La inseguridad campea en el Estado sin parecer que hubiera algo o alguien que le ponga freno. Aquí cabe la pregunta: ¿qué hicimos mal?...nacimos en un México relativamente pacífico, crecimos en un ambiente sano, de niños podíamos jugar en la acera de nuestra banqueta hasta las diez de la noche o un poco más tarde en tiempo de calor, podíamos tomar agua directamente de la manguera del jardín, no había riesgo de que el agua estuviera contaminada.
Crecimos, nos pusimos a estudiar, aprendimos lo que nos enseñaron, aprendimos a respetar y admirar a nuestros maestros, nos graduamos de la universidad y nos pusimos a trabajar como era de esperarse; en caso de que tuviéramos algún conflicto existencial se quitaba con un "ya se te pasará" por parte de nuestros padres o con una buena carne asada con los amigos.
Aprendimos la importancia de la caridad, de donar a la Cruz Roja, de participar en clubes sociales empresariales o altruistas, de expresar nuestra opinión con nuestro voto. De cumplir con nuestras obligaciones tributarias. De formar una familia y criarla en valores.
Sin embargo, estamos desilusionados del México actual, de la violencia, de los políticos, de nuestros diputados y senadores, de nuestros servidores públicos, le tememos a la policía más que a un mismo asaltante y esperamos que el Ejército (que es el menos sensible socialmente) acabe con el crimen.
Del sistema de educación pública, en muchos casos, estamos completamente sin esperanza, quienes tienen posibilidades económicas ni pensar en enviar a sus hijos a una escuela pública, es más, ¿vemos si algún hijo o hija de cualquier personaje de la política actual estudia en alguna escuela de gobierno?, de hecho la concepción ideológica de la educación es pagar colegiaturas caras en escuelas privadas para ver si así salen mejor preparados o cuando menos con mejores relaciones que en las escuelas públicas.
Las soluciones a los problemas de inseguridad, narcotráfico, delincuencia y violencia parecen ser muchas, pero en una coinciden muchos ideólogos y pensadores: la Educación.
Qué hubiera pasado si hubiéramos participado en forma activa y hasta feroz en no permitir la caída de nuestro sistema educativo, en asistir a juntas de padres de familia y exigir calidad educativa, en señalar al maestro o directivo malo pero sobre todo, en preocuparnos por nuestros hijos, en hablar y convivir con ellos cuándo menos unos minutos al día.
En nuestro afán de triunfar en nuestro trabajo y en nuestras carreras descuidamos lo básico y lo esencial: la familia.
Con la frase "ahí le encargo a mi hijo" pretendemos que la escuela cubra nuestra falta de diálogo, atención y cariño a nuestros hijos.
Las escuelas están saturadas, existe la idea que los mejores esfuerzos de las últimas décadas por recobrar valores y actitudes se han hecho por parte de las escuelas privadas, en las públicas ya se empezó pero van tarde a la cita; sin embargo, quienes vamos más tarde a la cita para recobrar el terreno perdido somos los mismos padres de familia, aún es tiempo, nunca será demasiado tarde.