
Rey Carlos III, lecciones de su visita a EU
En tiempos de tensiones geopolíticas, elecciones polarizadas y debates sobre soberanía, la reciente visita del rey Carlos III a Washington ofrece una lección valiosa para México. No se trata de copiar modelos (México no es el Reino Unido, ni una monarquía), sino de entender cómo se construyen relaciones duraderas entre países que, en algún momento, fueron rivales y hoy son aliados estratégicos.
La llamada "relación especial" entre Estados Unidos y el Reino Unido no nació de la afinidad automática. Nació del conflicto. De la guerra de independencia estadounidense, de tensiones imperiales, de desacuerdos profundos. Y, sin embargo, con el paso del tiempo, esa historia no se convirtió en un obstáculo, sino en un activo. Se transformó en narrativa compartida: la historia de cómo dos países puede superar el pasado y construir una alianza basada en intereses, valores y confianza mutua.
Para México, esta es la primera lección. Nuestra historia con EU está marcada por episodios difíciles (la guerra de 1847, intervenciones, tensiones políticas), pero esa historia no tiene por qué ser un lastre permanente. Puede, si se maneja adecuadamente, convertirse en parte de un relato de superación y cooperación. La relación bilateral más importante para México no puede estar anclada únicamente en agravios; necesita también un lenguaje de construcción.
La segunda lección tiene que ver con el tono. Durante su visita, Carlos III no se limitó a temas de política exterior. Habló de fraternidad, de valores compartidos, de una comunidad de destino entre dos pueblos. Utilizó el humor, la cercanía y el simbolismo para reforzar la idea de que la relación trasciende a los gobiernos de turno.
En el caso de México y Estados Unidos, existe también una base profunda: millones de familias binacionales, una integración económica sin precedentes, una frontera que es espacio de intercambio cotidiano y no sólo de división. ¡Y los mexicanos son muy orgullosos de su sentido de humor!
Sin embargo, ese vínculo humano rara vez es el centro del discurso político.
La tercera lección, y quizás la más importante, es institucional. El momento más significativo de la visita de Carlos III no fue una reunión en la Casa Blanca, sino su discurso ante el Congreso de EU.
Los presidentes van y vienen. Las administraciones cambian con rapidez. Pero el Congreso permanece. Reino Unido lo entiende perfectamente. Su estrategia hacia EU no se limita al Ejecutivo; incluye un trabajo constante, paciente y sofisticado con el Legislativo. El mensaje del rey ante el Congreso fue, en esencia, una inversión en el largo plazo. Si algo nos enseña la visita de Carlos III es que la relación con EU no se puede gestionar sólo desde la coyuntura. Requiere visión de largo plazo, inversión política sostenida y una narrativa que vaya más allá de la defensa reactiva de la soberanía.
México, en cambio, ha subestimado históricamente la importancia del Congreso estadounidense. Nuestra diplomacia ha estado excesivamente concentrada en la Casa Blanca.
También implica algo más profundo: la capacidad de contar una historia diferente sobre la relación bilateral, que reconozca los problemas, pero que también destaque las oportunidades compartidas y la idea de que los dos países, lejos de ser adversarios inevitables, son socios indispensables en un mundo cada vez más complejo.
La diplomacia moderna no es sólo negociación; es narrativa, simbolismo e instituciones. El Reino Unido lo ha demostrado con claridad. México haría bien en tomar nota.