El arzobispo emérito Antonio López Aviña murió ayer a la edad de 88 años de edad; un paro respiratorio lo atrapó a las ocho de la mañana en su cama. En sus 32 años al frente del gobierno arquidiocesano, fue clasificado en la línea conservadora; para otros fue reaccionario, pero ante todo fue un hombre de Iglesia, polémico, controversial e influyente.
Desde noviembre del año pasado su salud había venido a menos, aunque persistía en sus dictados de un libro que finalmente quedó inconcluso y dejó artículos listos para ser publicados en los espacios que tenía con algunos medios impresos.
En los ochenta, cuando estaba en plenitud de ministerio, se convirtió en un clérigo influyente, no sólo en los terrenos de la religión; su poder tocaba las esferas políticas y empresariales. También fue un confidente cercano a Jerónimo Prigione, el otrora poderoso y también polémico Nuncio Apostólico en México.
Su gobierno eclesiástico, uno de los cuatro más largos en la historia de la Iglesia Católica en Durango, fue cantera de obispos, entre los cuales se ubican Manuel Mireles Vaquera –Prelatura de El Salto-, Andrés Corral –Diócesis de Parral-, Rafael Barraza –Mazatlán-, Juan de Dios Caballero –Durango- y Héctor González, actual arzobispo de Durango.
El cardenal Norberto Rivera Carrera es un caso a parte. Al Arzobispo Primado de México lo consideraba su obra, su hijo predilecto.
Con su sucesor, monseñor José Trinidad Medel, sostuvo una relación distante, difícil, y pese a su condición de emérito, mantenía una ascendencia sobre el clero diocesano, lo que generó suspicacias y enconos.
Desde ayer, monseñor López Aviña es velado en la Catedral Basílica Menor de esta ciudad, y sus restos serán sepultados en este templo, mañana viernes, como fue su petición.