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Elogio de los millonarios por azar Mirador

FRANCISCO AMPARÁN

Amigos, buen día: Los usuarios de la banca mexicana, hartos de pagar comisiones hasta por respirar en el cajero automático, deberíamos unir nuestras voces y oraciones para echarle porras y apoyar moralmente a la pareja conformada por Leo Gao y Cora Young. Quienes, en el momento de escribir estas líneas, siguen estando en paradero desconocido

Resulta que el señor Gao tenía una estación de servicio en un balneario de ese paraíso en la tierra que es Nueva Zelanda. Para ampliar su changarro, Gao solicitó a un banco local un préstamo por diez mil dólares neozelandeses. Algo así como seis mil dólares norteamericanos, o 78 mil pesos mexicanos.

Para que en México un banco le preste esa feria, uno tiene que conseguir una docena de avales con certificado de estar libres del A(H1N1), y presentar su carta astral y la tarjeta de vacunación del perro, entre otras estaciones de un calvario burocrático francamente kafkiano.

Allá en Nueva Zelanda, que por algo es del Primer Mundo, se le dio rápido trámite a la solicitud del señor Gao. Y el crédito fue aprobado.

El problema fue que el empleado encargado del procedimiento tuvo una

El señor Gao se dio cuenta muy pronto del error, y no la pensó mucho. El mismo día que le hicieron el depósito cerró temprano la gasolinera. Y al día siguiente, sin decirle nada a nadie, desapareció junto con su compañera sentimental, la susodicha Cora Young.

El banco se dio cuenta del error algo tardíamente, y cuando quiso recuperar su lana, los pájaros ya habían volado. No se pudieron llevar todo el saldo (ya sabemos que los bancos nunca dejan que uno disponga de su propio dinero según le dé a uno la gana). Pero los afortunados fugitivos se llevaron algo más de la mitad de lo que les fue depositado por error.

El banco ha requerido el auxilio de Interpol y de la policía china, suponiendo que para allá ganaron los prófugos. A quienes, como decíamos, les deseamos la mejor de las suertes. Después de todo, lo que hicieron es el tradicional machetazo a caballo de espadas. Que por una vez sea el banco el que pague más de lo que es justo y necesario.

Éste, amigos, éste es nuestro mundo. Que tengan un buen día.

Se cumplió un año de la muerte de don Eugenio Garza Lagüera. Tuve el privilegio de conocerlo. A veces me invitaba a hablar en la Cervecería. Al terminar la reunión me acompañaba siempre hasta mi automóvil. Nunca he olvidado ese rasgo de fina cortesía.

Don Eugenio era un hombre de empresa. Pero era, sobre todo, un hombre bueno. Practicó valores que de sus padres recibió, y los trasmitió a sus hijos. Con su esposa, doña Eva Gonda, formó una famila ejemplar. Doña Eva, dama de fina sensibilidad, inteligente y bondadosa, fue la mejor consejera del compañero de su vida.

A un año de la muerte de don Eugenio brillan más sus cualidades. Recordarlo es evocar una de las mejores épocas de Monterrey, esa ciudad fincada en el esfuerzo de hombres cuya grandeza no los hizo perder su sencillez. Hombres como Eugenio Garza Lagüera, que fue, al lado de sus trabajadores, un trabajador más.

¡Hasta mañana!...

Escrito en: banco, Eugenio, señor, buen

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