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Monseñor Héctor González Martínez festeja su aniversario

Por Nadia Bracho

La tarde no había caído, la estancia alumbrada aún dejaba ver un día de trabajo. Mirando a la pantalla y absorto en lo que escribía, estaba él. No se percató de que lo esperaban. Sólo al terminar, volteó la mirada y se paró para salir al encuentro con paso decidido, resuelto así a finalizar con ello la jornada de ese día. Héctor González Martínez se preparaba para la entrevista.

Una infancia feliz

Nació en Torreón, Coahuila, al llegar por enfermedad de su madre a esa ciudad el 28 de marzo de 1939, pero es originario de Miguel Auza, Zacatecas. Hijo de Engracia Martínez y Coronado González, fue educado en el seno de una familia humilde, sencilla, pero con fuertes cimientos cristianos.

Sus hermanos fueron Guadalupe e Inocente, quienes murieron pequeñas; Adrián (f), Venustiano (f), Pascual, Claudio y Eladio.

“Mi infancia fue muy alegre, sobre todo porque mi mamá era muy alegre, recuerdo que cantaba mucho en el patio, donde se ponía a costurar. Cantaba temas de aquel tiempo: ‘La pajarera’, ‘Aburrido me voy’, ‘El sauce y la palma’, ‘Canción del alma’. Era muy cristiana y entre ella y mi papá hicieron un ambiente cristiano y rezábamos todo los días el Rosario”, recuerda.

Acompañaba a su padre a la labor, donde sembraban frijol y maíz. Siempre había trabajo y se hacía al igual que las tareas de la escuela. Los juegos favoritos eran sencillos, incluso hacían sus propios juguetes: cortaban madera con segueta y hacían “trocas” o carritos.

El llamado

A la edad de diez años era acólito de la Parroquia de San Miguel Arcángel y a cargo de ella estaba el sacerdote Apolinar Ruiz. En una ocasión llegó de visita el arzobispo José María González y Valencia y el Cura presentó a los acólitos. “No recuerdo la plática, ¿qué puede platicar un arzobispo con un chiquillo?, pero al terminar simplemente me dijo: ‘tú vente al Seminario’. Al llegar a la casa se lo dije a mis padres y semanas después ingresé al Seminario”.

González y Valencia fue de gran influencia para él, pues lo veía como un hombre de Dios, con mucha clarividencia y como un verdadero guía. Fue así que el llamado se dio y él respondió.

“Un día sorprendí a mi madre hablando con una amiga y en esa plática expresó que cuando yo nací me ofreció a Dios y Dios me aceptó. Creo que estaba contenta con mi decisión, pero contaron mucho para mi vocación las oraciones de mi madre”.

Los días en el Seminario

“Quería ser simplemente sacerdote. De una manera sencilla, mi aspiración y mi ilusión...”, manifestó al recordar esos días, pero el destino le tenía deparado otro camino.

Fueron días felices, alegres, entre juegos y estudios. Fue un estudiante responsable y puntual.

Los maestros que recuerda son los sacerdotes Felipe Pérez Gavilán, Juan Manuel Ferreira, Jesús Soto, Joaquín Armendáriz, Rafael Barraza, hoy obispo emérito de Mazatlán, Juan Ángel Castañeda, quien también fue obispo de Mazatlán, don Miguel García Franco y el obispo Juan de Dios Caballero, entre otros. Y entre sus compañeros menciona a Jesús Valenzuela, Manuel de Jesús Enríquez, Jesús José Delgado y Jesús María Hernández.

Le ordenó el 1 de diciembre de 1963 don Antonio López Aviña en Roma, durante la segunda etapa del Concilio Vaticano II. Se encontraba estudiando la Licenciatura en Teología y en Historia de la Iglesia. Una vez ordenado prosiguió con sus estudios al mismo tiempo que cumplía su ministerio en la Ciudad Eterna y después en otros países. Al regresar fue enviado a Canatlán, Durango, a la Parroquia de San Diego de Alcalá. “El pueblo tenía mala fama por cuestión de las rencillas y venganzas que había entre sus habitantes, pero se fue calmando, en ello influyó mucho el padre Parrita que fue sensibilizando a la comunidad”.

En Canatlán, la Parroquia era muy agradable, los pueblos estaban muy comunicados y la gente era buena, como hasta hoy en día. Se desarrolló el Movimiento Familiar Cristiano, una caja popular, cursos de formación de catequistas y las actividades parroquiales ordinarias. El trato fue amable y respetuoso, una experiencia muy positiva para quien comienza.

Trabajo y ministerio

En 1968 fue inaugurado el Seminario en la Ciudad Industrial y fue transferido ahí ocho días antes de su apertura. Su misión era atender el orden, la disciplina y la formación humana de los teólogos, además de dar las clases de Historia del Arte, Filosofía y Teología de San Pablo. Después fue prefecto, vicerrector y luego rector.

En ese tiempo había muchos alumnos en el Seminario, aproximadamente 105, y a pesar de las situaciones austeras y sencillas, estaban contentos y estudiaban. “Actualmente no podemos quejarnos, existe un promedio de alumnos, pero es mejor para la vocación que existan más para tener más alegría, carismas, participación y dones de Dios que se dirigen al valor sacerdotal.

“Lo más importante para la vocación es poseer recta intención, una rectitud moral, tener cualidades para el ministerio sacerdotal y una mentalidad abierta a toda clase de persona.

“¿Cuál es el principal obstáculo para la vocación? El ambiente mundial, de disfrutar y llevar una vida cómoda, la búsqueda de intereses personales y no los intereses de Dios.”

Respecto a tales obstáculos comenta: “Hay corrientes en el mundo que se llaman ‘pensamientos posmodernidad’. Son situaciones mentales que ponen la razón sobre todo, cerrada en sí misma y cerrada a lo sobrenatural; una mentalidad de regresión a los orígenes. Todo eso hace girar el reloj en sentido inverso y de ahí vienen tantos elementos contrarios al Evangelio”.

Ordenación como Obispo

El 24 de marzo de 1982 fue ordenado Obispo. El papa Juan Pablo II lo mandó llamar y lo reubicó en Campeche, donde comienza una nueva etapa llena de experiencias alrededor de gente abierta y franca. “La gente de Campeche es como el tiempo: A veces es pacífico y de pronto viene la tormenta con truenos, rayos y a la hora se acaba; vuelve a salir el sol y llega la calma. Así son ellos: Muy comunicativos, desprendidos y participativos.”

En 1988 es reubicado otra vez y esta ocasión la sede fue Oaxaca, llegando en la Pascua de ese año. Ahí trabajó 15 años y el último desarrolló su labor entre Oaxaca y Durango, Arquidiócesis que hoy preside. Un año duro pero con muchas satisfacciones, ya que se construyó un seminario nuevo, se reubicaron alumnos de Tehuacán, Puebla, para sus estudios como seminaristas; se formaron maestros para el mismo, se abrió un nuevo proyecto de diócesis para Puerto Escondido, y se erigió dos días antes de su partida a Durango. Además, trabajó para la beatificación de los mártires de Cajonos con la última visita de

SS. Juan Pablo II en la Basílica de Guadalupe. Fue una ceremonia emotiva que se preparó con mucha anticipación, buscando la inculturación: el encuentro del Evangelio con las culturas y las culturas con el Evangelio, explicó.

Llega a Durango

El 26 de febrero de 2003 fue nombrado Arzobispo de Durango. Fue un año de observar, ir reconociendo lo que se dejó tiempo atrás, los cambios que se habían dado, no eran los mismos que en 1982.

Había avances y variables, y después de ello realizó un borrador tomando el cuenta al Presbiterio y a todos los consejos de la Arquidiócesis, lo que sirvió después para elaborar el plan de trabajo.

“Yo no me iba a quedar sentado a ver o esperar que vinieran a pedirme algo. Yo trabajo en base a objetivos y publiqué un documento donde elaboré ocho líneas fundamentales y 22 metas transitorias, fue el Plan Diocesano de Pastoral”.

En él se desarrolló el trabajo para la evangelización basado en seis prioridades: Catequisis, liturgia, familia, jóvenes, pastoral social y formación de agentes, siendo estos lineamientos estables, no cambian.

Otro punto fue la atención a el Presbiterio, a las religiosas, los laicos organizados.

Entre los parciales se encontraban el Año del Seminario al cumplir su tercer centenario; la Misión Kerigmática, Misión Bíblica, entre otras metas, cuyo objetivo es la reforma y la corrección de pequeños defectos en torno a los Sacramentos de la iniciación cristiana.

El itinerario

El 24 de marzo celebra 25 años de su ordenación como Obispo. Para tal conmemoración se busca la unión de zonas y parroquias: “Es importante para que la celebración no se concentre en la ciudad y se abra la visita a cinco lugares fuera de la capital, comenzando el 19 de marzo por la tarde.

“Se visitarán las parroquias de Guadalupe Victoria, Gómez Palacio, Santiago Papasquiaro, Sombrerete y Villa Hidalgo, teniendo así la oportunidad de saludar a su gente”.

Al finalizar el recorrido, se llevará a cabo un desayuno el día 24 de marzo de 8:30 a 10:00 horas en el Arzobispado ubicado en 20 de Noviembre 306 Poniente, donde se inaugurarán el domo de la sede y el nuevo local del Archivo de la Arquidiócesis.

La experiencia

Una de las experiencias más emotivas fue la Ordenación Presbiterial en Roma, el 1 de diciembre de 1963:

“La invasión del Espíritu Santo en el alma hace sentir su presencia real, nos unge y nos consagra”.

Dos personajes importantes influyeron en la formación sacerdotal de Héctor González Martínez: el arzobispo José María González y Valencia y el padre Lucio de la Concepción Torreblanca y Tapia.

Escrito en: marzo, González, Juan, Jesús

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