
¡Viva Venezuela libre!
Hoy, el corazón de América Latina late con una fuerza que hace temblar los cimientos de la tiranía. Las noticias, verificadas y replicadas en cada pantalla de cada teléfono, en cada grito de cada plaza, nos traen una imagen que parecía imposible "el fin de la pesadilla".
La confirmación de que el dictador Nicolás Maduro, junto a su esposa, se encuentra en custodia en las oficinas de la DEA, no es solo un hecho jurídico. Es el clímax de una lucha épica por la libertad, una emancipación largamente anhelada por el heroico pueblo venezolano.
La liberación comienza. Y con ella, una catarata de emociones puras, indescriptibles, que hemos atestiguado en las redes sociales. No son suposiciones; son testimonios vivos. Los videos que recorren el mundo muestran a ciudadanos, con lágrimas de júbilo corriendo por sus rostros, derribando estatuas del opresor.
Cada martillazo contra el bronce de la idolatría forzada es un golpe más a los años de cautiverio, de supresión de las libertades más básicas. Los gritos no son de ira, sino de alivio, de una redención colectiva. Es el sonido de un pueblo recuperando su soberanía, su autodeterminación.
Por décadas, Venezuela, la tierra de bolívares y de libertadores, fue sometida a una esclavitud moderna. Bajo un régimen que hablaba de pueblo mientras vaciaba las despensas, que gritaba patria mientras estrangulaba la independencia de los poderes, que prometía futuro mientras forzaba el éxodo de millones.
La libertad de expresión fue mutilada, la libertad de prensa, acallada a fuerza de clausuras y miedo. La autonomía personal se redujo a la lucha diaria por la comida y la medicina. Era una prisión a cielo abierto.
Hoy, las cadenas se rompen. Este momento no es solo de Venezuela; resuena en toda Latinoamérica. Es un mensaje claro para todos los déspotas que creen que el poder es perpetuo; les decimos que la sed de libertad es más fuerte que cualquier aparato represivo. Los pueblos tienen una memoria larga y una paciencia que, cuando se agota, despierta con la fuerza de un huracán.
Lo vemos en las calles de Caracas, Valencia y Maracaibo; es la explosión de una dicha contenida, la celebración de una victoria que pertenece a cada madre que vio partir a sus hijos, a cada estudiante que protestó, a cada profesional que se quedó resistiendo, a cada voz que, desde el anonimato o la valentía, dijo "basta".
Como hermanos latinoamericanos, nuestra solidaridad y nuestra identificación con Venezuela hoy son absolutas. Su lucha ha sido la nuestra. Su dolor lo hemos sentido en carne propia. Y hoy, su alegría nos inunda a todos. Porque la libertad no tiene fronteras. El regocijo venezolano es un rayo de luz que ilumina el continente, recordándonos que la dignidad humana es indomable.
El camino que viene, el de la reconstrucción nacional, será complejo. Detener las heridas de la opresión y construir una verdadera democracia llevará tiempo. Pero hoy es el día crucial.
El día en que se abrió la puerta. Es el día del rescate de una nación. A los venezolanos y venezolanas les decimos "no están solos" La fraternidad continental los abraza. Que esta euforia sagrada, este llanto de felicidad en las plazas, sea la semilla de un futuro donde la libertad plena, vibrante y duradera sea, por fin, su hogar.
¡Viva Venezuela libre!