
Sin dejar de mirar la vida
Sin dejar de mirar la vida en la calle, acompañada de mi café negro y los guisos que humean en las mesas vecinas, lentamente me pongo a revisar lo que he venido guardando. De mi bolso café cajeta, saco papeles, los leo y los destruyo, otros los doblo y acomodo en la cartera y sigo mirando por la vidriera, sigo recordando por las etapas que he pasado y siento que mi cara se contrae como si estuviera mirando la película de mi vida. Saco mi tarjeta de crédito, la veo y la pongo sobre la mesa.
Los documentos destruidos los comprimo y envuelvo en una servilleta de papel. Saco varios billetes, los cuento dos veces, los doblo y guardo junto con la tarjeta. Bostezo de cansancio y de recuerdos que me atosigan, sigo sin dejar de mirar a la gente y los autos que pasan.
No estoy tranquila, algo desconocido me preocupa y aflige. Cómo le habrá ido a mi gente. Las noticias son preocupantes, la migra no respeta las visas, entra a las casas, inspecciona los lugares de trabajo, pero gracias a Dios aquí me siento como en la cocina de mi casa, donde nadie me ve, ni me juzga, ni critica lo que hago. Aaagguumm, ya me está dando sueño.
Parezco burro rebuznando. La mesera recoge los platos. Sigo mirando a la calle. Nadie se fija en mí, cada quien está en lo suyo. La pareja de enamorados de la otra mesa ríen, platican, se besan y se miran con la alegría de ojos ardiendo de amor, con apacible ternura acarician sus manos, se acercan y se besan largamente.
Me acuerdo de mí lejano noviazgo. La mayoría de los comensales presta más atención a la pantalla de los celulares que a la plática de sus acompañantes. Están idos en los chismes silenciosos. La música apenas se escucha. Los niños de la otra mesa le piden a la mamá les muestre la foto que les tomó en la reunión donde estuvieron.
Mientras el papá enloquecido envía mensajes como si fuera lo último que pudiera hacer en la vida.
Aquí no pasa el tiempo, sigo mirando a la calle y al mirar la calle recuerdo mi vida. Cuando me casé. Cuando quedé viuda y los hijos me llevaron pa’l otro lado, unos ya tenía papeles otros no. Cómo sufrí con el inglés. Nunca lo aprendí. Solo sabía pronunciar cofi. ¿Do you like something to drink? Entonces mijo me hacía señas con la cabeza que sí, y yo pronunciaba cofi. Llega la mesera y me entrega la nota. También llega mi nieta, se sienta. Ella es una joven señora de vientre abultado y mejillas cachetonas, toma el bolso de la mesa y se lo cuelga del brazo.
¿Ya nos vamos abue? ¿O quiere pedir otra cosa? Acuérdese que le va a llamar Hilario a las ocho. A ver que le platica de cómo andan las cosas por allá, ¡No, Ya no quiero nada! Quedé bien con la milanesa y las papitas. Vámonos porque me preocupa ese pendiente. ¡Ándele pues! Me levanto con algún esfuerzo, mi nieta me toma del brazo y con paso lento salimos a seguir navegando con estos pesares de la vida. Nos perdemos entre los caminantes de la calle y la manifestación con letreros que pasa gritando consignas en contra de los políticos que aprobaron el gasolinazo. ¿Mi’ja, qué horas son ahorita? Son las seis y ya se siente el frío.
Volteo hacia atrás y veo que afuera del restorán la marimba sigue tocando esa canción, que resuena en mis oídos, y que un trío me cantó en mi luna de miel junto a la playa: como un rayito de luna, entre la selva dormida así la luz de tus ojos ha iluminado mi pobre vida. Tú diste luz al sendero en mi noche sin fortuna.