
Volver a los clásicos
En los primeros ocres dorados de este otoño, la editorial Gredos, que beneficia a toda Hispanoamérica, le ha dado seguimiento a la circulación en nuestro país (ya llegó a Durango) de la colección Grandes Autores de la Literatura, un plan de obras ya consideradas clásicas. Con la entrega del cuarto volumen que viene –las tragedias de Shakespeare– ya va para dos meses este meritorio programa de difusión cultural. Cada quince días se pone a la venta un título, en los pocos puestos de periódicos y revistas que sobreviven.
Es interesante observar esta manera de distribución del llamado canon occidental de las letras en un mundo que migra gradualmente del papel al formato digital y, sobre todo, en una era que se desprende sin remedio de la mejor lectura: la del tesoro literario de todos los tiempos. Que veamos todavía el “Quijote”, “Crimen y Castigo”, los cuentos de Edgar Allan Poe en las horas que corren…parece un sueño o una buena película. Los libros no se rinden, según parece. Algo hay de eso, aunque resulte increíble. Se trata de la “inmensa minoría” –como decía el poeta Juan Ramón Jiménez- la que ha mantenido a flote tal legado, llevando el polen de la creatividad de generación en generación. Bien por esos lectores invencibles.
Vale la pena, por tan grata y provechosa tarea de distribución editorial, referir algún apunte personal a propósito de las obras presentadas al público, con el intento de subrayar dos o tres notas no tan repetidas aquí y allá.
Del famoso hidalgo manchego me he ocupado en varios artículos; sin embargo, pensándolo bien, creo que una de las razones principales por las que lo considero mi segundo libro preferido –después de la “Biblia”, y antes de “La Divina Comedia”, evidentemente- es por su lenguaje. Es como hablar silenciosamente con nuestros mayores. Ya se ha justipreciado la oralidad musical del “Quijote”. Y si me dieran a escoger mi episodio favorito de esta obra –entre tantas maravillas- me ajustaría a decir que es el capítulo 53 de la segunda parte, donde se revela toda la grandeza humana de Sancho Panza, quien, después de ser golpeado y desengañado del juego perverso de burlas al que lo sometieron durante días los ociosos duques y su servidumbre, se levanta con una enorme dignidad, sin insultar a sus agresores, decepcionado, eso sí, y regresa con don Quijote de la Mancha, no sin antes darle un beso en la frente a su rucio. Es un retrato de una humildad extraordinaria.
“Crimen y castigo” muestra que la vida humana se despliega sobre un fondo de tonalidades grises, no en blanco y negro. Nadie es enteramente malo ni bueno. Y los infiernos y las glorias del ser se convierten así en el personaje principal; la novela del interior más profundo representa una aventura que nos revela intensamente. Seguir a Raskólnikov es acompañar la índole del hombre en un mundo en donde ya no hay grandes esperanzas. Pero la existencia quiere continuar siendo. Una vez que empezamos a leer a Dostoievski, no es fácil dejarlo. Su capacidad de persuasión es un fascinante llamado, como nos atrae el mar, un abismo o una serpiente.
¿En dónde comienzan, por cierto, la realidad y la pesadilla fantástica? ¿Van unidas con una cinta transparente, sin que nos demos cuenta? Muchos de los cuentos de Edgar Allan Poe nos proponen esa trascendente experiencia. Trascendente, porque adentrarnos en los laberintos descritos por la prosa deslumbrante del escritor norteamericano, nos transforma. Al cerrar sus páginas… ya no somos los mismos. “Manuscrito hallado en una botella” es uno de los testimonios creativos más impresionantes, y aquí el adjetivo no es gratuito. Esto es la verdadera literatura, me dije después de terminar por primera vez el célebre relato, hace años. Lo he releído lápiz en mano, en la nueva edición que nos ocupa. y debo decir que la narración guarda para mí su escalofrío invariable. El pensamiento y la imaginación se conjugan con un acierto que no deja de asombrarnos. Porque al final no leemos a Poe, él nos lee. La belleza de su escritura, tras el viaje por las oscuridades del alma, es inolvidable. Te marca para siempre. Tenía razón Borges, siempre Borges: los clásicos tienen la virtud de despertar devociones (lo refiero de memoria).
Enhorabuena, en fin, por la dicha duradera de estos milagros del talento… o la genialidad. Ya luego me ocuparé con mayor espacio de William Shakespeare.