En la restauración moderna existen dos bebidas alcohólicas que contienden entre sí: el vino y la cerveza. Sin embargo, no puede verse esto como una polémica de nuestros días. La porfía entre ambas bebidas data desde el mismo momento de su nacimiento en la historia. Los ejemplos más antiguos que pueden considerarse como procesos biotecnológicos son la obtención de la cerveza y el vino. Muchas civilizaciones del pasado descubrieron que el azúcar y las materias primas azucaradas podían sufrir transformaciones espontáneas que generaban alcohol. En la historia la primera experiencia del hombre con el alcohol lo constituyó para una gran mayoría la ingestión de la cerveza. Otra minoría disfrutó de esta acción a través del vino. Hablamos de civilizaciones que se dedicaban con más fuerza al cultivo del cereal o al de la uva.
Cerveza y vino tomaron caminos similares en la historia. La civilización griega y la romana los convierten en bebidas comunes, pero ya desde entonces nuestros antepasados otorgaron al vino un poder y un valor mucho mayor que al de la cerveza. Durante siglos fue el único antiséptico en la historia médica y quirúrgica. Las heridas se bañaban en vino y el agua podía beberse si se mezclaba con vino. Textos médicos antiguos lo recomendaban como tonificante de la mente y del alma, antídoto contra el insomnio, la pena y el cansancio, inductor del apetito, la felicidad y la digestión. En la actualidad los poderes del vino se han explicado más ampliamente.
Es conocido por todos que esta bebida se conserva durante mucho mayor tiempo, mejorando generalmente con la guarda. El contenido de ácidos y taninos del vino produce una acción más enérgica y refrescante que la cerveza. En olfato cualquier vino puede alcanzar aromas primarios combinados que pueden ser florales, frutales, minerales, especiados y vegetales; sin mencionar aquellos que se adicionan si pasan un tiempo en barricas.
Su sabor, limpio y duradero, invita a beber de nuevo. ¿Quién niega que el vino sea el acompañante perfecto de las comidas? Por solo citar ejemplos elementales, su sabor añade un nuevo ingrediente al plato, y su acción en el paladar compensa la riqueza de grasas y no hincha el estómago como sucede con su contendiente histórico.
En el proceso digestivo, la ingestión del vino favorece la asimilación de nutrientes, en especial de las proteínas, por lo cual los consumidores moderados de vino resultan estar mejor nutridos. Incluso estudios científicos han demostrado las propiedades curativas del vino en el organismo, destacando sus efectos cardiovasculares, anticancerígenos, metabólicos y neurosiquiátricos, entre otros muchos. Además de la diferencia de precio entre ambas, existen otras razones suficientes que como gastrónomos o clientes debemos tener presente cuando nos decidamos por una buena cerveza o una copa de vino.
La polémica no está en la rivalidad de estas, sino dentro de nosotros mismos: pues no se debe confundir el espacio en que cada una debe satisfacernos realmente.