
Un lagunero en la revolución cubana: el Güero Zelaya
Alonso Guillén Zelaya fue el único mexicano, nacido en Torreón, que zarpó de Tuxpan a bordo del Granma para hacer la revolución en Cuba. -En la noche viento y lluvia se confabularon para detener el inicio de una revolución -describe el historiador cubano Heberto Norman. -Aunado a esto, las autoridades del puerto veracruzano disponían la prohibición en el sentido de que no saliera ningún barco. Pero el Granma partió en sigilo y se enfrentó al destino del viento y la marea. Era la madrugada del 25 de noviembre de 1956.
-Ochenta y dos hombres en torno a su joven líder, Fidel Castro, iniciaban la revolución cubana. Entre ellos un mexicano, nacido en Torreón, Coahuila, de diecinueve años de edad (veinte cumplidos en agosto reciente), el más joven de los revolucionarios del Granma: Alfonso Guillén Zelaya.
Alfonso vino a nacer en una casa de campaña, a la orilla de Torreón, por las vías del ferrocarril y los algodonales, en el año ‘36.
Descendía de una familia de hondureños revolucionarios exiliada en México, organizadora de movimientos sociales de fuerte impacto en Centroamérica, de donde llegaban las ondas expansivas.
Su padre, Lorenzo Zelaya Romero, casado con Leslie Alger Paz, libertario obligado a dejar el terruño por la dictadura de Tiburcio Carias Andino, encontró trabajo como ingeniero en obras públicas del gobierno de Lázaro Cárdenas.
“Mi padre hizo diferentes tareas como empleado del Ferrocarril de México y tenía que trabajar mucho. Por eso Alfonso nació en un campamento”, narró Lorenzo, su hermano mayor nacido en Honduras.
Por tal, Alfonso nació en un campamento obrero el 19 de agosto de 1936, tiempo imperioso del reparto agrario en La Laguna.
Todavía le tocó a la familia Zelaya Alger ver de cerca la contrarreforma agraria del presidente Manuel Ávila Camacho, a punto de la Segunda Guerra Mundial, cuando un nuevo traslado en el trabajo de Lorenzo, el padre, los condujo a Ciudad Juárez, Chihuahua, adonde llegó Alfonso a la edad de 10 años, para terminar la primaria en lo que era entonces un lejano poblado fronterizo llamado Zaragoza.
Entró a la Secundaria del Parque -Federal 10-, donde le apodaban “El Güero Zelaya” por su pelo castaño, bueno para las novias y los escarceos en el Parque Borunda -cuenta el periodista Antonio Pinedo, de Chihuahua.
Entre novias y bromas a los profesores, Alfonso ingresó a la Juventud Socialista Mexicana a los 14 años de edad, tiempo en que salió a las calles de Ciudad Juárez a manifestarse en repudio al dictador de la isla de Cuba, Fulgencio Batista.
Se fue en 1954 al Distrito Federal para continuar sus estudios en la Voca 2 del Poli.
Residió en la casa de Tokio número 35, casi esquina con Sevilla, con su tía materna Isabel Alger, Chabelita, agregada cultural de Honduras.
Frecuentaban la casa exiliados latinoamericanos.
En diciembre de 1954 -precisa el periodista Pinedo-, visitó la casa el joven médico argentino Ernesto Guevara de la Serna -llamado después el Che-, ocasión en que se conocieron.
“El Güero” se relacionó con la problemática cubana a través del doctor Enrique C. Henríquez, ex representante al congreso cubano y cuñado de Carlos Prío Socarrás, exiliado en la capital mexicana.
Fue el 9 de octubre de 1955, cuando Zelaya paseando con amigos en el Bosque de Chapultepec, conoció a Fidel Castro. Andaba por ahí Ernesto Guevara, ganándose la vida tomando fotos.
Un grupo de personas arremolinado en torno al monumento a José Martí, escuchaba el verbo encendido de Fidel, cuyas palabras finales dejaron a Alfonso hondamente impresionado.
El doctor Henríquez lo había puesto en contacto también con María Eugenia López, quien al escuchar su deseo de colaborar con los cubanos en la aventura que se avecinaba, lo presentó al exiliado cubano Héctor Aldama, militante del Movimiento 26 de Julio.
En abril del 56, Zelaya visitó a Aldama, insistió en colaborar con el movimiento en México; y comenzó el vértigo. Héctor lo cita para la mañana siguiente.
A la mañana siguiente viaja con Fidel y otros cubanos al campo de tiro Los Gamitos. Es un grato viaje. La primavera luce espléndida, al igual que el ánimo de los inquietos y jóvenes revolucionarios. Realizan prácticas de tiro ahí.
-Fijate que Fidel tenía un tiro extraordinario -narró Guillén Zelaya al periodista Pinedo. “Ahí lo vi disparar, pusieron siete botellas, y una por una las fue tirando. Luego me tocó a mí el turno. Yo nunca había disparado con pistola calibre 45, sólo con 38, que era la reglamentaria. Y fallé la segunda botella, pero todas las siguientes cayeron”.
La evaluación a Guillén fue: Buen tirador, excelente resistencia física, muy disciplinado, algunas planchas y pasos dobles por sonrisas, magnífico combatiente de primera línea y apto para mandar, reacciona rápido ante cualquier situación.
Así lo registró la historiadora cubana María Matamoros, en la nota luctuosa aparecida en la columna “Le contesta Bohemia” de abril de 1994.
Después del primer día de prácticas lo citaron para el día siguiente.
Acudió al departamento de Amparán 49-C, donde residía María Antonia González.
Conoce ahí a Raúl Castro. Conversan. Es lógico suponer -dice Antonio Pinedo- que el hermano de Fidel sondea al joven mexicano de sólo 19 años que un día antes había demostrado lo que aprendió en el Pentatlón Deportivo Militarizado de Ciudad Juárez.
Raúl se convence y le informa los objetivos del movimiento y los planes de insurrección, lo instruye para que vaya por sus pertenencias a la casa de su tía y se instale en la casa campamento de Insurgentes número 5.
-Recuerdo que Raúl me preguntó si había pedido permiso en mi casa -menciona Guillén Zelaya-, pues de acuerdo a aquel año, la mayoría de edad eran los 21 y yo tenía 19 años; pero le dije: ¿Desde cuándo hay que pedir permiso para hacer la revolución?
Esa noche no hay insomnio. El joven recoge sus cosas y decidido se instala en la casa donde conoce al resto de los com- batientes en las actividades de preparación.
@kardenche