El Diccionario de la Lengua Española, de la Real Academia Española, define al refrán como dicho agudo y sentencioso de uso común, y al refranero como colección de refranes. Puede decirse que el primer reftanero en español viene siendo el formado por el marqués de Santillana, pudiendo citarse además el Refranero General Español, de J. M. Sbarbi y El refranero clásico, de Juan Suflé Benages, con el que tengo más familiaridad, que contiene la interpretación de los refranes incluidos en la grandes obras de escritores tan renombrados como el marqués de Santillana, don Diego Hurtado de Mendoza, Mateo Alemán, Luis de Montalvo, Alonso Fernández de Avellaneda, Francisco de Quevedo, y desde luego en las de don Miguel de Cervantes Saavedra, particularmente en el Don Quijote de la Mancha, cuyos cuatrocientos años está el mundo celebrando en este 2005 más que merecidamente.
Por su extensión y por su innegable sentido popular, tal vez sea el Quijote la obra que contenga mayor número de refranes, pues en sus páginas reverberan aproximadamente 245 de ellos, para solaz de quienes quedamos arrobados por el saber filosófico de don Quijote, pero también por el saber popular de Sancho.
Ambos, caballero y escudero, pronuncian refranes, siendo como es natural, por su condición de militante de las filas del pueblo, Sancho Panza, el que los utiliza con mayor ftecuencia, vengan o no vengan a pelo, por lo que se gana de vez en vez los regaños de don Quijote.
Precisamente, en los consejos que da don Quijote a Sancho, cuando éste se va a gobernar la ínsula, figura el de no mezclar en su pláticas la muchedumbre de refranes que suele, pues muchas veces los trae por los cabellos, que más parecen disparates que sentencias, ante lo cual Sancho responde que eso Dios lo puede remediar, porque sabe más refranes que un libro y se le vienen tantos juntos a la boca cuando habla, que riñen por salir unos con otros, pero que la lengua va arrojando los primeros que encuentra, aunque no vengan a pelo, pero que tendrá cuidado de decir los que convengan a su cargo de gobernador.
Al respecto, dice Mark Van Doren, en su obra La profesión de don Quijote, que en las conversaciones que se dan entre don Quijote y Sancho Panza, cada uno escucha y aprende del otro. Así don Quijote, quien empezó despreciando los refranes, finalmente aprende a respetarlos. Pese a que está demasiado orgulloso de su propia retórica como para cambiarla por el ingenio popular de los refranes, llega a sentir fascinación y a contagiarse de Sancho, a tal grado que empieza a hacerle la competencia en el uso de ftases de su propia cosecha y de refranes, sin llegar, claro está, a la altura de Sancho, pero eso sí, haciendo lo que puede, de lo cual Sancho se muestra muy satisfecho. Aquí bien pueden aplicarse los refranes: "Dime con quién andas, decirte he quién eres" y "No con quién naces, sino con quién paces".
Es natural también que Teresa Panza y Sanchica, esposa e hija del buen Sancho, respectivamente, no le vayan a la zaga en el uso de los refranes, por eso no exagera don Quijote, cuando estima que la familia de los Panza son cada uno un costal de refranes. Así Teresa Panza utiliza, entre otros: "La mejor salsa es el hambre", "Mejor parece la hija mal casada que bien abarraganada", "Al hijo de tu vecino, límpiale las narices y métele en tu casa", "La mujer honrada, la pierna quebrada y en casa", "La doncella honesta, el hacer algo es su fiesta" y "Quien te cubre, te descubre". Creo que con estos seis botones de muestra bastan para tener por probada la inclinación también de Teresa Panza, por los refranes.
No se equivoca Lope de Vega, cuando dice: "los refranes son todos los libros del mundo en quintaesencia, compúsolos el uso y confírmalos la experiencia".
En efecto, junto al saber científico y al saber académico, existe el saber popular, no por popular menos saber, puesto que se basa en la experiencia y observación de generaciones y generaciones, que en repetidas oleadas van dejando en las playas de la humanidad perlas de sabiduría, que en Espafla y México la más de las veces se engarzan en refranes. Es por eso que ya en otra lejana ocasión me he permitido expresar que el abuelo pueblo se expresó en refranes, que el padre pueblo se expresó en refranes, que el hijo pueblo se expresa en refranes y que el hijo pueblo y el nieto pueblo se expresarán en refranes.
Muchas veces se tiene la falsa idea de que no hay mejor manera de aburrirse que leer una obra clásica de la literatura universal. Nada de eso, su lectura es edificante a la par que divertida. Una clara muestra de ello lo es El Quijote, que hace que uno no pueda dejar de sorprenderse, de nutrirse y de reír durante todas sus páginas, acompañando a caballero y escudero en sus conversaciones, reflexiones y aventuras mil, a cual más de divertidas, increíbles y valerosas, aunque eso sí, como dijo Unamuno, no reímos de don Quijote, sino que reímos con don Quijote, lo que es distinto.
Por cierto que, de unos días para acá, Televisa ha empezado a transmitir en cápsulas breves lo que llama cien frases del Quijote, con motivo de su cuarto centenario, lo cual está muy bien; sin embargo, ignoro el porqué le llame frases, cuando son refranes mondos y lirondos.
¿Será que le parezca la palabra refrán demasiado popular? Me resisto a creerlo.