inaudita alrededor de una pelota tocada una y otra vez con inteligencia prodigiosa. Los mexicanos festejaban como si México fuera el campeón, yo también, y ahí entendí lo que era la pasión por un balón, esa locura colectiva que no me abandonará jamás y que de cuando en cuando, como a millones de mexicanos, me hace soñar, reír, y luego llorar.

Suerte, México, mucha suerte, que nuestra patria necesita gozar…

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Escrito en: OPINIÓN EDITORIALES jugadores, después, sino, locura

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