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HABLEMOS DE ... ILUSIONES DE RICOS, ILUSIONES DE POBRES PORMARÍA DE LOURDES SOLÍS CARRERA

A diferencia de otros seres vivos, los seres humanos tenemos la posibilidad de criar a nuestros hijos fuera de los embates de la realidad, por lo menos en los primeros años de vida. La era postindustrial no ha hecho más que agravar este estado situacional llevando a que un amplio abanico de personas, incluidas aquellas de relativamente pocos medios, puedan ofrecer a sus pequeños hijos insumos para satisfacer los más diversos deseos.

Este fenómeno es más cierto en la infancia, cuando el precio o la marca no entran tan en juego, ni cobra tanta importancia y el niño está contento con una golosina o un juguete que está al alcance de quien tiene apenas cubiertas sus necesidades básicas. Sin dejar de hacer notar que las tan mencionadas "necesidades básicas" en la era del consumo han crecido exponencialmente, de manera que pocas personas pensarían hoy que un juguete o una golosina no son esenciales, tal como lo pensaron las generaciones anteriores. Pero un resultado conflictivo de esta posibilidad de criar personas que crecen en años decisivos de sus vidas con la ilusión de ser ricos casi sin exponerse a frustraciones.

Cuando los deseos sean más caros. Cuando la realidad de la pobreza real o relativa se haga evidente, el adolescente sufrirá las consecuencias de encontrarse, de golpe y desarmado, ante ella. Desarmado porque no habrá conseguido algunas herramientas básicas: la capacidad de tolerar la frustración, la capacidad de hacer esfuerzos, la capacidad de esperar para satisfacer deseos e ilusiones. Antiguamente, sólo los muy ricos podían darse el lujo de criar o malcriar hijos con esas características. Todos los demás eran educados rígidamente para conseguir esas capacidades. En las últimas décadas hemos logrado que aquéllas casi no se desarrollen en los jóvenes, con consecuencias a veces muy graves.

Quien tenga deseos de ser "rico", permanentemente incentivados por la publicidad y la oferta, quien no tolere la frustración de no serio y no pueda esforzarse ni esperar a que llegue su debido tiempo para obtener alguno de esos deseos, podrá ser candidato al robo o a la corrupción, de ser posible llegar hasta el homicidio para lograr su propósito e inclusive al suicidio por sentirse defraudado así mismo, por no contar con el soporte físico, mental-emocional y espiritual, todo esto dependiendo básicamente de su nivel sociocultural.

Así, mientras los sectores populares fueron influidos por el mercado para vivir en burbujas ilusorias, dejando de lado el estudio o la búsqueda de trabajo porque con vino y drogas podían sentirse "ricos" y los ricos fueron consumiendo cultura popular, convenientemente adaptada. A pesar de concurrir a los colegios y universidades más caras, se expresan con un vocabulario tan pobre que su plática no rebasa las cinco palabras, las generaciones anteriores lo asociaban con falta de educación. Además llegan en autos caros, lujosos y adoptan así un estilo que

Les hace pagar bien para vivir esa ilusión.

Al mismo tiempo, en los sectores medios y medios bajos se ha ido difundiendo un deseo de riqueza apoyada en la glorificación de la juventud y el aumento del consumo. Ese fenómeno cultural se monta sobre la miseria, ofreciendo una ilusión que, lejos de mejorar las perspectivas futuras de los jóvenes, parece empeorarlas.

En este contexto, ¿qué ofrece el "hogar" y qué ofrece la "escuela"? El hogar una posibilidad de insertarse, quizás en el mundo del trabajo, con bajos ingresos, ya que el joven no aceptó continuar su preparación. La escuela exige esperar hacer esfuerzos, recibir satisfacciones que la cultura adolescente la cotiza muy bajo, como obtener una buena calificación. La escuela exige un monto de capacidades de frustración que está a la baja en la población joven, no sólo porque el entorno que los rodea no la fomenta, sino porque muchos padres regalan a su hijos a esa cultura sin contraponerle otros valores. Ante la cultura adolescente que regala ilusiones de "rico", la escuela enseña a ser consciente, trabajador, esforzado, alguien que se alegre con la tarea bien hecha, con el reconocimiento de los demás aunque no le de dinero, con el conocimiento por el placer de saber más aunque no otorgue status social. Pero si lo dignifica.

Es necesario considerar que si se logra lo último el bienestar llegará por añadidura. "El ser, el saber y el tener a nadiele estorba".

Escrito en: hijos, cultura, esperar, hacer

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