Editoriales
RENÉ DELGADO
sáb 24 ago 2019, 7:40am 2 de 7

Atonía política



Sobreaviso

Inquieta la contracción económica, pero no tanto la atonía política.

Poco se repara en la falta de energía y vigor, como también de voluntad y disposición para salir del pasmo que, otra vez, amaga con anular la alternativa nacional. Neutralización del esfuerzo que, de prevalecer, repetirá la historia muchas veces repetida: la de hacer de la imposibilidad, sello de la ineptitud y la mediocridad para replantear el crecimiento y el desarrollo. El inmovilismo que se justifica en el argumento de hacer lo que se puede, aun cuando lo que se pueda hacer sea muy poco.

Sí, cobraron y cobran fuerza variables externas fuera de control que complican al ya de por sí difícil cuadro económico local. No hay duda de eso. Pero también hay variables internas susceptibles de control que, operadas con ánimo y comunión, permitirían encarar de mejor manera el vendaval internacional y perfilar un horizonte nacional. Sin embargo, la manía de querer hacer las cosas "tal-y-como-yo-digo" y la de fijar posturas que, luego, son tan firmes como blandengues reubican al país donde ha estado años: una intensa actividad sin movimiento, gran ejercicio en el empantanamiento.

Unos y otros tientan sin sujetar en serio lo que postulan, quieren y pueden.

El juego de la simulación se ha renovado, pero no abandonado por unos ni por otros. Unos presumen ser diferentes, aunque en el fondo no sean muy distintos; y otros aseguran ser completamente distintos, aun cuando no se les vea ni una diferencia.

El debate es simple reiteración de posturas. El fijamiento de posturas, planteamientos no muy firmes. Los planteamientos, propuestas no sujetas a diálogo. La disposición al diálogo, apertura a perder el tiempo sin salir de la trinchera. La trinchera, hogar de la necedad y la resistencia. La apertura, ardid para oír sin escuchar. La humildad, nueva expresión de la soberbia. La vieja soberbia, exigencia de seguir la ruta, expresada a título de desinteresado consejo. El llamado a la unidad, convocatoria a la división enmascarada. Las cifras de unos y los datos de otros, juego del postor en turno. Elección, turno para hacer lo mismo, no oportunidad de hacer cosas distintas.

En ese rejuego, el tiempo transcurre, por no decir, se pierde.

En ese rifirrafe, los bandos juegan a correrse a los extremos, pero sin llegar hasta la orilla. Son extremistas, pero no mucho.

Unos y otros amenazan con ir hasta donde pueden, pero nunca llegan a ese punto, se regresan. Los unos no imponen; los otros no deponen. En el fondo, el presunto radicalismo de su respectiva postura es amenaza, no decisión y, entonces, intentan doblar al otro sin quebrarlo del todo.

Unos, asegurando que todo lo anterior estuvo mal hecho y es menester cambiarlo por completo; otros, asegurando que todo lo anterior es obra de un diseño institucional insuperable por lo que no hay nada que moverle.

Ahí se explica por qué, pese al afán de entorpecer la acción del gobierno, unos repudian instrumentar la revocación del mandato y ahí se explica por qué, a pesar de contar con la fuerza y el respaldo, otros no resuelven llevar las cosas hasta la última consecuencia.

Tal coctel de firmeza y blandenguería puede entenderse como un gesto de sensatez, aunque también de miedo. Temor ante la ruptura que lleva al titubeo y, entonces, el resultado es decepcionante: la neutralización y el inmovilismo que, pese al vértigo y el activismo, mantienen al país en el estancamiento.

Unos y otros sacan a pasear su tigre, amenazando con soltarlo, pero asiendo bien firme la correa.

Novedad de ese cuadro, el protagonismo de quienes quieren distinguirse como acérrimos impulsores de una causa u otra o el oportunismo de quienes aprovechan la confusión en su propio y personal beneficio. El elenco es impresionante y el espectáculo, variado.

Hay quienes so pretexto de defender la legalidad y las instituciones, construyen el trampolín para proyectarse y ver qué consiguen. Quienes ansían ser satanizados, con tal de aparecer en el directorio de los mencionados. Quienes ofrecen colaborar de dientes para fuera. Quienes sonríen mientras trinan. Quienes jurando respaldar al cambio se frotan las manos ante la posibilidad del fracaso.

Y, desde luego, del otro lado tampoco faltan quienes piden ir mucho más allá del mandato recibido. Quienes confunden elección con revolución. Quienes con tal de figurar al lado de ya saben quién, poco les importa el encargo. Quienes se peinan para atrás a fin de ver si les ponen estrellita. Quienes amanecen pensando no tanto qué hacer, sino qué decir. Y, claro, quienes mareados por el poder buscan extender su estancia en ese club, donde antes no los admitían.

Absurdamente, unos y otros, diciéndose demócratas, además de políticos, ciudadanos conscientes, impulsores de la sociedad civil, servidores de la nación, funcionarios autónomos, practicantes de algún culto religioso comprometidos con la política terrenal, mandatarios obedientes o, incluso, guerrilleros en stand by, reniegan de la política. Según su concepto y entender, unos y otros tienen muy claro qué hacer y no hay por qué andar preguntando y mucho menos acordando.

Lo cierto es que el entorno económico y las condiciones nacionales han cambiado. Ello obliga a echar mano de la política si, en verdad, se quiere encarar del mejor modo posible la situación externa e interna, al tiempo de hacer algo para atemperar la inseguridad, la desigualdad y la impunidad.

De insistir en el juego de vencidas, de atrincherarse, de avanzar y resistir a como dé lugar, en vez de fijar y asir en serio propósitos comunes, viables y posibles, el país se va a quedar, otra vez, donde se encuentra: el pantano de la mediocridad.

Inquieta la economía, pero se echa de menos la política.

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