
¿Trump es amigo de los venezolanos, o no tanto?
La visita de cuatro minutos del presidente Donald Trump al restaurante venezolano El Arepazo en Miami fue un éxito televisivo, con muchas sonrisas y aplausos de entusiastas seguidores. Pero será recordada como un ejemplo de hipocresía política a menos que Trump frene la deportación masiva de más de 717,000 venezolanos.
El presidente visitó el restaurante el 9 de marzo, saludando a sus seguidores y a los funcionarios municipales que habían esperado horas para verlo. Muchos vestían uniformes del Partido Republicano y lo felicitaron por sus recientes intervenciones militares en Venezuela e Irán.
La ironía, sin embargo, fue que la mayoría de los presentes no eran venezolanos, sino cubanoamericanos. Tal como informó The Miami Herald, "los venezolanos eran una proporción notablemente menor de la multitud".
No es de sorprender que no hubiera más venezolanos allí, a pesar de que la visita tuvo lugar en el corazón de la comunidad venezolana en la Florida: cientos de miles de inmigrantes venezolanos están viviendo con el temor constante de ser deportados por las políticas inmigratorias de Trump.
Trump les ha rescindido el Estatus de Protección Temporal (TPS), frenado sus solicitudes de asilo político y los ha despojado de permisos de trabajo, como lo ha hecho con inmigrantes de varios otros países que huyeron de dictaduras brutales o desastres naturales.
Según Human Rights First, un grupo de derechos humanos que rastrea diariamente los vuelos de deportación del ICE, al menos 717,000 inmigrantes venezolanos están amenazados con ser deportados bajo las nuevas normas de Trump. Esto incluye a 600,000 que tenían el estatus TPS, ahora revocado, y a 117,000 que llegaron bajo el programa de libertad condicional humanitaria de la administración del ex presidente Joe Biden.
Enrique Roig, exfuncionario del Departamento de Estado y actual vicepresidente de HRF, me dijo que ICE está enviando por lo menos ocho vuelos mensuales con deportados de regreso a Venezuela.
"Están siendo deportados a un país que no es una democracia", me dijo Roig. "Es el mismo régimen represivo que existía bajo Nicolás Maduro. No ha cambiado nada".
Aunque Trump elogia constantemente a la presidenta encargada de Venezuela, Delcy Rodríguez -la exvicepresidenta de Maduro-, Venezuela sigue siendo una dictadura. Es menos hostil a Washington y está más dispuesta a exportar su petróleo, pero no ha anunciado elecciones libres, ni libertad de expresión ni un cronograma para una apertura política.
El gobierno interino de Rodríguez aprobó una ley de amnistía y liberó a 670 presos políticos, pero todavía siguen detrás de rejas más de 500 otros, según la agrupación de derechos humanos venezolana Foro Penal. Otros 11,000 venezolanos han sido sometidos a restricciones arbitrarias de sus libertades, señala el grupo.
El gobierno de Trump ha afirmado que muchos de los venezolanos que pretende deportar son "extranjeros delincuentes" pertenecientes a la pandilla Tren de Aragua.
Sin embargo, el Departamento de Seguridad Nacional había identificado en 2024 a solo 600 personas en Estados Unidos que podrían tener vínculos con el Tren de Aragua, de las cuales solo 100 eran miembros confirmados, según un informe de NBC News.
Esto significa que menos del 1% de los inmigrantes venezolanos amenazados con ser expulsados de Estados Unidos tienen vínculos con esa pandilla. La gran mayoría de los inmigrantes venezolanos son gente trabajadora y honesta.
Irónicamente, el dueño de El Arepazo, el inmigrante venezolano Alexis Mogollón, le comentó a mi colega Jorge Ramos a finales del año pasado que su restaurante estaba en dificultades por las redadas migratorias de Trump. Las ventas en Arepazo habían caído un 68.3%, señaló.
Activistas de derechos humanos me dicen que lo mínimo que podría hacer Trump para proteger a los inmigrantes venezolanos de la dictadura de Rodríguez es otorgarles la Salida Forzosa Diferida (DED), una suspensión temporal y discrecional de las deportaciones por dos años que el presidente puede otorgar a migrantes de países en conflicto.
A menos que Trump dé un giro radical a sus actuales deportaciones masivas y otorgue esa protección -por lo menos hasta cuando haya una apertura política en Venezuela-, su visita a El Arepazo será recordada como puro teatro político en medio de una deportación masiva cruel y sin sentido.