Entre muchos hábitos que los padres aprendimos en el hogar por parte de nuestros progenitores está el de la limpieza, a tal grado que -en la mayoría de los casos- lo transmitimos a nuestros hijos como parte de su formación en casa y que necesariamente tienen que adoptar ya que, además, constituye una obligación para contribuir en algo a la higiene de su principal refugio.
A todos -en mayor o menor medida- nos complace ver que el hogar que habitamos luce, por lo general, siempre limpio, producto de la unión de esfuerzos de ambos padres, sobre todo cuando se trata de un espacio amplio al que hay que dedicarle un buen tiempo, y no siempre disponemos del suficiente para que la casa esté radiante.
Además, hay que considerar que, como en estos tiempos ambos padres trabajan, se requiere de coordinación, organización y, sobre todo, disposición para distribuir la forma en que se realizarán los quehaceres domésticos. Es decir, por ejemplo, mientras el papá lava los trastes y tiende las camas, la mamá barre, trapea y recoge la ropa sucia que se juntó de todos los integrantes de la familia.
Desde luego, no hay que olvidar que, en esta tarea familiar, los hijos también tienen que contribuir, con actividades acordes con su edad, a mantener limpia la casa, colaborando, por ejemplo, con tender la cama en que duermen y recogiendo y lavando los trastes que usaron después de ingerir los alimentos del día.
Asimismo, en este contexto, los hijos pueden aportar un granito de arena extra al recoger sus juguetes y útiles escolares que usaron y dejaron esparcidos por toda la casa y que finalmente, a veces por no discutir y pelear, terminamos levantando y ordenando los padres. Sin embargo, si queremos que los pequeños aprendan a cuidar su hogar y que valoren lo que cuesta mantenerlo limpio, tenemos que ser perseverantes y, si es necesario, andar tras ellos hasta que cumplan con esas pequeñas pero importantes tareas que les ayudarán a reforzar el apego y el amor por su casa.
Una casa limpia no sólo implica beneficios en los aspectos de salud e higiene sino que sus consecuencias van más allá al proporcionarles a los integrantes de la familia la satisfacción de sentir y experimentar un ambiente de relajación y tranquilidad al saber que el hogar está protegido de enfermedades relacionadas con la suciedad.
Seguramente, usted, amable lector, en alguna ocasión habrá entrado a la casa de un vecino o amigo en un momento inesperado, y se habrá encontrado con un ambiente sucio, desaseado, en el que impera el desorden en las diferentes áreas. Acto seguido, la reacción normal y lógica del anfitrión, generalmente, es de vergüenza y de justificación ante la sorpresa del visitante, quien normalmente bromea al respecto para que el dueño de la vivienda no se sienta tan mal por el incidente bochornoso.
Cuando el invitado involuntario es una persona muy allegada a la familia, o es de mucha confianza por tratarse de una amistad de muchos años, el momento suele ser menos incómodo y más fácil de sobrellevar y soportar, aunque de cualquier manera es conveniente estar prevenidos y mantener el mínimo de limpieza en las diferentes áreas de la casa.
En este contexto, también es importante resaltar que el frente o fachada de la casa debe estar limpio, lo que incluye no sólo el espacio de la entrada del inmueble, sino también la banqueta y el área correspondiente al pavimento, ya sea asfáltico o hidráulico, pues el continuo paso de vehículos contribuye a ensuciar puertas, ventanas y, si se cuenta con ellos, el o los automóviles propiedad de la familia.
Tal vez la limpieza de la casa es una tarea que representa la inversión de mucho tiempo, pero considerando que todos los integrantes de la familia tienen la obligación de colaborar en esta actividad, porque implica un beneficio para todos los que habitan el hogar, las labores deben ser menos pesadas, sobre todo para las amas de casa, quienes tienen que lidiar con montones de basura que se acumula dentro y fuera de la vivienda.
Una casa limpia habla mucho de sus moradores y es un digno ejemplo que, por lo general, retoman los hijos al ver que los padres se esfuerzan, todos los días, por tener un entorno higiénico, libre de basura. Es así como resulta gratificante ver que, en ocasiones, los pequeños toman la iniciativa y se ofrecen a realizar actividades acordes con su edad. También, es entonces cuando los padres vemos con satisfacción que vale la pena seguirles inculcando a nuestros vástagos hábitos que, en un futuro, les corresponderá transmitir a su descendencia como parte de un legado que debe conservarse si queremos forjar hombres y mujeres de bien para la sociedad.
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