El estudio publicado en el British Medical Journal The Lancet, dirigido por la Johns Hopkins Bloomberg School of Public Health y sometido al rigor de un notable grupo de especialistas, parece no dejar lugar a dudas: desde el principio de la guerra de Irak las bajas civiles y militares de Irak, como nación, exceden a los 600 mil muertos en tanto que las tropas de EU apenas superan los 2 mil 700 caídos.
La guerra comenzó el 20 de marzo de 2003 a las 5:37 horas de la madrugada. Cuarenta misiles Tomahawk -a millón de dólares cada uno- cayeron sobre Bagdad. Era la primera fase. 21 días después, el 9 de abril, caía Bagdad; pasados cinco días sucedía lo mismo con Tikrit, el centro sunnita del poder político y religioso de Saddam Hussein. El 1 de mayo el presidente Bush anunciaba, oficialmente, el fin de la guerra.
Las pérdidas estadounidenses se elevaron a 122 muertos; los británicos de Tony Blair (que lo ha pagado a un altísimo precio) fueron 33 soldados. Irak había sido derrotado y el poder militar de Saddam Hussein destruido en unas jornadas. En efecto, pese a la resistencia encarnizada en algunos puntos, la ofensiva contra Bagdad (en el siglo VIII fue Madinat al-Salam o Ciudad de la Paz y en su seno estaba la Bayt al-Hikma o Casa de la Sabiduría donde científicos árabes, judíos y cristianos construían la Edad de Oro del Islam) se inició el 5 de abril de 2003 y en 7 el centro de la ciudad y su aeropuerto estaban en manos de los estadounidenses.
El 9, eso sí, se echaba abajo (como en octubre de 1956, en Budapest, la estatua de Stalin de la que no quedaron, en pie, nada más que sus inmensas botas de bronce) la estatua de Saddam Hussein. Se levantaba en la plaza Ferdaous, es decir, en la plaza del Paraíso de Bagdad. Human Rights Watch, en su informe no menos contundente que el del Lancet, ha señalado ya que la represión de Saddam Hussein costó al país, en sus 20 años de dictadura, entre 250 mil y 290 mil muertos. Los chiítas y los kurdos, bombardeados estos últimos con armas químicas durante la guerra contra Irán, están en el haber sangriento de Saddam. No, desde luego, los arsenales de "armas masivas de destrucción" sobre cuya hipótesis se desencadenaron los tomahawk al amanecer del 20 de marzo de 2003.
Donald Rumsfeld, secretario de Defensa de EU, pudo brindar, el uno de mayo de 2003 por la victoria. También lo hizo, en diciembre de 1983, pero en Bagdad, cuando en tanto que embajador especial del presidente Reagan entregó, a Saddam Hussein, una carta personal del mandatario estadounidense. En ella se le decía que se le respetaba y que EU estaba dispuesto a ayudarle. La guerra de Saddam contra Irán convertía al dictador irakí en un aliado y, por ello, fue armado a todos los niveles.
También brindó, copa en alto, con Saddam Hussein, en París, Jacques Chirac, cuando firmó, el 18 de noviembre de 1975, un contrato, por mil 500 millones de francos para construir en Irak una Central Nuclear que iniciaba la carrera atómica hacia lo desconocido. Como hoy en Irán, pero que, en 1975, se consideró un buen negocio. El 7 de junio de 1981, aniversario de la guerra de los Seis Días, la aviación de Israel (partiendo sus aviones, a las 4:40 de la tarde, de la Base de Etzion, en el Sinaí) pulverizó la central. La idea de convertir a Irak en la capital nuclear del Oriente Medio (Israel quedó al margen) se olvidó. Hoy Irán lo pretende.
El impresionante estudio sobre los muertos en Irak hubiera sido muy difícil sin la ayuda económica del Massachussets Institute of Technology de EU. Su trágica enumeración revela, también, que en una sociedad abierta, inclusive con Bush, es imposible ocultar la verdad aunque se fuese, a la guerra, con una gigantesca mentira. Las cenizas son del mundo.