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¿Quién cree en las encuestas?

Pulso Electoral.

¿Quién cree en las encuestas?

¿Quién cree en las encuestas?

OMAR ORTEGA SORIA

Si la política es una batalla de percepciones, las encuestas son sus armas favoritas; en Durango, como en el resto de México, no pasa una semana sin que circule un nuevo estudio de opinión en grupos de WhatsApp o redes sociales, colocando a uno u otro actor en la cima de las preferencias. Pero ante tal saturación, surge la pregunta obligada: ¿Quién cree realmente en las encuestas? Para entender su falta de credibilidad, hay que mirar atrás. Originalmente, el sondeo demoscópico nació como una herramienta científica, una radiografía social diseñada para medir lo que la gente decía. Sin embargo, pasaron rápidamente de ser instrumentos de diagnóstico a vehículos de propaganda, sumándose la práctica de maquillar cifras para favorecer al cliente, creando una desconfianza que es difícil de eliminar.

No obstante, sería injusto meter a todas las casas encuestadoras en el mismo saco. En los últimos años, el sector ha vivido una profesionalización acelerada. Hoy existen firmas serias que invierten en metodología, tecnología y talento humano para reducir el margen de error. A esto se suma la regulación: quien quiera publicar una encuesta sobre preferencias electorales debe entregar su metodología, base de datos y financiamiento. Aunque la regulación es perfectible, ha servido para filtrar a muchos improvisados. Este fenómeno cobra especial relevancia conforme nos acercamos al 2027. Aunque parece lejano, la carrera por las diputaciones ya comenzó, y las encuestas se han puesto de moda como el primer filtro de supervivencia política. Los aspirantes las usan no solo para convencer al electorado, sino para enviar mensajes a las cúpulas de sus propios partidos para demostrar que son los más competitivos o los más conocidos. Además, hemos visto una evolución en su uso. Ya no solo se mide la intención de voto; ahora es común ver rankings mensuales de aprobación de gobernadores y alcaldes. Estas evaluaciones se han convertido en una boleta de calificaciones permanente que obliga a los gobernantes a cuidar su imagen día a día, y no solo en campaña. Ante esta realidad, ¿cómo podemos navegar en este mar de números sin caer en la mentira? El ciudadano debe convertirse en un consumidor crítico de información. Para saber qué tan cierta es una encuesta, hay que ir más allá de la gráfica de barras y revisar la trayectoria de quien la publica. ¿La casa encuestadora acertó en elecciones pasadas o siempre da ganador al que le paga?

Por supuesto, hay que revisar la ficha metodológica: ¿Fue telefónica, en vivienda o por Facebook? Por ejemplo, las de redes sociales suelen carecer de rigor científico. ¿Cuál es el tamaño de la muestra? Mil casos suele ser un estándar aceptable para una elección estatal. Y lo más importante: ¿quién la pagó y quién la publica? Una encuesta seria siempre tiene un responsable visible. Las encuestas no son bolas de cristal para predecir el futuro; son fotografías de un momento bajo una luz específica. Creer ciegamente en ellas es un error, pero ignorarlas por completo también. En la ruta al 2027, ganará quien sepa leer la realidad, no quien pague por aparecer.

X @omarortegasoria

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