Las elecciones de Israel -que posee las instituciones de una democracia- se han producido bajo signos de división perentoriamente alertadores y relevantes: el coma de su primer ministro, Ariel Sharon, y el cambio radical de interlocutor en Palestina donde el Hamas se ha transformado, de guerrilla armada contra Israel en una mayoría legitimada por los votos, lo que ha colocado a Europa, que atendía económicamente al funcionamiento de la Autoridad Palestina, en un gran dilema: seguir ayudando económicamente a un partido que asume la lucha armada y el terrorismo frente a la violencia de Estado. Impresionante signo para un mundo sobrecogido por las contradicciones y con una clase política -Bush la prueba- cada vez menos capacitada para vivir en la complejidad de la globalización.
En efecto, no se puede desconocer que, al igual que en Palestina, los hermanos musulmanes se han transformado, en Egipto, en una fuerza parlamentaria y que, a su vez, el régimen chiíta de Irán está confrontado con el Consejo de Seguridad de la ONU, por el problema del uso pacífico de la energía atómica que puede conducir a la bomba nuclear.
Las elecciones de Israel prueban sus instituciones. Han revelado que el partido creado por Sharon para estas elecciones, Kadima (Adelante) ha obtenido la primera minoría, pero tendrá que pactar con otros partidos, ya muy débiles como el Laborista o el Likud, para hacer frente a una tempestad: el diálogo con Hamas y la evacuación, posiblemente irreversible, de las regiones de Cisjordania como ya aconteciera con Gaza con el desalojo de sus colonos. No olvidarán éstos, nunca, que se hizo bajo los fusiles de Israel.
La Cámara de Tel Aviv, dividida en 20 partidos y con el ascenso del grupo de judíos que abandonara la Unión Soviética para integrarse en el nuevo Estado, tendrá que plantearse, en serio, la historia de sus fronteras, de un lado y, del otro, la complejidad de su existencia en un derredor donde el fracaso de Occidente, después de la disparatada intervención en Irak (cruzado ya por la guerra civil) ha dejado a un país en la ruina y en descomposición religiosa.
Descomposición que, se mire como se mire, plantea el papel de Irán en Irak puesto que un chiíta radical controla el Irán y, sin la mayoría chiíta, Irak, a su vez, es ingobernable y esa ingobernabilidad es indisociable de negociar con los sunnitas y los kurdos. Otra bomba.
Lo trágico (y cómico) de la situación es que Irán ofrece sus “buenos servicios” a Bush para resolver el conflicto de Irak mientras, en otro plano, Bush, definidor de obscenidades ideológicas, declara a Irán el enemigo número uno.
Repite a Jomeini que, a su vez, codificó que Estados Unidos era Satán. Las definiciones, transformadas en descalificaciones patéticas, no sirven para nada. Talleyrand lo ha definido muy bien (y se lo dijo a Napoleón): “Las bayonetas sirven para todo menos para sentarse sobre ellas”.
El Estado de Israel, en ese ajedrez de precipicios, tiene que ser consciente de que Bush y los republicanos son ya la minoría en Estados Unidos y que esa minoría no podrá ser el aliado absoluto de Israel. En suma, los políticos israelíes tienen que asumir, con lucidez, atentos a la realidad, que la negociación, para sobrevivir, será irremediable. A George W. Bush le queda muy poco tiempo y las elecciones de noviembre pueden darle un disgusto serio.
En síntesis, la nueva y delicada coalición israelí (que seguirá a estas elecciones sin mayoría) deberá asumir su legitimidad política con una idea fundamental en su cabeza: que tendrá que encontrar soluciones después de la catástrofe de Irak y, en consecuencia, al fracaso de EU. Israel no lo resolverá con caudillos mesiánicos, sino con políticos aptos para hacer del presente el futuro y no el pasado.