Hoy día de Navidad, dejémonos sorprender por el misterio revelado y adorémoslo en los brazos de María, quien lo presenta al mundo. El mensaje central es: el salvador prometido por Dios está presente aquí y ahora, su venida se ubica en la historia y tiene un significado para ella. De aquí se concluye el significado de esa presencia tanto para Dios como para toda la humanidad. "Con la liturgia navideña la Iglesia nos introduce en el gran Misterio de la Encarnación. La Navidad no es un simple aniversario del nacimiento de Jesús, va más allá, es celebrar un Misterio que ha marcado y continua marcando la historia del hombre: Dios mismo ha venido a habitar en medio de nosotros (Jn. 1,14), se ha hecho uno de nosotros; un Misterio que conmueve nuestra fe y nuestra existencia; un Misterio que vivimos concretamente en las celebraciones litúrgicas, en particular en la Santa Misa".
Jesús se ubica dentro la historia universal, por una providencia histórica (conducida por Dios), el nacimiento de Jesús se realiza en la ciudad de David, lo que inmediatamente nos lleva a pensar en la realización de la promesa mesiánica. El Mesías vino al mundo en un momento concreto de la historia universal. Así la historia humana y la historia de la salvación terminan confluyendo.
Jesús nace en la humildad, su trono son los brazos de su Madre. Nace en las condiciones más bajas posibles, nace sin tener un lugar digno para reclinar su cabeza, sólo tiene a su madre quien le ofrece toda la ayuda posible: "Lo envolvió en pañales y le acostó en un pesebre".
El nacimiento de Jesús es anunciado solemnemente por el Ángel del cielo. Y los destinatarios de la gran noticia son los pastores, representantes del mundo pobre y marginado. El Ángel los invita a la alegría desbordante y anuncia que se trata del nacimiento de Jesús, quien es el "Salvador", "Mesías" y "Señor". Y ha nacido para toda la humanidad. El nacimiento de Jesús es una iniciativa del amor misericordioso del Señor para los seres humanos.
La "Paz" es el regalo de Dios para la humanidad: a través de Jesús Dios concede su paz a todos los hombres. Se trata de una paz que se fundamenta en la "complacencia", en el amor de Dios. En contraposición con el poder del emperador que ofrecía una paz basada en el dominio militar, Jesús viene como el verdadero príncipe de la paz y quien lo recibe en su humildad de niño, en el pesebre, recibe por medio de él el amor total y definitivo de Dios que transforma completamente su vida y la hace don para los hermanos, fermento de justicia en la sociedad.
Esta es la gran alegría de la navidad: el niño Jesús nos dice con su presencia que somos amados tal como somos, a pesar de nuestros pecados, a pesar nuestras debilidades, incluso nos ama más por eso. ¡Vamos, corramos a Belén para que veamos lo que el Señor nos ha manifestado!.
La invitación del Papa Benedicto XVI estas fiestas navideñas es que "Verifiquemos que, también en la sociedad actual, el intercambio de los saludos no pierda su profundo valor religioso, y la fiesta no sea absorbida por los aspectos exteriores, que tocan las fibras del corazón. Efectivamente, los signos externos son hermosos e importantes, siempre que no nos distraigan, sino que nos ayuden a vivir la Navidad en su verdadero sentido (el sagrado y cristiano), de modo que tampoco nuestra alegría sea superficial, sino profunda".
¡Felices fiestas de la Navidad!