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Lola, “La Chatita”

Ella nació con estrella, con la fortuna de abolengo –desde la cuna-, pero también con la que hizo para sí, a costa de renunciar a todo, y de una promesa a la que guardó fidelidad toda la vida.

El siglo nuevo era muy nuevo todavía cuando “La Chatita” hizo la felicidad de Jesús Leonardo –comerciante- y Antonia –con certificado de nobleza peninsular-. Ellos se habían casado el 5 de septiembre de 1902, y el 3 de agosto de 1904 les nació una princesa: María Dolores Asúnsolo López Negrete.

Lolita llegó al mundo envuelta en seda y en amor; entonces vivir era una sonrisa y la promesa a cumplir cuando el tiempo fuera propicio. Fue la hija bienamada, educada para encantadora; su piel morena y sus rasgos naturales le hicieron especial, un tesoro que con los años maduraría.

Pero el cuento de hadas primero no fue para siempre. Una fría mañana de diciembre de 1910 Dolores despertó para mirar el miedo en el rostro de su madre: había que irse lo antes posible; en el aire, como una amenaza terrible, había un grito de espanto: “¡ahí viene Francisco Villa!”

Hay quien habla de un “aprovechado” que en “El Gorgojito” (uno de los ranchos de la familia) había querido cobrar el derecho de pernada con la joven Martina Arango –otro apellido notable- y que un hermano de ella había impedido a balazos la arbitrariedad; el pariente pobre debió huir a la serranía, perseguido por la Acordada. Otros dicen que el aprovechado era Agustín López Negrete, familiar cercano a Dolores, uno de tantos amos y señores de la vida de los de abajo. El hermano de Martina nunca olvidó la ofensa y un día regresó para ejercer su propia justicia; el hombre se llamó Doroteo, luego fue Pancho Villa.

La existencia continuó en la Ciudad de México, junto al presidente Madero, tío de “La Chatita”. Entonces la memoria de Durango “quedó para siempre como una imagen mítica que se fue alejando a la velocidad del tren en que iba con su madre”, dice David Ramón.

Al tiempo Jesús Leonardo llegó para rehacer la familia. La fortuna material era grande aún y los afanes paternales sobre la hija eran de altos vuelos: ella debía ser instruida, educada según la cultura francesa, estilo de vida de la sociedad pudiente en su tiempo.

Entonces aprendió los buenos modales, a conversar, a vestir y a manejar la casa, además de la discreción, virtud fundamental. Pero también aprendió a bailar –su primera pasión-. Luego de ver a Ana Pavlova (la mejor en su tiempo) interpretando “La muerte del cisne” se hizo una joven promesa: sería bailarina.

Pero la vida, como envuelta en una caja de regalo, apenas comenzaba, faltaban todavía los mejores años de quien, por un designio misterioso, sería más que “La Chatita”. Un día el mundo la conocería como la bella que encantó a Hollywood, donde se escucharía el nombre de la que marcó para siempre la historia del cine: Dolores del Río.

Escrito en: “La, Dolores, envuelta, Jesús

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