En la oratoria como en la vida, no hay triunfo sin esfuerzo, sin dificultad, sin perseverancia. Dejo de lado los campos de la actividad humana y paso a ocuparme de la perseverancia en la oratoria. Es del dominio público, el problema del orador Demóstenes, consistente en la tartamudez, que venció según se dijo colocándose guijarros debajo de la lengua y ensayando a la orilla del mar, para que su voz se escuchara por encima del estruendo de las olas, porque las multitudes producían un ruido de sonoridad semejante en el ágora y era necesario hacerse oír sobre tal estruendo.
Un ejemplo que ya no es tanto del dominio público es el caso de Dale Carnegie, el hombre que más ha influido en millones de personas, con sus cursos de oratoria. Escriben Giles Kemp y Edgard Claflin, en su biografía sobre Dale Carnegie, publicada en agosto de 1991, por Hermes, S. A., página 20, que Carnegie participó en una docena de concursos y los perdió todos, y que después del último se sintió desanimado, aplastado, derrotado.
Sin embargo, Dale Carnegie decidió a los 16 años seguir hasta ganar uno de los concursos de oratoria. Fue así como todas las noches empeñó parte de su tiempo de estudio para memorizar las palabras de Abraham Lincoln y Richard Harding Davis, y en el camino de ida y vuelta a la escuela, que distaba más de tres millas de su domicilio en la granja, pronunciaba los discursos que había memorizado en la noche. Un año más tarde, Dale Carnegie obtuvo el primer lugar en un concurso, empezando a figurar en los anales de la escuela. Triunfó también en el concurso de debate. Empezó a ser reconocido y buscado por los estudiantes para que les impartiera lecciones de oratoria. Más tarde sus cursos inspirarían a los principales líderes políticos, y a los más destacados de los periodistas de radio y televisión, llegando a estar en el número uno de la venta de libros en la país vecino del norte y logrando ser uno de los más grandes maestros de todos los tiempos en el arte de la oratoria, seguido por millones de seres humanos, ansiosos de sus técnicas de enseñanza y sus métodos del bien decir y el bien argumentar. Winston Churchill pronunció su primer discurso en el Parlamento inglés en el mes de febrero de 1901, al tercer día de su ingreso en la Cámara de los Comunes. En verdad, no se sentía muy confiado con una intervención improvisada, por lo que se ocupó de la preparación de varias posibles réplicas. Muy pronto llegó a ser el brillante orador, que condujo a Inglaterra a la victoria en la Segunda Guerra Mundial, con el vigor de su ánimo y en influjo de su palabra. Tal vez uno de sus discursos más memorables sea el que pronunció entre los escombros de Inglaterra, prometiéndoles a los ingleses sangre, trabajo, sudor y lágrimas.
Basten estos tres ejemplos para tener siempre presente que en la oratoria, como en la vida, el verdadero triunfo está empedrado no nada más de victorias sino también de dificultades y fracasos que enseñan bastante, cuando uno quiere que le enseñen, y que así como a nadar se aprende nadando, a tocar un instrumento se aprende tocando, en la oratoria se aprende hablando.
De quienes perseveran es el reino de la vida; de los oradores que perseveran será el reino de la oratoria. Así se tiene que Juan Rodolfo Arámbula, habiendo sufrido un duro revés en el concurso estatal de oratoria del año de 1953, al declararse desierto el primer lugar y quedar él en el segundo, se levanta con el primer lugar en el concurso de 1954.
Otro ejemplo de perseverancia lo fue Jorge Santos Marentes, del Instituto Tecnológico, quien obtiene el segundo lugar, como también lo fue Enrique Gorjón, del Instituto Juárez, quien se posesionó del tercer lugar. Juan Rodolfo Arámbula, del Instituto Juárez, era en ese mismo año vicepresidente de la Sociedad de Estudiantes, que presidía Maclovio Nevarez Herrera, siendo el secretario Jesús Dorador Chávez, el tesorero Julián Carrasco Navarrete, pro-secretario Camerino Castro González, el pro-tesorero Benito Calderón, el primer vocal Carlos López Portillo, el segundo vocal Félix Silerio Nájera, el tercer vocal Ramiro Arrieta Milán, la secretaria de Acción Femenil Elisa Campillo, el secretario de Prensa Francisco González Reyes, el secretario de Acción Deportiva Raúl Ríos, el secretario de Acción Social Miguel A. Valverde, y el secretario de Acción Universitaria Gustavo Moncayo. Juan Rodolfo Arámbula fue locutor de clara dicción, que laboró en los micrófonos de la XECK, por varios años, siendo muy visitado por los estudiantes juaristas en su cabina, para solicitarle que los complaciera con las melodías del momento, a lo que invariablemente accedía, por lo que se ganó el aprecio de todos.
El cáncer acabó con su existencia a edad temprana, pero no con su recuerdo, pues en los años sesenta se fundó el Círculo de Oratoria ?Juan Rodolfo Arámbula?, que fue un semillero de buenos oradores que nutrieron la tribuna universitaria. Además vive en el recuerdo de los que pertenecemos a la vieja guardia de la oratoria juarista y de nuestros descendientes.