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Editoriales

Lecciones de la Historia en el 2010

JOSÉ EVERARDO RAMÍREZ PUENTES

México es una nación obsesionada con su pasado. Carga la historia con una angustia de Pípila atormentado, que no encuentra lugar dónde colocar la losa. Acontecimientos como la Conquista, la Independencia y la Revolución Mexicana generaron rupturas necesarias y justificadas, afectando la memor ia colectiva de tal modo que aún persisten heridas sensibles que no terminan de cicatrizar. Esta obsesión ha sido alimentada por una educación escolar donde la historia de Bronce, afirmada en un romanticismo heroico pontifica a unos cuantos y a otros los arroja, con un desdén manifiesto, a la obscuridad de capítulos expurgados indignos de lectura. Esta historia Patria es hermosa no por la saludable conquista de una conciencia crítica y reflexiva sino por las frases sonoras, que en su brillo poético y militarmente estruendoso, ocultan las miserias de la derrota y el desastre. Es sencilla porque en su dogmatismo binario priva la división entre buenos y malos, héroes y villanos, ocasionando que el conocimiento y el análisis de los procesos históricos pasen a un plan secundario. Total, la historia hay que dejársela a los historiadores.

Una historia que abreva de una prestigiada estatuaria y de un panteón heroico que renace en cada celebración, está impedida para observarse a sí misma en un ejercicio de autopoiesis y ser faro de orientación para las distintas generaciones. Esta hegemonía pasional del más primario de los sentimientos patrios ha impedido que veamos la historia como una continuidad dialéctica a partir de la cual- en un principio de alteridad-nos conozcamos y reconozcamos en el otro. Claro está que la historia de Bronce llegó a ser eficaz porque a partir del ritual y la solemne afectación, nos uniformó a todos en una misma concepción histórica, tal vez era la única manera de crear la identidad nacional, en momentos que la anarquía popular, la ambición de los extranjeros y la voracidad de los caciques tenían a México como un inestable pero prometedor territorio de la Cornucopia. El inventor de este nacionalismo patrio fue a no dudarlo Porfirio Díaz, quien para acallar su remordimiento y saldar su antigua deuda con su viejo maestro, llenó a México de estatuas; comenzando por el DF y Oaxaca hasta llegar a casi todos los municipios del país, no debería quedar un solo rincón donde no vibrarán las notas de las marchas militares, acompañando al pendón tricolor con el águila estilizada devorando la serpiente y si a esto lo acompañaba un poema de Juan de Dios Peza o Manuel Acuña mejor.

Esta historia de bronce siempre estuvo en los márgenes de las mejores páginas que estaban produciendo nuestros historiadores que, justo es decirlo, están entre los mejores de la historiografía mundial, basta acercarse a las páginas de Francisco Bulnes, Justo Sierra, Silvio Zavala, Edmundo O→ Gorman, Daniel Cossío Villegas, Luis González y González, Adolfo Gily, Jean Meyer, Josefina Zoraida Vázquez, Enrique Florescano y José Luís Martínez para darnos cuenta que el rigor científico no está peleado con la belleza y la precisión del lenguaje, esto sin contar los registros históricos y literarios de nuestros cronistas como Bernal Díaz del Castillo, Vicente Riva Palacio y Salvador Novo que nos dejaron piezas monumentales de carácter testimonial, a partir de las cuales hemos podido conservar verdaderos frisos memorables de la Patria.

Pero la Conmemoración del Bicentenario de la Independencia y Centenario de la Revolución Mexicana en este 2010 tiene la firme intención de acotar los privilegios de esta historia de Bronce cuya mayor imaginería está expresada en los almanaques idílicos de Jesús Helguera, alegorías llenas de un colorido extraordinario, que hay que decirlo aún provocan una sentida nostalgia por aquellos charros de virilidad inefable o aquellas adelitas de sonrisa luminosa que más que en la Revolución, parecían andar en las escenas de " Allá en el Rancho Grande" de Fernando de Fuentes.

Ésta será la oportunidad, creo yo, para ponerle límites a esta historia anecdótica llena de fusilamientos, proclamas, traiciones, frases lapidarias, ahorcamientos, celadas, persecuciones, huidas y encuentros cuasi fraternales entre Moctezuma y Cortés o Iturbide y Vicente Guerrero. Acabarla no, porque entonces la historia sería sí interesante y objetiva, pero probablemente muy aburrida. Si algo tiene la historia aleccionadora y edificante es que el lector o escucha jamás sucumbirá al fastidio de las moralejas y fabulaciones. Ello explica por qué todos guardamos en la memoria sólo fragmentos brillantes de ese palimpsesto que es la historia mexicana: Cuauhtémoc impasible viendo como sus pies se ponen al rojo vivo y todavía tiene aliento para contestarle indignado a un quejoso compañero, que pide claudicación inmediata "¿Acaso crees que yo estoy en un lecho de rosas?"; o aquella escena en la que Guillermo Prieto, ante una desgarbada soldadesca que amenaza con disparar sobre don Benito Juárez, exclama con todo su prestigio literario, "Alto, los valientes no asesinan. "Nunca hubo duda, los héroes estaban más cerca de la divinidad que de la naturaleza falible y patética de los seres humanos. Los años y las investigaciones dirían que eran hombres y que aparte de sus virtudes, que eran muchas, también lloraban en los momentos difíciles y sufrían de las mismas miserias. Cuando uno se da cuenta de sus debilidades, el héroe adquiere una aureola mítica por su capacidad de sobreponerse a los pequeños infiernillos de los hombres. Gana más peso en su insigne pedestal y deja de ser sólo ornato en plazas y alamedas.

En el 2010 estaremos en condiciones de revisar nuestra historia con otros ojos, con otras visiones; más optimistas y menos cargadas de pesadillas apocalípticas. Urge alejarnos de la condición determinista de los derrotados, de los perdedores, de los resentidos. Nada como regodearse en la desgracia propia y ajena, para cancelar cualquier visión crítica de la historia. Nos urge una sana cicatrización de momentos dolorosos que llegaron a fracturar la integración orgánica de la nación. Tal vez lo que más necesitamos es una práctica ciudadana de reconciliación, sustentada en el conocimiento de nuestra historia local y nacional. El costo de asumir visiones ortodoxas y excluyentes es que nos ha impedido comprender grandes sucesos de nuestra historia como la conquista; los trescientos años del Virreinato donde el barroco produjo las más grandes expresiones del arte; los Tratados de Córdoba; la Reforma que puso fin a los privilegios del clero pero que, sobre todo, afirmó los principios liberales de la República; la larga dictadura de don Porfirio; la Convención de Aguascalientes; la muerte de Madero y la Guerra Cristera. Recordemos que Francisco Villa apenas tiene unos años de haberse reivindicado, después de que se le calificó de facineroso y cruel cabecilla de bandoleros. Porfirio Díaz aún duerme su sueño en París, la pobre Malinalli -la primera feminista de América- sigue siendo ejemplo de traición y el fantasma de José Vasconcelos aún anda errando, pidiendo justicia de la historia, quien lo condenó al ostracismo por haber enfrentado al Jefe Máximo, Plutarco Elías Calles, en 1929.

Ojalá en este 2010 podamos asistir a un convivio incluyente de la historia y podamos apropiarnos de ella con todos sus aciertos y errores. Con todos sus blancos, negros y grises; con todos sus personajes que al fin fueron producto de sus propias circunstancias. Una historia patibularia, inquisitoria, siniestra, vengativa no nos sirve de nada salvo que queramos vivir en la permanente agonía del sufriente que experimenta felicidad cuando alguien pone el dedo en la llaga. Creo que un encuentro significativo con nuestra historia será el mejor antídoto contra todos nuestros atavismos, prejuicios y ofuscaciones que siempre distorsionan la realidad. Comencemos por conocer nuestra historia local y luego salgamos a asear la Casa Principal. Los libros de José Fernando Ramírez, Atanasio G. Saravia, Pastor Rouaix, Everardo Gámiz, José Ignacio Gallegos Caballero, Gabino Martínez Guzmán, José de la Cruz Pacheco, Javier Guerrero, Francisco Durán, Antonio Avitia, Miguel Vallebueno Garcinava, José de la O Holguín, Luis Carlos Quiñones y de tantos otros, esperan jubilosos nuestras manos. Entonces, sólo entonces, el Pípila o mejor conocido como Juan José de los Reyes Martínez Amaro, podrá descansar un momento de su pesada losa y caminar con mayor ligereza.

Escrito en: historia, José, todos, nuestra

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