
Riendas firmes y sueltas
El afán presidencial por tomar las riendas del poder es evidente y reconocible, el problema es que jala una y afloja otra perdiendo el rumbo, sin conseguir la marcha acompasada, continua y coordinada del gobierno y el partido.
Si la presidenta de la República y dirigente con licencia de Morena no logra equilibrar y conducir esa situación, más temprano que tarde se topará con un cuadro aún más complejo que el prevaleciente. Tiene que correr sin tropezarse con pies de plomo. Menuda hazaña.
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La presión interna y externa a las cuales está sujeta la jefa del gobierno y el partido explican un tanto la compleja circunstancia.
Como es lógico, Claudia Sheibaum Pardo quiere asegurar, incluso, acrecentar el poder, al tiempo de ejercerlo y administrarlo. Sin embargo, en la intención --por no decir, desesperación-- por dominar y concretar ambas aspiraciones, está poniendo en duda su autoridad, mando y credibilidad. La doble función de presidenta y dirigente, una manifiesta y otra disfrazada, está enviando señales encontradas.
Se acude a España a defender la democracia, mientras aquí se socava, haciendo del árbitro electoral un entusiasta silbante a favor de Morena y agregando, con ello, un eslabón a la cadena de acciones que han restado contrapesos al Ejecutivo y desfigurado el equilibrio entre los poderes de la Unión. La toma del control del partido viene en menoscabo del gobierno. Los relevos en posiciones claves de la administración --unidad de inteligencia financiera, sistema de administración tributaria, fiscalía, aduanas y cancillería, como ayer reseñó Salvador Camarena-- apuntan en la dirección de fortalecer el combate al crimen y dar satisfacción al megalómano del norte, pero no de transitar de la transición a la consolidación del gobierno.
Desde esa perspectiva, pareciera que lo importante es asegurar y acrecentar el poder a través del partido en las elecciones del año entrante, a costa del gobierno que encara enormes y peligrosos desafíos en la coyuntura. Por si algo faltara, en la obsesión por ocupar la escena, acaparar cámaras y micrófonos e intentar fijar la agenda del debate, la mandataria tiene reacciones de botepronto que, al final, resultan ser un bumerán.
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La interrogante del momento es cuál es la prioridad presidencial: ¿consolidar el gobierno o asegurar el partido? Si son ambas, ambición comprensible, la pregunta entonces es si se está en condición de hacerlo y, no menos relevante, si se cuenta con los operadores suficientes y adecuados para ello.
Desde hace semanas era manifiesta la necesidad de operar cambios en el gobierno para darle eficacia y, vaya, que se realizaron. Sin embargo, fueron para asegurar al partido, no para consolidar al gobierno. La excepción fue la cancillería, donde sin dejar de lamentar sus dolencias, el desempeño de Juan Ramón de la Fuente quedo por debajo de la expectativa. Razón por la cual la llegada de Roberto Velasco al frente de esa secretaría, resultó tan natural como oportuna. Hecha esa salvedad y, al margen de la curiosa e increíble narrativa oficialista empeñada en marcar distancia entre gobierno y partido, los relevos fueron para asegurar a Morena, atemperar los jaloneos por las candidaturas, y reparar los errores cometidos con los aliados que Morena escogió como socios.
Desplazar a Citlalli Hernández de la secretaría de las Mujeres que, en principio, sería emblema de la administración, debido a su eficacia negociadora en tareas partidistas, asombra. Más si, en efecto, al relevo de Luisa María Calderón en el partido irá otra secretaria de Estado, la del Bienestar, Ariadna Montiel, cuyas cartas credenciales para dirigir a Morena son desconocidas. Tal parece que Hernández iría en apoyo de Montiel, pero no deja de sorprender el envío de dos secretarias de Estado que cumplían con su función a tareas partidistas.
¿Es a costa de la consolidación del gobierno en medio de la compleja circunstancia, el aseguramiento de Morena? ¿Cabe abrir frentes en el gobierno a fin de controlar la disputa en el partido por las candidaturas electorales del año entrante? La pregunta es fácil de formular, pero no de responder.
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Extra a esa doble y ambiciosa pretensión política, la mandataria insiste en reaccionar de botepronto ante todo cuanto pueda afectar al gobierno y, en la lógica de replicar con rapidez, pero sin datos ni elementos firmes, más de una vez ha patinado.
Ejemplos de esos dislates hay varios y, por lo mismo, vale referirse sólo a dos de ellos. La reacción ante el derrame de hidrocarburos provocada por Pemex en el Golfo de México, en la cual la mandataria hizo suyas las versiones paraoficiales sin sustento para luego, sin pedir disculpas, recular, dejar de manifiesto la inoperancia de la cadena de mando en el gobierno y poner en duda su propia credibilidad.
El otro ejemplo. La reacción ante la participación de agentes de la CIA en un operativo antinarcos realizado por el gobierno de Chihuahua. Acusar que se violentaron la soberanía y los términos de la cooperación establecida, obliga a presentar el extrañamiento diplomático no ante la Embajada de Estados Unidos, sino ante el Departamento de Estado, como también a proceder con determinación contra el gobierno de Chihuahua, no a “invitar” a la gobernadora de esa entidad a una reunión de trabajo en el Senado o a conversar el asunto en Palacio. ¿Tras la reacción se va a actuar en consecuencia ante los gobiernos de Estados Unidos y Chihuahua?
De no acompañarse de las debidas consecuencias, esas reacciones acabarán por vulnerar la autoridad, el mando y la credibilidad de la jefa del Ejecutivo.
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Asir las riendas del gobierno y el partido, al tiempo de reaccionar de botepronto no es nada sencillo. Ojalá, al menos, eso este claro.
@SobreavisoO
Si bien es comprensible el afán de tomar las riendas del gobierno y el partido, la mandataria debe estar clara que ejercer y acrecentar el poder exige de una gran destreza.