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Petróleo y pragmatismo

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JESÚS MENA VÁZQUEZ

Apenas la semana pasada comentaba en estas páginas que el 2026 sería un año en que los cambios que se habían iniciado en los años previos muy probablemente se consolidarían. En el caso de la Presidencia de Donald Trump comenté que había cambiado los paradigmas de la geopolítica y del comercio internacional y que faltaba la mayor parte de su mandato, lo que significaba, también, que faltaba mucho por ver respecto a las decisiones que tomaría en los tres años que faltan a su Presidencia.

La incursión de las fuerzas especiales del ejercito de los Estados Unidos en Caracas para detener y posteriormente enjuiciar en Estados Unidos a Nicolás Maduro, el dictador que gobernaba Venezuela desde hace años y, que ayudado por instituciones del régimen, orquestó el fraude electoral en la elección presidencial del año pasado en ese país, da muestra de la capacidad del ejército norteamericano para llevar a cabo operaciones especiales con un alto grado de dificultad en otros países, pero también ofrece evidencia del pragmatismo del Presidente Norteamericano.

El pasado fin de semana vimos lo que es, hasta ahora, la mayor apuesta del Presidente Trump: controlar el petróleo de Venezuela. El Presidente estadounidense dejó atrás lo políticamente correcto y mostró que el interés de los Estados Unidos bajo su presidencia es puramente transaccional y de corto plazo, por no decir inmediato, sin ningún componente ideológico: el interés de los Estados Unidos con esta intervención militar es controlar el petróleo de Venezuela, que tiene las reservas probadas más grandes del mundo, incluso por arriba de Arabia Saudita.

El tema de la democracia, según se desprende de las primeras entrevistas que dio el Presidente Trump después de la detención de Maduro, no es una prioridad para él o su gobierno, mientras se otorgue a empresas estadounidenses contratos para renovar la infraestructura petrolera de Venezuela y, seguramente, después vendrán otros contratos en los que estas compañías asegurarán una participación importante en las ganancias que se obtengan del petróleo venezolano.

Lo que se entiende, por ahora, de las declaraciones del Presidente Trump es que no importa quién garantice esas condiciones, si lo hace la misma camarilla de socialistas de línea dura que han empobrecido al pueblo venezolano y que cooptaron sus instituciones hasta volverse una dictadura, o si lo hace un gobierno elegido por el pueblo venezolano. Sin duda, esto puede funcionar en el corto plazo para el gobierno y para las empresas estadounidenses, pero no ofrece mejores perspectivas a los millones de venezolanos que se han exiliado o para los jóvenes de ese país.

La decisión de negociar con la misma camarilla del dictador no es la mejor señal para los venezolanos de que las condiciones en su país van a mejorar en el corto o mediano plazo.

Al parecer, por ahora es más fácil para el gobierno de Estados Unidos negociar con la élite de la dictadura que dejó Maduro que renovar las instituciones democráticas del país y eventualmente dejar que los venezolanos reconstruyan las instituciones de su país.

Lamentablemente, rehacer todo el entramado institucional que destruyó la dictadura venezolana es una tarea de décadas, y, al parecer, Estados Unidos no tiene tiempo para eso.

La detención de Maduro y la incursión militar de los Estados Unidos en Venezuela tendrán una reacción en cadena que por ahora es muy difícil predecir. En primer lugar, al aumentar la producción mundial de petróleo en alrededor de un millón de barriles diarios que probablemente extraiga Venezuela en un corto tiempo (dos o tres años, tal vez) el precio del petróleo necesariamente tenderá a la baja, aunque no ahora no es posible predecir con exactitud el rango en que probablemente se encuentre el barril de petróleo en ese tiempo, lo que si asegura Trump es mantener el precio de la gasolina lo suficientemente bajo en los Estados Unidos para evitar el enojo de los votantes estadounidenses por el precio de los combustibles y su posible impacto en la inflación durante la temporada de campañas y la siguiente elección presidencial en los Estados Unidos.

Otra consecuencia es que el suministro de petróleo por parte de Venezuela a Cuba terminará, lo que eventualmente asfixiará aún más a la dictadura cubana, que dependerá cada vez más de los países que le regalan petróleo o se lo proveen en condiciones preferenciales, particularmente México, que durante los siete años de este régimen ha regalado cientos de millones de dólares en petróleo que al final, han financiado a la dictadura cubana.

La intervención militar norteamericana en Venezuela, puramente transaccional y sin ningún componente ideológico como pudiera ser la reconstrucción de las instituciones democráticas de ese país, no impulsará, lamentablemente, una mejora en las condiciones de vida de los venezolanos, que vivirán en un mundo, por decirlo de alguna manera, bizarro: seguirán viviendo en una dictadura de izquierda, con una élite socialista - comunista de línea dura que gobernará el país sin ningún incentivo para avanzar en la reconstrucción democrática de las instituciones del país y que estará protegida por el poderío militar de los Estados Unidos mientras sigan la línea que les dictan desde Washington.

Al mismo tiempo, esa élite gobernante, que durante décadas armó una red de corrupción basada en el dinero proveniente de la venta de petróleo en el mercado negro, probablemente va a obtener más beneficios de los que tenía hasta ahora ya que en poco tiempo va a aumentar en un 100% la producción de petróleo y con esto la renta petrolera que es la principal fuente de ingresos de Venezuela, aún considerando que las empresas norteamericanas se lleven la mayor tajada de los ingresos que genere el petróleo de ese país.

X: @jesusmenav

Escrito en: EDITORIALES vida pública petróleo, Estados, Unidos, instituciones

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