En el año próximo pasado, el día 28 de diciembre, la Liturgia en la Misa dominical fue dedicada a la celebración de la fiesta de la Sagrada Familia. El Apóstol San Juan (3, 1-2. 21-24) nos enseña que en el mundo presente los hijos de Dios han recibido del mismo amor de Dios la filiación divina, no obstante que esta revelación se revelará más tarde, pero plenamente.
Sabemos que, por el Sacramento del Bautismo, que es un Nacimiento a la vida de Dios, los que reconocen a Jesucristo Palabra de Dios hecha hombre, o los que creen que es el Mesías, ya son lo que serán: hijos de Dios.
Pero esta filiación divina consistirá en ser semejantes a Dios y su fundamento consiste en verlo tal cual es (Jn. 3,2): semejanza y visión son el contenido de la esperanza cristiana arraigada en el amor de Dios y en el seguimiento de Jesús (2, 6; 3, 16). Por eso, la fe en Jesucristo y el amor gratuito a los demás, es el signo distintivo de los nacidos de Dios, que es lo mismo que afirmar: que la filiación divina se actualiza en creer y amar.
“La nueva existencia del cristiano es una existencia de amor, y como tal, relacionada con el Padre y el Hijo en la Comunión del Espíritu Santo” (Jaime Fontbona). Las enseñanzas de la Teología Católica, al hablarnos de Dios, nos lo muestra como aquel que en sí mismo es el amor y la vida sin fin. Al hablar de la Santísima Trinidad, nos hace ver su vida comunitaria y la presenta como una comunidad familiar, constituida por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo en comunión y diálogo continuo.
Tres personas que hacen una familia: La Familia Divina que existe desde la eternidad como una exigencia libre del amor eterno. En el presente artículo, es mi intención hacerlo, que todos luchemos por ser: “conocedores de Dios”, cuando tratamos de vivir en su fe, en su amor y experimentamos su presencia divina entre nosotros.
Quienes por vocación han formado una familia mediante el Matrimonio, deben buscar a Dios y procurar vivir en un ambiente verdaderamente familiar y cómo la relación que tienen con Dios y su lucha por expresar y ver su fe, desean vivamente y cada día, que en su hogar se cultiven y se defiendan todos los valores cristianos para que puedan ser una garantía que su familia es de verdad: imagen de Dios.
Más aún, en su misma naturaleza está el ser esa imagen, dado que es también una Comunidad de amor. Es ésta la razón por la que toda familia debe considerarse como imagen de Dios, ya que en sí misma es reflejo del amor de Dios que es amor con todas sus características: comunión, diálogo, unidad, comprensión, justicia, paz, misericordia y perdón. Además, en todas las familias debe existir la bondad, alegría, respeto, como principalmente ternura y donación.
En toda familia y aún en aquellas que no está fundada mediante el Sacramento, pero sí tiene como fundamento un auténtico amor, puede ser también imagen de Dios. Toda comunidad familiar que intenta ser un verdadero hogar con relaciones serias y profundas del amor, es de alguna manera, un reflejo de esa Imagen Divina.
A la luz de estas enseñanzas los que han formado su familia deben cuestionarse respondiendo con sinceridad a estos interrogatorios: ¿quién es Dios? ¿quién es aquel cuya imagen presentamos o hemos de presentar en nuestras relaciones familiares? ¿lo conocemos? ¿lo amamos? ¿lo imitamos y le permitimos vivir en nuestro hogar? Y también si lo proyectamos y dejamos verlo a los demás.
En la Fiesta de la Sagrada Familia encontramos lo siguiente: a Santa María Virgen, al Patriarca San José y a un niño recostado no en una cómoda y menos rica cuna, sino en un pobre pesebre. Estas tres personas forman una familia aparentemente sin ninguna importancia y sólo conocida por unos pobres Pastores que vigilantes, cuidaban que su Redil no fuera víctima del lobo.
El niño tierno y delicado es de quien la Iglesia enseña: “que siendo de una Familia Divina, pasó a una familia humana”. En otras palabras, el Niño es el Verbo en el seno virginal de María Santísima, es el que no obstante ser de la Familia Divina, al pasar a la familia humana vivió humilde en la obediencia y que vivió pobre en Nazareth, y al que celebraron los ángeles del cielo, al asumir nuestra naturaleza humana, “se anonadó a sí mismo tomando la forma de un esclavo y apareció como un hombre cualquiera, en todo semejante a nosotros, menos en el pecado”.
En esa familia pobre y desconocida encontramos a una doncella de quien el Profeta Isaías dijo: “He aquí que la Virgen concebirá a un hijo y le dará por nombre Emmanuel, esto es, Dios con nosotros”. Es la Madre que prodiga no sólo el alimento material, sino principalmente, su ternura maternal.
Esa Mujer es María, la que años más tarde fue oficialmente definida como verdadera “Madre de Dios” pues de ella nació Cristo el Salvador que, como bien lo sabemos es Dios y Hombre Verdadero; que al darnos a Cristo, nos ha dado a Dios mismo.
Esa bellísima doncella acompañada de su esposo llamado el Carpintero de Nazareth, al cumplir la Ley de Moisés, presentaron a su Niño en el templo y escucharon del sumo Sacerdote las palabras: “este Niño será causa de la ruina de muchos y también signo de contradicción. Además, a ti una espada te traspasará el corazón”. María guardó silencio reflexionando y entendiendo todo lo que, poco tiempo después, sería una verdadera realidad.
Y en verdad ¿Jesús no es rechazado por muchos, y por ello en lugar de ser para su salvación es para su ruina? y ¿es signo y seguirá siendo signo de división y contradicción en el mundo?, pues ¿no es cierto que en todo el mundo hay quien lo rechaza, como también quien no cree en Él o llega a dudar de su misma existencia? No se puede negar esta realidad que se manifiesta ya de palabra o por escrito, pues consideran que Jesús fue un hombre como cualquier otro, ignorando lo que enseña San Pablo, fue en todo semejante a nosotros menos en el pecado.
María, Madre del Niño que ha nacido en Belén, nos ha dado a Cristo, que es la cabeza no de su cuerpo físico, sino místico, esto es, de la Iglesia que Él fundó y de la que cada uno de nosotros somos sus miembros. Por esto mismo, con toda razón es también Madre nuestra.
En la familia humilde de Nazareth fue alegría la presencia de un hombre justo llamado José, elegido por Dios para ser padre adoptivo de su hijo unigénito, y custodio de su esposa María y del Niño a quien pusieron el nombre de Jesús, Salvador y Redentor de todos los hombres.
Ojalá y que todos delante del Hijo de Dios hecho hombre nos convenzamos de que lo pasado ya pasó, el futuro es incierto y sólo tenemos certeza de la muerte; y entonces ¿qué no nos queda? sólo el presente, esmerándonos para que hagamos lo que Él, como dueño y propietario de todo nuestro ser, nos manda o nos exige, y esto no es otra cosa que hacer siempre y en todo su voluntad santísima.
Es tarea de todas y de cada una de las familias, tener clara conciencia de que tanto el hombre como la mujer y la familia que formen debe ser una “Iglesia Doméstica” en la que siempre se respete y defienda la vida humana y los derechos naturales e inalienables que ha recibido del Creador; y en la que se respete la dignidad de la persona por ser hijos adoptivos de Dios y nervio insustituible para bien no sólo de ellos, sino también de la Comunidad Social.
Finalmente, que todos recordemos que no sólo el hombre, sino toda la familia, valen no por lo que tienen, sino principalmente, por lo que son.